viernes, 30 de diciembre de 2016

OTRA HISTORIA DE CATALUÑA



Un libro desmitificador que restablece muchas verdades


Marcelo Capdeferro es un profesor de instituto que hace años, fascinado por la historiografía romántica y catalanista, publicó una Historia de Cataluña en esa clave, es decir, con aceptación de toda la mitología histórica con que muchos catalanes encubren la historia real de Cataluña.



E
n el verano de 1.985 Marcelo Capdeferro, cuyo apellido le acredita como catalán de pro, tuvo el valor de publicar en Ediciones Acervo, de Barcelona, un libro sorprendente, Otra Historia de Cataluña que, presentado en Barcelona ante toda la prensa en la antevíspera de la presunta Diada nacional de Catalunya, consiguió, de entrada, un espeso silencio de los medios de comunicación; y me temo que ese silencio se va a adensar toda mas en Madrid, primero por el tradicional desinterés de la capital de España (pese a tantas retóricas) sobre las cosas profundas y autenticas de Cataluña, y segundo porque se trata de un libro objetivo, sin miramientos con la mitología; un libro que refleja desnudamente la conversión de su autor a las fuentes de la historia, con desprecio a las imposiciones de la política; un libro contracorriente, que pone en evidencia  la general cobardía con que incluso eminentes historiadores no catalanes dejan a los catalanistas que cocinen sin critica su propia historia, como si la historia de Cataluña no fuese una preocupación vital de todos los españoles.

Sobre este libro, pues, va a caer una conspiración de silencio, urdida por quienes desprecian cuanto ignoran; pero el silencio injusto se rompe con la iluminación serena del comentario publico, y hoy esta sección de EPOCA, donde tanto interés se tiene por las cosas de Cataluña y por la vera historia de Cataluña va a romper con sumo gusto y por deber profesional una lanza a favor de este aguerrido profesos catalán que se atreve a escribir –con una formación envidiable y exhaustiva, además- un libro sobre la historia de Cataluña que desmiente no solo a su obra conformista anterior, sino a todo el compacto bloque mitológico que la historia catalana romántica y el catalanismo político invasor de la historia han pretendido hacernos tragar como la verdadera historia del Principado que es y será clave de España.

Las gentes de la

profunda España


Insisto: Capdeferro ha escrito un libro sobre Cataluña, no en contra; desde Cataluña, no desde fuera; un libro  catalán del todo, con esa racionalidad mediterránea que es una de las principales características de lo catalán. Es imposible reflejar en un artículo su contenido desmitificador; evocaré algunos rasgos.

Muchos siguen atribuyendo al conde de Barcelona Wifredo el Velloso  la independencia y la paternidad de Cataluña. Pero los primeros historiadores de Cataluña han desmentido ya esa exageración. “Wifredo -dice Abadal- fundador de la nación catalana. No lo fue ciertamente; al menos él no tuvo la menor conciencia de ello. Dividió los territorios que había logrado reunir, desmenuzándolos de nuevo. La concepción que Wifredo  tuvo sobre sus dominios no pasó de la que experimentara el nuevo propietario sobre los bienes recogidos o heredados, de los cuales dispondrá libremente, como si de bienes personales se tratase.” El origen de la Cataluña propiamente dicha es posterior; y aunque surge también en fuentes europeas, es por encima de todo un origen hispánico. “Su herencia básica y sus elementos étnicos son hispanos. Sus raíces son profundamente hispanas.” La atribución a Wifredo el Velloso de la bandera cuatribarrada es otra leyenda. Como dice Guillermo Fatás, “salvo la aparición de materiales hasta ahora desconocidos, no hay ni una sola prueba de que las barras fueran usadas por nadie antes de que lo hiciese en sus sellos don Alfonso II Rey de Aragón”.

El capítulo sobre los almogávares, y sobre las hazañas catalanas en el Mediterráneo oriental es una fuerza desmitificadora implacable. Los almogávares tampoco eran exclusivamente catalanes. Vinieron de todos los Estados y confines de la Corona de Aragón y Bernat Desclot, en la “Crónica del Rey Pedro”, dice que una buena parte de ellos, los golfins, “eran castellanos y gallegos y gentes de la profunda España”, bellísima expresión que vale por mil descripciones.

