lunes, 7 de febrero de 2011

LA EDAD MEDIA EN LA CORONA DE ARAGON (II)



 

Los primeros años del reinado

Era natural que en una época de tan ferviente monarquismo, ocurrida la catástrofe de Muret, alzáranse personas con el poder para mantener los pueblos en paz y en justicia: una fué don Sancho, conde de Rosellón, hermano de Alfonso II, el abuelo de don Jaime, y la otra don Fernando, abad de Montearagón, hermano de don Pedro. Los dos alegaban derechos a la regencia y mediante ésta a la Corona, dado el caso posible de la muerte del niño hijo de don Pedro. Pero nadie puso en duda el derecho de éste y menos los aragoneses, que mostraron el mayor interés en que Simón de Montfort entregara el rey, para lo cual enviaron embajada al Papa y se juramentaron para desafiar al vencedor de Muret si se resistía a su demanda.

Don Jaime se confió desde su salida de Monzón a una especie de consejo de nobles, forma de gobierno muy especial, pues el rey era menor, y sin embargo no existían regentes. Con esto se pretendió acallar ambiciones y se acallaron las de los más poderosos, pero se excitaron las de los menos y las de aquellos que se creían perseguidos por los del bando que gobernaba en nombre del rey.

Toda la tierra fué un hervidero de parcialidades y campo de guerras privadas; al llegar el año 1228 pensó don Jaime, excitado por el relato de las riquezas de las Baleares, en la conquista de estas islas.

Adquisiciones territoriales a expensas de los moros

Don Jaime convocó a algunos barones y prelados de la región marítima de sus dominios, antiguo condado de Barcelona y sus anejos, porque Cataluña no existía aún con límites fijos, en la ciudad de Barcelona, para tratar de la empresa de la conquista de las islas mencionadas. Particularmente asistieron a la reunión nobles aragoneses. Allí se acordó la expedición, y reunida la escuadra en Salou hízose a la vela, desembarco en Mallorca y la isla fué ganada.

Este triunfo, de gran resonancia en la Cristiandad, debió animar al rey a continuar su labor conquistadora, mas no fué así; contentose con someter Ibiza y hacer su tributario al de Menorca.

Cuatro años después, obtenidos los beneficios de cruzada que se predicó en Monzón, emprendió la conquista del Reino de Valencia. La situación de este reino en lo militar no podía ser más favorable a los designios del rey aragonés. Si Alfonso I lo había recorrido en plena dominación almorávide y antes el Cid se había establecido en la ciudad y después Alfonso II desde Cuenca había entrado en su territorio, atravesándolo de Sur a Norte antes de sufrir el poder almohade el terrible desastre de las Navas de Tolosa ¿que potencia podía tener ahora en que a las causas generales de debilidad de los musulmanes de España se unía la de las guerras civiles que asolaban aquel reino?

Don Jaime desconocía esta situación y la creía mucho más fuerte y difícil; por esta creencia hizo donación a los ricos-hombres de cuantas villas ganasen con sus mesnadas, y he aquí que don Blasco de Alagón con los suyos tomó a Morella, plaza fortísima, la cual, según el decreto del rey, era de su conquistador.

Don Jaime se desdijo por ser villa tan importante, y por este hecho cambió de táctica si tenía otra o adoptó la de don Blasco de sitiar villas, poniendo cerco a Burriana, que los valencianos habían tenido tiempo de fortificar y abastecer.

Más de dos meses duró la operación que fué durísima, y tan quebrantado quedó el ejército cristiano, que hubo de retirarlo don Jaime a Tortosa para rehacerlo.

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