viernes, 30 de diciembre de 2016

OCCITANISMO Y CATALANISMO: ELEMENTOS PARA UNA COMPARACIÓN CON ESPECIAL REFERENCIA AL PROVENZAL Y AL VALENCIANO



Philippe Blanchet
Profesor de Sociolinguística, Universidad de Rennes 2, Alta Bretaña, Francia
Director del Centre de Recherche sur la Diversité Linguistique de la Francophonie


                Tanto el Provenzal como el Valenciano (entre otros casos) se enfrentan a un proceso similar algo sorprendente de que puedan convertirse en “dialectos” de otras así llamadas “lenguas minoritarias”. El Valenciano, el tema principal de este congreso, tiene que hacer frente a la presión del Castellano dentro de un sistema disglósico usual (“una lengua vehícular estatal versus a una vernácula local”) y a la presión del Catalán, un vecino muy poderoso. El Provenzal tiene que hacer frente a la presión del Francés y del Occitano (un vecino ligeramente menos poderoso). Todas las lenguas implicadas en estos complejos procesos son romances y, por tanto, bastante próximas entre sí desde un punto de vista tipológico puro.
                El Valenciano satisface los criterios sociolingüísticos (incluyendo los sociopolíticos) para ser considerado como una lengua distinta (y no como variedad del Catalán). Una prueba notable de esto es el hecho de que así ha sido reconocido oficial y democráticamente por la Comunidad Valenciana en 1982 y 1983, dentro del marco de la Constitución Española de 1978. No obstante, algunas personas y organismos procedentes de diversos campos siguen insistiendo en afirmar que es Catalán, por diversas razones bien conocidas y refutables. No profundizaré más en este asunto que ya ha sido estudiado con precisión por los especialistas del Valenciano.
                El Provenzal satisface los criterios sociolingüísticos (incluyendo los sociopolíticos) para ser considerado como una lengua distinta (y no como variedad del Occitano). Una prueba notable de esto es el hecho de que así ha sido reconocido oficial y democráticamente por el Consejo Regional de Provenza el 17 de octubre de 2003 (véase el documento en el anexo), tras unos decenios de un debate creciente contra la posibilidad de que fuera considerado una variedad del Occitano y dentro del reciente contexto de la aceptación moderada de las lenguas regionales en la República Francesa. No obstante, algunas personas y organismos procedentes de diversos campos siguen insistiendo en afirmar que es Occitano, por diversas razones poco conocidas y también refutables. No profundizaré más en este asunto que ya he estudiado con precisión y presentado hace dos años a los especialistas del Valenciano (en el 1er Seminario Internacional sobre Lenguas Menos Usadas  que tuvo lugar en la Ciudad de Valencia, organizado por la Real Academia de Cultura Valenciana en 2002, véase Blanchet 2003).
                Mi  propósito en esta comunicación es presentar datos y un análisis de la estrategia de un movimiento llamado “occitanismo”, que ha tratado de imponer su visión unificadora de las lenguas romances habladas en el sur de Francia. Su comparación con el movimiento catalanista (con el que está relacionado) nos podría ayudar a comprender la forma en que se desarrollan este tipo de movimientos y la manera en que deberían ser tenidos en cuenta por las políticas lingüísticas. El objetivo de mi análisis es tanto teórico como práctico. Tengo que precisar claramente que esta comparación sólo es significativa en cuanto a las similitudes, porque también hay diferencias importantes entre las dos situaciones.

Orígenes y contexto de la competencia Occitano (singular) versus Lenguas de Oc (plural)[1]

