martes, 1 de diciembre de 2015

LA ISLA DE XÀTIVA Y LA “MEDITERRÀNIA”



Ricardo García Moya
Las Provincias 20 de septiembre de 1992

No les nacieron "incordios" (tumores dolorosos) en las ingles, el escorbuto no diezmó la tripulación, batieron tiempos de navegación, descubrie­ron islas y estrechos, se enfrentaron a piratas franceses, contactaron amistosamente con desconocidas etnias y no violaron a sus mujeres. Todo ello no constituye el argu­mento de una película filmada para los fastos del 92; se trata del asom­broso, por lo perfecto, viaje al mun­do incógnito que efectuó el valen­ciano Diego Ramírez por encargo real en 1619. Hasta tal fecha, los geógrafos decían que "América ter­mina en el estrecho de Magallanes" (Suárez, C.: "Plaza de todas las ar­tes", Madrid, 1615, p. 165), siendo un misterio las tierras más meridio­nales. En realidad, aunque dos años antes un navio holandés había divisado el sur austral, nadie tenía certidumbre de su dimensión, si existían ensenadas, lugares para ser colonizados y, especialmente, otro estrecho que no fuera el de Maga­llanes.
La hazaña de Diego Ramírez, na­tural de "Xátiva en el Reyno de Va­lencia", como él mismo anotó en su diario de navegación, comenzó en el puerto de Lisboa un 27 de septiembre, cuando dos barcos con "Artillería, mosquetes, picas, chu­zos (...) y marineros portugueses que iban como por fuerza, persua­didos de ser la navegación remota y dificultosa", iniciaron su aventura. En contra de los pronósticos, todo resultó satisfactorio y "causó admi­ración la brevedad con que pusie­ron en efecto el mandato del Rey, pues en diez meses fueron, vieron y vinieron; ninguno peligró, ni le do­lió la cabeza" (González, G.: "Teatro de Grandezas." Madrid, 1623, P.112).
Este verano, al examinar los ma­nuscritos originales de Ramírez, me llamó la atención el topónimo que impuso a la Tierra del Fuego, ahora perteneciente a Chile y Argentina. Con la caligrafía propia del cosmó­grafo real -cargo que ostentaba el marino valenciano- nombró al te­rritorio "Isla de Xátiva" y, al estre­cho que descubrió, de San Vicente Mártir, patrón de Valencia ciudad, en cuya Universidad había estudia­do. En sus apuntes, Ramírez descri­be científicamente las característi­cas de los nuevos territorios y las anécdotas sucedidas que, en algún caso, dejaron huella en la cartogra­fía. Así, la ínsula en que fue sor­prendido por leones marinos, "que rechazó con un chuzo", hoy se lla­ma Isla de los Leones.
Incomprensiblemente, en la En­ciclopedia Catalana aparece como "castellano" este marino que pro­pagó claramente su valencianía. Por ejemplo, al descubrir el estre­cho de San Vicente, "pusieron banderas, dispararon la artillería, dando el nombre de cabo Setabense a una de sus puntas, de muy lindas ensenadas" (f.33). Es obvio que Ramírez añoraba a "Xátiva del Reyno de Valencia" y su clima, pues la proximidad a la Antártida ofrecía días "muy fríos, cerradísi­mos de niebla, que casi los de un navio no veían al otro" (f.30).
Ramírez quiso perpetuar el nom­bre de Xátiva en las nuevas tierras, pues el de Valencia ya figuraba en varios lugares de las Indias, cir­cunstancia conocida por el cosmó­grafo. Precisamente, pocos años antes, el lunático vasco Lope de Aguirre (protagonista de "El Dorado", filme de Saura), anduvo por nuestra capital homónima: "Salió el tyrano de nueva Valencia con no­venta cabalgaduras", para encon­trar la muerte y ser "colocada su cabeza en la villa de Tucuyo" (He­rrero, A.: "Historia de Felipe II", Madrid 1606, p. 486).
Diego Ramírez, leal a su tierra, propagaba los topónimos valencia­nos en el fin del mundo. ¡Qué con­traste entre el cosmógrafo de Játiva y los catalaneros actuales, empeña­dos en substituir todo lo que re­cuerde a Valencia por el anodino "Mediterrània". Están tan ciegos que emplean más dinero en promocionar un sólo vocablo catalán que en el presupuesto para prevención de incendios forestales en la Co­munidad Valenciana. Ramírez sen­tiría vergüenza de ellos.
El setabense adquirió la inmorta­lidad sin vender su valencianía. El cronista de Felipe III, Gil Dávila, no ocultaba su admiración hacia, "Diego Ramírez, natural del Reyno de Valencia, que estudió vientos, tiempos, alturas y grados; sondeó, observó y demarcó sitios, haciendo inmortal su nombre en los extremos del mar y la tierra". Ramírez no era Reche, y en consecuencia, no puso el nombre de Mediterrània a ningu­na costa austral, aunque dejó cons­tancia de su hazaña. En la tarde del 10 de febrero; "después de obser­var algunas ballenas, se descubrió una isla, al qual llamé de mi nom­bre" (f.37). Hoy son las Islas de Diego Ramírez, junto al cabo Seta­bense y el puerto del Buen Suceso, los escasos testimonios de aquella aventura, pues, injustamente, los ingleses modificaron los topóni­mos; así, el barco que transportó a Darwing dio nombre al canal del Beagle, ya explorado por nuestro marino.
Respecto al naturalista inglés, hay un hecho sorprendente: com­parando los apuntes de Darwing -tomados en 1832, cuando visitó el sur de la isla de Xátiva- y el diario de Diego Ramírez, se observa la coincidencia de observaciones de uno y otro; especialmente las refe­rentes al encuentro con indígenas del "Puerto del Buen Suceso". Se diría que Darwing copió el manus­crito de Ramírez -posibilidad to­talmente absurda-, y es que im­presiona que un valenciano nacido en el siglo XVI alcanzara el nivel de análisis equivalente a uno de los grandes naturalistas de todos los tiempos. Incluso hubo coincidencia en una situación cómica: ambas tri­pulaciones se mosquearon por la extraordinaria capacidad de imita­ción en gestos y voces de los setabenses del fin del mundo.
Por cierto, no estaría de más que la Generalidad ¿valenciana?, se dignara recordar a este compatriota ilustre, cuya vida bien podría llevar­se al celuloide; pero, claro, Ramírez no tiene tanto interés como los pro­tagonistas de aquella vergonzosa "Tramontana", que ya descansa en el infierno de los subproductos es­téticos. Si hubiera afirmado que era catalán, sería otra cosa.