viernes, 1 de julio de 2016

LERMA, TRADUCTOR DE LENGUA VALENCIANA



 

Por Ricardo García Moya

Las Provincias 24 de Septiembre de 1996


Esbelto, inteligente, elegante hierático y máxima autoridad en España; lo tenía todo pero era gafe: “Yendo a Valencia, al entrar el Rey y el duque de Lerma en la barca de Arganda, no entraron, y los que pasaron en ella se hundieron. En Valencia, haciéndole al Rey salva los mosqueteros, reventaron los mosquetes. Como los valencianos no consintieron dar las almadrabas al duque, regresaron a Madrid sin hacer Cortes y se fueron al Escorial, y aquella noche se quemaron los cuatro cuartos de la casa; fue de espantar”. (Bib. Nacional Ms. 9856).
Dejando el festivo introito, lo cierto es que el duque de Lerma (en el Reino de Valencia preferían llamarle marqués de Denia) controlaba el poder y, como valenciano hablante, traducía los documentos dirigidos al monarca. Así, el 11 de enero de 1599 llegaba a Madrid una relación de la entrada real en Valencia, indicando a “Vuestra Majestad la mande ver, aunque escrita en lengua valenciana, pues podrá servir de intérprete el marqués de Denia” (ACA, L. 1350). Ésta fórmula se repite en otros legajos y, ¡ojo al dato!, es un detalle más que silencian los que afirman que la lengua valenciana es como los dialectos andaluz, extremeño o bable. ¿Traducían al Rey los documentos en andaluz, extremeño o murciano?
Los textos traducidos por “el de Lerma” (así conocido en Castilla) contenían estructuras léxicas que han permanecido respetadas hasta ahora, por ejemplo: “gran número de joyes y lo demés; sarau en la Llonja”, frases que los inmersores y políticos melifluos transforman en “gran nombre de joies y la resta; sarau a la Lotja”; es decir, en el mixtifori del Institut d´Estudis Catalans.
El poderoso Lerma sonreiría bajo el bigote si, supongamos, leyera “adresa” como sinónimo de “domicili”; y no es que desconociera el término, pues tradujo frases como estas: “Esta ciutat adresará carrers y lo portal de S.Vicent”. Para un valenciano como él, la connotación del vocablo coincidía con la expresada por el notario Carlos Ros en 1764: “adréç” equivalía al castellano aderezo, no a vivienda o domicilio.
Y aquí relacionamos el documento de 1599 con la anécdota de un estudiante de Muchamiel (con CH, como en 1600) que al visitar Valencia, traducía “carrer de Adreçadors” como “calle de los Carteros”. El joven -víctima de la inmersión que penaliza el uso del sustantivo valenciano “domicili”, e impone el galicismo “adreça”- había derivado erróneamente el vocablo. Lerma conocía la calle de Adreçadors, repleta de talleres donde se aderezaban tejidos de seda y confeccionaban golillas, gorgueras y valonas para la nobleza del Reino. Los “adreçadors” eran artesanos textiles, no funcionarios de correos.
Ni el marqués de Denia en 1599, ni Carlos Ros en 1764, ni Fullana en 1921 se hicieron eco de adreça -en acepción de vivienda o domicilio- como palabra del idioma valenciano. Incluso en 1851, un ecléctico como don José Escrig, que admitía palabras fronterizas -castellanismos y catalanismos- desconocía la equivalencia entre adreça y domicilio, aunque recoge acepciones como “adreçar” seda, mantellinas, joyas, manjares, etcétera.
La imposición de adreça -con significado del francés “adresse”- responde a la política de marginar vocablos como “domicili”, cercanos al español. El duque no hubiera consentido la imposición de caprichos léxicos escogidos entre arcaismos y neologismos por los filólogos del IEC. En 1600, los valencianos éramos algo, no como ahora que nos han degradado a “levantinos” de zarzuela e Internet.
Con el duque de Lerma se medían palabras y títulos. En la “Relaciones Universales del Mundo” (Valladolid, año 1603) citan a Barcelona como “cabeza del condado de Cataluña” (f. 3), y no es errata de imprenta, sino el título correcto de la expansionista región. La obra está “dirigida a don Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma”. Curiosamente, ciertos elementos dudan sobre la valencianía del duque, cuando en toda Europa conocían su gentilicio. En Roma, por ejemplo, se imprimían obras que citaban su procedencia: “El duque de Lerma, que era valenciano” (expulsión de los moriscos. Roma, 1612, p. 9).
Respecto a la claudicación ante el catalanismo “adreça” por parte de nuestras débiles instituciones (vean recibos de Hacienda, Telefónica, Universidad, etcétera), tiene que ver con el razonamiento del lingüista Alvaro Gálmes: “El carácter dialectal de un idioma se manifiesta por el sentimiento de inferioridad de quien lo practica, pues considera su habla como perteneciente a un estrato cultural más bajo que el de la lengua general”. Y no hay pueblo más acomplejado que el valenciano.
Hasta en las islas Feroe, con menos habitantes que Alcoy, presumen de un idioma que apenas se distingue del danés, y la ínclita TV española -autista respecto al valenciano- con motivo del partido entre España y Feroe ensalzaba su singularidad idiomática. ¡Vaya cambio con la situación del Reino en 1599!