martes, 13 de septiembre de 2016

LOS LIBROS Y COPISTAS MEDIEVALES



Autor: Joan Ignaci Culla
Publicado en Las Provincias el 02/03/06
El esplendor literario alcanzado en el Reino de Valencia durante los siglos XIV, XV y XVI hizo de nuestras letras un Siglo de Oro. Ninguna otra lengua se podía igualar a la valenciana por la brillantez de sus escritores y obras. Quizás esa misma grandeza haya sido el motivo de que la lengua valenciana haya pasado del reconocimiento nacional e internacional que tuvo durante esos siglos, al silencio y desprecio actual. Unos, porque no le pudieron hacer sombra con la suya propia, la castellana; otros, porque careciendo de literatura digna de mención hasta hace cuatro días, alegan ahora una inexistente unidad para apropiarse de una historia literaria de la que, simplemente, carecen.

Hoy, por más que se empeñen en modificar la historia, sus libelos no dejan de ser mentiras encuadernadas, con magníficas tapas y marketing publicitario, eso sí (no escatiman en gastos propagandísticos). Pero, pese al avance tecnológico actual, no dejan de ser malas copias adulteradas donde, por ejemplo, pierden la “h” de Blanch (Tirant), u omiten las dedicatorias en las que los autores mismos decían escribir en lengua valenciana y no en la de ellos para su desgracia.

Y es que, si no estuviesen tan pendientes de falsificar, además de literatura, podrían haber aprendido el magnífico oficio que también nos distinguió a los valencianos de aquella época: copistas.

La cultura en nuestro Reino era tal que, a raíz de la extraordinaria producción de obras literarias, Valencia también se convirtió en uno de los más importantes mercados de libros. A falta todavía de imprentas, se tuvieron que organizar nutridos núcleos de copistas ante la demanda que había. Estos amanuenses, llamados “scriptores” (“scriptores littere formate”), además de ayudar a los notarios, se dedicaban a la copia de libros sin ornamentación. El aumento de la industria dio origen a un nuevo oficio, el “atador de libros” (encuadernador).

La belleza que conseguían con esos libros hizo que floreciera una producción de una importancia tal que la realización de un volumen era objeto de contrato ante notario, en el que se determinaba todo, incluso la forma de la letra, tal y como indica Sanchis Sivera en unos artículos sobre bibliografía medieval.

El mismo Sanchis Sivera recoge en uno de estos artículos una carta del rey Pedro IV el Ceremonioso, escrita al rector de la parroquia de San Andrés de Valencia, en la que consignaba haber recibido el dibujo de un libro de horas que había ordenado que se le hiciera y en la que manifiesta su conformidad. También habla de una carta del rey don Martín, dirigida al baile general de Valencia (fechada en enero de 1400), en la que aprueba “la mostra de la letra quen haveis tramesa de la qual volets fer transladar libre que nos demanam”.

El prestigio que alcanzaron nuestros libros traspasó fronteras. Llegó a ser tal que eran demandados por Roma. Para prevenir que dicho comercio pusiera en riesgo la propia cultura, Alfonso el Magnánimo, que profesaba un gran amor a los libros, dictó el 18 de enero de 1426 una orden en la que prohibía la extracción de libros del territorio del ‘‘seu regne’’ ( Lletres i Privilegis , tom. 4 sig. 1146, folis 376v.
377r. i 377v. Archiu del Regne de Valencia).
de Juli d´Espanya, con comentarios en barcelonés del Institut d´Estudis Catalans: avui, amb, nosaltres, aquesta, dues. (Llegendari, Diputació d´Alacant, 1997.)


Entre los intelectuales que escribían nosatros y mosatros no podía faltar mosén Martí Gadea, nacido en 1837 en Balones, cerca de Alcoy. Su valiosa obra -vocabularios, diccionarios, poemas, folklore y narrativa- ha sido trillada por lexicólogos como Corominas. Casualmente silencian que Martí Gadea utilizaba el valenciano moderno: nosatros, mosatros, companyers, bellea, vegá, carranchs, reyne; es decir, el perseguido por el Institut d´Estudis Catalans. Curiosamente, en el diccionario de Alcover incluyen mosatros sin tildarlo de corrupción blavera.

La lista se podría ampliar, pero es suficiente para que cuando nos digan que el Institut d´Estudis Catalans -gendarme en casa ajena- prohibe los pronombres valencianos, se les invite a leer al filólogo Fullana, de Benimarfull; al escritor Martí Gadea, de Balones; al novelista fray Luis Galiana, de Ontenient; al historiador Boix, de Xátiva; al investigador Francisco Martínez, de Altea; al erudito padre Ivars, de Benisa; al secretario de la Generalidad Josep Ortí, de Valencia. El avergonzarse de los pronombres personales valencianos mosatros y vosatros comenzó en 1940, y no por las razones que propagan los inmersores.