lunes, 21 de diciembre de 2015

LA LENGUA VALENCIANA EN EL MADRID BOTIFLER



Ricardo García Moya
Diario de Valencia 5 de Marzo de 2001

Altera la historia inmersora, pero es un hecho que después de 1707 se representaban e imprimían come­dias donde la lengua valencia­na estaba presente. En 1713 se estrenó en el corral de la Cruz una obra sobre Benet de Benimaclet, superándola en interés "La charpa más vengativa", impresa en 1747 en la madrileña calle de la Paz. Esta comedia de Luis Vallés desarrollaba su acción en el Reino, siendo protagonista Baltasar Llorca, "labrador valenciano de Villajoyosa", huido de la justicia por lances de honor.
El texto contiene neologismos como la voz guapo. Aparecida hacia 1650 en las neolatinas hispánicas, significaba valor y chulería; no obstante, en esta obra se usa en su acepción moderna, al preguntar un cuadrillero a una moza: "Miram ¿no soc molt guapo?" (f.9). Quizá es la primera documentación del adjetivo con acepción estética. En castellano y catalán aparecería esta variable semántica a fines de la centuria. El autor acomodó el texto para la comprensión del espectador madrileño; de ahí que un roder de Torrente apodado Albudeca explique el significado del mote a Leudomia, una sirvienta cuyo nombre es valencianizado irónicamente por el torrentí: "Lleudomia de les Lleudomies". Quizá era castellana, ya que su ama Francisqueta y las amigas -todas de Vila Joyosa- hablan valenciano en la comedia. El de Torrente, con guasa, explica: "Albudeca es la especie de melones más infame que en Valencia criamos; cuando cosa mala soy, quiero Albudeca llamarme".
Este arcaísmo, que los cruzados de Jaime I oirían por primera vez en Valencia, era el nombre de una "especie de melón aguanoso y desabrido" (Escrig, 1887). El vocablo se extendería por Tortosa hacia el norte, aunque el catalán Eiximenis todavía citaba "albudeques" como valencianismo en el siglo XVI. También Esteve recoge en el "Thesaurus valenciano" de 1489 este derivado de buttáiba, transformado por los mozárabes en albudeca; de igual modo que buhäira devino en albufera. Los madrileños de 1747 escucharon el idioma valenciano en frases como estas: "Hermosa mes que ta mare ¿no em fas alguna festeta? ¿no em dius aglunes paraules?" (f.8). En la comedia visten "a lo valenciano", aunque los labradores de 1747 son calderonianos alejados del folclorismo vegetativo de traca, pet, paella y obedecer al que manda. Armados hasta los dientes, a la mínima ofensa se enfrentaban a la borbónica Ronda Volante del Reyno que patrullaba entre las alquerías de Vila Joyosa, Elig y la mística Oriola ("o casarte con Feliu, o ser monja en Orihuela", f.14), zona que el Madrid actual insiste en llamar Levante, burlando la denominación histórica y destruyendo raíces.
La comedia acaba bien. Baltasaret, "la charpa más vengativa en el Reyno de Valencia" (f.15) es indultado, aunque debe alistarse en el ejército que lucha en Gibraltar. La valencianía del ambiente brota en la última escena, cuando en el teatro madrileño resonaban tabales y dulzainas en "la entrada de las casadas y doncellas de Villajoyosa" hablando en valenciano: "Chiques, anem que ya toquen el tabalet y donzayna" (f.20). Dispuesta a danzar, una joven de Villajoyosa proclama su valencianía: "No fuera yo valenciana si no saliera a bailar"(.20).
En 1746 se representa en Madrid la "Comedia nueva del más heroico valor y temido valenciano Mathias Oltra", de Tomás Manuel Carretero. En ella, los Oltra de Mulvedre, Grifol, Vicenteta, Moreno de Liria y Córcova van "vestidos a lo valenciano", hablando léxico como melón de Alcher, corbellot, troset, chirivia, breva, Grao y, como en la otra obra, albudeca. En una escena pregunta el Virrey: "¿Son del Reyno?" (f.13), y es que en toda España, al decir Reino se asociaba al de Valencia. En otro pasaje, Moreno de Liria exige la consigna: "¿Quién va?", contestándole Grifol "¡San Vicente Ferrer!". Al aproximarse Matías sólo dice parte de lo acordado: "¡San Vicente!", a lo que el Moreno pregunta: "¿De qué?", replicando Oltra: "¡Ferrer! ¿No lo he dicho?"(f.21). Un detalle curioso es que las valencianas llevaban pistolas.
Todavía en 1764, entre calores agosteños, volvía a representarse "La charpa más vengativa"; pero algo había cambiado. Humildes valencianos de Alboraya o Alicante llegaban a Madrid con agua de cebada y horchata. El prototipo de orgulloso Baltasar Llorca fue sustituido por el de pragmático heladero ambu­lante vestido con “sara­huells”. Una partitura madri­leña de 1770 alude a nuestros entrañables antepasados: “el valenciano ligerito de ropa y siempre fresco" (Tonadilla del valenciano. Madrid, año 1770). Cantada a tres voces con acompañamiento de violín, flauta y contrabajo, el letrista castellano dejó testimonio del uso de la lengua valenciana por las calles de Madrid. El vendedor gritaba "¡Zevada (sic) que refresca qui veu ¿Qui vol refrescar?" (id.). A mitad de la pieza, el cantante interpretaba "la toná dita del valenciano: Per un carrer de Valencia...".
El idioma valenciano tenía en Madrid sus lectores, pues los coloquis llegaban a las bibliotecas de los ilustrados madrileños y se editaban. En 1787 salía de la imprenta madrileña de Manuel González un coloquio de largo título: "Els dos amics Nelo y Quelo: Heráclito y Demócrito del present sigle per lo terme, pues nelo plorant y Quelo rient...". No sólo en Madrid se respetaba la existencia de la lengua valenciana, en la misma Cataluña y en pluma de los más cualificados eruditos se dejaba constancia de ello. En 1753, el cisterciense barcelonés Jaume Finestres escribía: "pusieron entallado en la piedra un letrero en lengua valenciana, que vuelto a la castellana decía..." (Finestres: Historia del Real Monasterio de Poblet, Cervera 1753, p.94)
Ahora, en el 2001, los comisarios de la Generalitadt obligarían al heladero que cantaba la toná a pronunciar tonada, sin apócope, como en castellano y catalán. También le impondrían barbarismos como tona, sustituto del vocablo valenciano tonellá (tonelada); y al padre Finestres, erudito catalán, le pondrían el sambenito de secesionista blavero. Pero la documentación está ahí, aunque la inmersión la oculte: Luis Vallés y Tomás Manuel Carretero conocían y usaban la lengua valenciana en el Madrid borbónico. Hoy, con millares de maulets parásitos, el idioma valenciano está prohibido.