                La situación sociolingüística de las variedades de Romance habladas en la mayoría de las partes del sur de Francia (i.e., dentro de sus fronteras actuales) ha sido observada y comentada predominantemente desde un punto de vista particular político y teórico durante los últimos decenios: el occitanista, que las presenta como una lengua unificada llamada Occitano. Sin embargo, las variedades con las que trataremos de ahora en adelante, que se extienden desde Gasconia hasta Provenza, desde Lemosín y Auvernia al Languedoc, se han conocido e identificado con diversos nombres y clasificaciones a lo largo de los siglos: Provenzal, Lengua de Oc, Occitano son las globales más conocidas, pero Lemosín o Galo-romance del sur también se han utilizado en contextos históricos más específicos, y los nombres más locales tales como Gascón, Bearnés, Rouergat, Auvergnat, Nissart, y hasta incluso Patois  han sido siempre los utilizados con más frecuencia –y a veces los únicos- por los propios hablantes. Ha habido una excepción muy debatida para las variedades del Rosellón (alrededor de Perpignan) y el resto del dominio catalán, que ahora se considera definitivamente que constituye una lengua distinta bien definida conocida como Catalán.
                Desde la Edad Media hasta el siglo XIX, estas variedades han sido citadas fundamentalmente por filólogos bajo la forma del “Antiguo Provenzal”  de los viejos trovadores.  Desde el siglo XVI en adelante, diversos observadores también notaron, aquí y allá, estas variedades como los “dialectos” locales (e incluso “patois”) habladas por la mayor parte de las secciones de la sociedad en las provincias del sur que gradualmente fueron formando parte del reino de Francia (véase Brunot 1901: libros 5, 7, 8). En el siglo XIX surgió un nuevo punto de vista, en primer lugar porque los comparativistas y dialectólogos se interesaron en descripciones más precisas de estos descendientes del Latín. Sin embargo, en estas observaciones no había muchas consideraciones sociolingüísticas.
                Fue más tarde, con el surgimiento de los primeros partidarios políticos de asuntos lingüísticos y el surgimiento de partidarios políticos de ciertas lenguas, como la imposición del Francés como símbolo de la unidad nacional a partir de la Revolución de 1789, o el Bretón y el Provenzal apoyados, en oposición a la política monolingüe francesa, por intelectuales locales desde mediados del siglo XIX en adelante,  cuando comenzaron a hacerse consideraciones sociales o políticas. Pero es solamente a partir de los años 1970 cuando comenzaron a elaborarse estudios rigurosos en Francia, que coincidieron con que la primera generación de sureños franceses monolingües fuera siendo mayoría, cuando la situación sociolingüística y los problemas de estas variedades fueron por fin analizados, referenciados y fueron conocidos internacionalmente por medio de informes científicos y políticos.
                El contexto ideológico de la época en Francia y Europa Occidental tuvo una profunda influencia en estos acontecimientos. El fin del colonialismo engendró y promovió la idea de los derechos de los pueblos a la autodeterminación, junto con la idea de la protección de las minorías. Ideas más o menos marxistas y liberales de izquierdas (aquí utilizamos “liberal” en su sentido inglés) estaban en el aire tras la pequeña “revolución” francesa de 1968. En España, el retorno a la democracia posibilitó que los nacionalistas catalanes y los sociolingüistas catalanes organizaran el renacimiento del Catalán tras decenios de dominación castellana en Cataluña con Franco. Y resulta que el Catalán es un vecino muy próximo de las variedades que se hablan en el lado francés de la frontera, alrededor de Toulouse y Montpellier... Desde los años 1950, una evolución gradual y limitada de la autoridad francesa, primero tolerando y luego “promoviendo” las lenguas regionales de una forma limitada, creó unas pocas oportunidades para actuar y unos pocos campos de poder simbólico, incluyendo cargos en las diversas administraciones (la mayoría en educación). Tuvo lugar una creciente competencia entre los partidarios de las diversas opciones políticas lingüísticas. El conflicto era –y sigue siendo- muy difícil en el sur de Francia, debido a que (i) las diferentes opciones ya habían dividido claramente a los activistas de diversas regiones bajo la sombra del inevitable provenzal F. Mistral; (ii)  es el conjunto más grande de zonas lingüísticas “regionales” de Francia (en espacio, en hablantes, en prestigio, etc.); (iii) la extensión del idioma funcionaba rápida y dramáticamente, amenazando el uso y supervivencia de las variedades locales. En semejante contexto histórico, la afiliación a determinadas ideologías “liberales” políticas de moda podrían parecerles a algunos de los activistas ser estrategias eficientes –y a veces coherentes, especialmente cuando eran sinceras. Decir que alguien era conservador o simplemente no suficientemente exigente era una estrategia eficiente de exclusión. Además, las recientes victorias  sobre Pétain, Hitler y Mussolini (y más tarde sobre Franco), y las subsiguientes oleadas de “caza de brujas” que tuvieron lugar (con mucha gente mostrando una nueva cara y tratando de que se olvidara su pasado reciente), la caída gradual de dictaduras comparables en Grecia y Portugal, todo ello proporcionó a ciertas personas una forma fácil de derribar a sus competidores: acusarlos de colaboración con los fascistas también era terriblemente eficiente, aunque fuera absolutamente falso. Se han librado todas estas batallas, y todas estas estrategias han sido utilizadas una vez u otra en el campo de la sociolingüística en el sur de Francia.