El principado

de Gerona


El Compromiso de Caspe llevó a la Corona de Aragón a la dinastía castellana de los Trastamara en la figura de ese político genial que se llamó don Fernando de Antequera. La historiografía romántica fustigó al Compromiso como si hubiera sido negativo para Cataluña, y habló de iniquidad. No tal, Jaime Vicens Vives,  el gran historiador catalán del siglo XX lo dice taxativamente: “En Caspe no hubo ninguna iniquidad, porque la proclamación de Fernando era la única salida posible al problema planteado.” Y allí se designó “al candidato mas universalmente aceptado por la diversas estructuras de los países de la Corona de Aragón”.

Precisamente la dinastía castellana introdujo en la Corona de Aragón la costumbre de atribuir al heredero al título de príncipe de Gerona. El año pasado, 1.984, se produjo una cierta polémica cuando una propuesta catalana para reconocer el título de príncipe de Gerona en la persona del príncipe de Asturias don Felipe,  encontró, según se dijo, algunas dificultades en la Casa Real. Si fue así, tales dificultades no parecen infundadas. En efecto, don Fernando I de Aragón, hijo de Juan I de Castilla y hermano del primer príncipe de Asturias, concedió el ducado de Gerona a su hijo primogénito, Alfonso, y elevó la dignidad a Principado. Pero los jurados o regidores de la ciudad de Gerona se opusieron a esta concesión, que no se creó oficialmente hasta el 19 de febrero de 1.416.

Como el rey Fernando I murió el 3 de abril siguiente, el infante don Alfonso, que subió al trono como Alfonso V (El Magnánimo) fue príncipe de Gerona durante cuarenta y cuatro días. Inmediatamente el título cayó en desuso durante cuarenta y cinco años. Entonces aparece en algunos documentos  atribuido al príncipe heredero Fernando (pronto Fernando el Católico).  Ostentaron el título los hijos de Fernando e Isabel, los infantes Isabel, Juan y Juana. La conclusión de Capdeferro es durísima.

“La historia confirma que el título de príncipe de Gerona no solo no fue apreciado en Cataluña (ni siquiera en Gerona) sino que fue prácticamente desconocido y según las épocas incluso oficialmente rechazado y olvidado, por no decir desaparecido. En el resto de España fue generalmente desconocido- No tuvo notoriedad ni incidencia alguna digna d mención. De todo lo cual se infiere que carece de interés histórico”.

La Generalidad

que nunca existió

La Generalidad de Cataluña, es como el nombre de Euzkadi un invento y una denominación muy posterior a la que se le atribuye en la historiografía romántica y catalanista; una realización de nuestro tiempo mas que una raíz histórica. En los documentos de las Cortes de 1.300 y posteriores no se habla de Generalidad sino de General, “Generalis Cataliniae”, que se tradujo como lo General  o el General de Cataluña, institución que denotaba el conjunto de los tres brazos integrantes de las Cortes catalanas. El General “tenía funciones parecidas a las que hoy tienen las aduanas y la Hacienda”; un organismo administrativo y sobre todo recaudador.

En las Cortes de Cervera de 1.379 se designaron cuatro personas de cada brazo para que actuasen en representación permanente del General, y se les llamó en conjunto, Diputació del General, que poco a poco fue asumiendo importantes funciones, incluso representativas. Con la dinastía castellana la Diputación del General logró su plenitud gracias a Fernando I, su hijo Alfonso V y la esposa de este, la regenta doña María. La palabra Generalidad, de origen francés , entró en Cataluña a través del Rosellón pero nunca para designar al organismo recaudador, representativo y fiscal que fue la Diputación del General.

Cuando en 1.931 Francisco Maciá  proclamó la República Catalana, los demás miembros del gobierno republicano de Madrid trataron de rebajar esa fórmula separatista y dos de ellos, el socialista Fernández de los Rios y el historiador catalán Luís Nicolau d’Olwer aplicaron la palabra Generalidad como expresión del nuevo gobierno autónomo de la Cataluña contemporánea. Pero la institución secular con la que se pretendía entroncar nunca se llamó así, sino Diputación del General o mas sencillamente General de Cataluña.

