martes, 13 de septiembre de 2016

MADRES PUTATIVAS DEL IDIOMA VALENCIANO


Ricardo García Moya
Diario de Valencia 14 de Octubre de 2001

Un dogma inmersor, repeti­do desde Primaria al Docto­rado, afirma que la lengua va­lenciana es hija de la catalana. La pujanza de Cataluña -que acaba de tener el Siglo de Oro literario en el XX- hace que sus filólogos tengan un com­portamiento expansionista y agresivo similar al de los cas­tellanos del 1600, cuando el español era vehicular del ma­yor imperio conocido, de Fili­pinas a Valencia. Haciendo pa­tria, los filólogos castellanos del 1600 también afirmaban “científicamente” que la len­gua castellana o española era madre de la valenciana.
Paradigma del espíritu ma­terno que provoca nuestro idioma es Bartolomé Jiménez Patón (1589-1640), gramático castellano cuyo prestigio es parejo al de Nebrija, Covarru­bias o el Brocense. Este filólo­go racionalizó el estudio de los recursos poéticos, siendo su “Eloquencia española” la base usada por autores como José Antonio Mayoral, titular de Teoría de la Literatura en la Complutense (Mayoral: Figu­ras retóricas,1994); y también fue precursor de la Grammai­re Générale et Raisonnée de Port-Royal (1660).
Respetando el texto de la edición de 1604, reproducimos las líneas donde Patón alude al origen de los idiomas: "Y así, entre los griegos, decirnos haber cinco maneras de len­gua con diferentes dialectos que son: la lengua Atica, ló­nica, Dórica, Aeólica y Co­mún. Y en España hay otros cinco, que son: la Valenciana, Asturiana, Gallega, Portugue­sa. Las cuales se han derivado de esta nuestra, quinta o prin­cipal y primera, originaria Es­pañola” (Ximenez Patón, Bartholomé: Eloquencia espa­ñola. Toledo, 1604, f.10 r). Co­mo el cerdo, el libro de Patón no tiene desperdicio; analiza con mesura los conceptos y ex­plica sin histerismos extralin­güísticos el pleonasmo, el tme­sis o la hipotiposis ; pero al comparar las lenguas penin­sulares -pese a que conoce la génesis latina- los razona­mientos de Patón se envilecen, proclamando que la lengua española es origen de las cita­das. El gramático miente y se transforma en un colaboracio­nista del expansionismo colo­nial, donde espada e idioma trataban de avanzar al uníso­no.
Patón no llega a la desvergüenza del catalanismo ac­tual, al respetar la condición de lengua de la valenciana, junto a la portuguesa, gallega y asturiana. Es decir, Patón no consideraba la lengua va­lenciana un dialecto como el andaluz o murciano respecto al español; por el contrario, destacaba que portugués, gallego y valenciano poseían sus dialectos. Sorprende que también incluya el “asturia­no”, y aquí nos encontramos con otra víctima idiomática. La lengua asturiana comienza a llamarse bable -voz despecti­va y no asturiana- en el siglo XIX; pero en el 1600 todavía era habitual en Asturias y zonas de León, si bien desde los cartularios medievales apenas tuvo manifestación escrita. No obstante, en el vi­gente “Estatutu del Principáu d´Asturies” se ha reconocido la existencia de la “Llingua Asturiana” y de su defensa se encarga “l’Academia de la Llingua Asturiana” como ór­gano oficial. Algo que debiera sonrojar a la troupe política que ha instaurado la academia catalana de Ascensión y Hauf.
Las intenciones de Patón no eran tan dañinas como las del chiringuito de Ascensión, cuyo fin es liquidar la lengua valen­ciana. El gramático castellano sólo quería ensalzar su lengua por encima de otras, pero res­petaba hasta la pronunciación de nuestros antepasados cuando hablaban la lengua de Cervantes. Criticaba el “vicio­so zezeo” andaluz, pero no el nuestro: “en Valencia, al con­trario, y aquí no’ es vicio, sino natural pronunciación de aquel Reyno; por c ponen s, como diciendo mersed, sapato, alcusa” (Patón: Epitome de ortografía. Baeza, 1614, f.19).
De todas formas, los vecinos nos roban la cartera al menor descuido. Por los años en que Patón convertía la lengua es­pañola en madre putativa del valenciano, el historiador murciano Cascales (apellido, no mote), afirmaba que Mor­vedre no era la antigua Sa­gunto, sino Cartagena: “aque­lla ciudad que antes se decía Sagunto, y allí poco se comen­çó a decir Cartago” (Discurso de la ciudad de Cartagena, 1598). En 1600, los valencia­nos se limpiaban cierto sitio con las opiniones impresas del Patón y el Cascales, pues tenían claro lo del idioma y que Morvedre ocupaba el área de la antigua Sagunto (la prefe­rencia inmersora por Sagunt busca arrinconar el topónimo Morvedre, creación de los mo­zárabes valencianos).
El equilibrio de los gramáti­cos desaparece cuando caen en el delirio nacionalista. Por el 1600, los filólogos castella­nos más atrevidos comenza­ron a invertir la relación entre latín y español; es decir, suge­rían que el idioma del Lacio procedía de la tierra de María Sarmiento. Un caradura, el licenciado Luis de la Cueva, lo tenía claro: “pruébase que la lengua latina ha tomado mu­cho de la española (...) los lati­nos tomaron letras de los de España, y todas las palabras que son comunes a españoles y latinos, es más probable los latinos haberlas tomado de España” (Diálogos de las cosas notables y lengua española. Sevilla, 1603) Todo encajaba, la lengua del Imperio no sólo era madre del valenciano, sino del latín.
Los filólogos expansionistas, como ahora, contaban con la simpatía y amparo de los go­bernantes. El gramático que cuestionó la supremacía del latín, Luis de la Cueva, dedicó su obra al terrorífico Fernan­do Niño de Guevara, inquisi­dor general del Imperio, cuya efigie fue inmortalizada por el Greco para acojone de herejes gramaticales. Ahora no nos ponen ferrets calents en els collons o la figa como en 1600, pero los tarancones que bailan los nanos al catalanismo mar­ginan del mundo laboral y académico a quien no aprende la lengua de Cataluña, no la valenciana. En nuestros días, los Niños de Guevaras elevan dialectos a idiomas, y vicever­sa; así, el aranés era una có­mica jerga de sainete que, ca­ritativamente, la Real Acade­mia calificaba como “variante del gascón” (D.R.A.E.), pero a Cataluña no le gustaba tener un dialecto que supeditara lingüísticamente Arán a Francia, por lo que los del CIU y PP le dieron categoría de idioma y a tomar por el saco. Ningún filólogo dijo ni mu, aunque habría que verlos si la Generalidad valenciana -en lugar de enga­ñar-, hubiera titulado a la aca­demia de Ascensión como de la lengua valenciana.