Rafael de Casanova

y la Diada

Hace poco se ha vuelto a celebrar, polémicamente, La Diada, el 11 de septiembre, presunta “fiesta nacional de Cataluña”, La conmemoración se concentraba en torno a la figura de Rafael de Casanova, conseller en cap, es decir, alcalde de la ciudad que se impuso a las tropas borbónicas en el asedio de Barcelona por el duque de Berwick. Todos los disparates se han acumulado sobre este acontecimiento. Para los grupos catalanistas radicales, basados en una historiografía delirante, Rafael de Casanova es el símbolo no ya de la autonomía  sino de la independencia de Cataluña; el conseller en cap cayó muerto heroicamente cuando, empuñando la bandera de la ciudad, luchaba contra el ejército invasor que tras entrar en la ciudad, privó a Cataluña d su lengua y de sus libertades e instauró un régimen de terror que llevó al Principado a una situación caótica y a una decadencia absoluta.
En el libro de Capdeferro, que se basa en las mejores fuentes de la historia de Cataluña, y en los historiadores catalanes auténticamente grandes, podrá encontrar el lector la verdad histórica que deshace todo ese cúmulo de mentiras y deformaciones. Trataré de resumirlo.

La Guerra de Sucesión de España fue particularmente dura en Cataluña. Las autoridades del Principado convencieron a los catalanes para que se adscribiesen a la causa del presidente austríaco Carlos frente a la candidatura francesa de Felipe V, adoptada  por los castellanos, los vascos, los gallegos y los andaluces. Así se estrenó el siglo XVIII en España con una tremenda Guerra de Sucesión que fue, por encima de todo, una guerra civil entre españoles.

Los catalanes, escarmentados por su trágica aproximación a Francia en la guerra anterior, la de Felipe IV y Olivares, se alzaron contra la candidatura francesa  para no separarse de España, ni mucho menos, sino porque creían que la continuación de la Casa de Austria era la mejor solución para España. Como han establecido definitivamente dos grandes historiadores catalanes, Ferrán Soldevila y Jaime Vicens Vives, la Guerra de Sucesión en Cataluña no fue una guerra separatista sino una guerra librada por motivos profundamente españoles; los catalanes luchaban por una idea de España diferente de la de la solución francesa, pero tan española como la propia causa de Felipe V, que tuvo el acierto, con su esposa María Gabriela de Saboya, de presentarse desde el primer momento como un español en armas, y no como un francés de origen.

Después de enconadas campañas en Flandes, Italia y el resto de España, los ejércitos borbónicos se presentaron en Cataluña. La resistencia de los catalanes, heroica, se redujo al final a Barcelona y Cardona. El asedio de Barcelona revistió caracteres numantinos. Elegido conseller en cap Rafael de Casanova  proponía estudiar las condiciones de negociación que ofreció el generalísimo borbónico; pero su propuesta fue derrotada por abrumadora mayoría. El 11 de septiembre de 1.714 Casanova salió hacia el baluarte de la Puerta Nueva enarbolando la bandera de Santa Eulalia. Cayó herido leve y se retiró del combate.

Casanova desapareció

en el tumulto

Los catalanes apostaron por la continuidad de la Casa de Austria

El general Villarroel, barcelonés de estirpe castellana, también cayó herido pero siguió dirigiendo heroicamente la resistencia, hasta que recomendó la capitulación. El duque de Berwick entró en la ciudad y los catalanes,  como si no hubiera pasado nada, se pusieron al día siguiente al trabajo. “El Decreto de Nueva Planta no se ensañó con el idioma catalán”. Se limitó a imponer el castellano en las causas judiciales, que antes se debatian en latín. El nuevo régimen resultó, según  todos los historiadores solventes, enormemente positivo y provecho para Cataluña, que estaba anclada en la Edad Media.

Rafael de Casanova  no murió heroicamente. Desaparecido en el tumulto. Se refugió en una finca de su suegro en San Baudilio. Volvió en 1.719 a Barcelona donde siguió ejerciendo la abogacía sin que nadie le molestase. Murió tranquilamente en 1.743, con mas de ochenta años, y sin la menor idea de que andando los siglos se iba a convertir en símbolo de una Diada que, tal y como se presenta por algunos radicales, nunca existió.

                                                                                  Ricardo de la Cierva – 1.985