El ascenso del Occitanismo – entre la sociolingüística y la acción política

                La historia del Occitanismo (como “el movimiento de acciones y presiones a favor del Occitano”) ya ha sido descrita desde diversos puntos de vista (Nelli 1978; Barthès 1987; Jeanjean 1992; Fourié 1995; Lafont 1997; Abrate 2001), aunque los cadáveres en el armario, recientemente descubiertos, sólo son conocidos por unos pocos especialistas (véase más adelante). Esta historia no es el tema de este volumen. Sin embargo, parece necesario señalar la confusión fundamental de los estudios sociolingüísticos y las ideas militantes que es característica de los ampliamente distribuidos y conocidos artículos y libros publicados sobre el “Occitano” por occitanistas desde los años 1950 (e.g. Lafont 1951 1954 1967 1971 a/b 1973; Bec 1963; Armengaud et Lafont 1979; Kremnitz 1981; Sauzet 1988; Boyer 1991 y 2001...). Este círculo vicioso de investigación sociolingüística dirigida por ideologías y el activismo político apoyado por investigaciones fue claramente identificado por Kremnitz (1988a: 5, 7, 27-28), citando a R. Lafont (1972ª: 19) el mismo:
                “Debemos decir claramente, a nosotros y también a otras personas, que nuestro trabajo está impregnado de una ideología occitanista: la búsqueda de la existencia de los occitanos como tales”[2]
                Esta postura subjetiva fue confirmada por un importante sociolingüista francés, especialista en la política lingüística corsa y francesa fuera de los círculos occitanistas, ya en 1979 (Marcellesi 2003: 111, reimpresión de 1979):
                “El hecho de que sólo existe el Occitano, en vez de Auvergnat, Provenzal, Languedoc, etc. (...) es un elemento de las representaciones presentes dentro de los grupos sociales que imponen su hegemonía cultural”
                La mayoría de los sociolingüistas y lingüistas occitanistas (Camproux, Bec, Nelli, Gardy, Giordan, Boyer, Boisgontier, Ravier, Lagarde, Sauzet...) pertenecen a organizaciones militantes occitanistas, fundamentalmente al Institut d’Estudis Occitan (e. g. R. Lafont fue presidente del IEO).
                La audiencia de la posición occitanista, debido a una estrategia política eficiente (véase más adelante) y a la ausencia de ningún otro centro de investigación sociolingüística en el sur de Francia hasta los años 1980[3], fue tan extensa que muchas personas, incluyendo sociolingüistas y minoritólogos de varios países, utilizaron estos trabajos como las fuentes más importantes de información y referencia (e. g. Schlieben-Lange 1971; Kremnitz 1981; Ager 1990). Ellos mismos contribuyeron a la difusión de estas posturas, de forma que se fueron dando por sentado cada vez más. Sin embargo, el discurso occitanista produjo más postulados políticos y teóricos preformativos que las verdaderas observaciones sociolingüísticas, contribuyendo a ello además la escasez de trabajos de campo que se realizaban. La propia existencia del “Occitano” como una única lengua distinta, presentada como un hecho lingüístico en la mayoría de los casos, con muy poca discusión, en los trabajos occitanistas, siempre ha sido contradicha por fuentes científicas independientes (e.g. Soutet 1995: 38; Grimes 1996; Francard 200: 9; Wurms 2001....), por lingüistas del sur de Francia ajenos al círculo occitanista (e. g. Marcellesi 1979 y 2003; Laffite 1996; Blanchet 1992 y 2002a; los colaboradores a partir de aquí), por diversos lingüistas por lo menos en lo que a Gascon se refiere (véanse generalidades en Chambon y Greub 2002) por los datos básicos e incluso por partidarios occitanistas como Kremnitz mismo:
                “No parece posible lograr un consenso sobre el sistema ortográfico ni definir una variedad referencial aceptable (...). Ya que no parece posible el consenso entre los hablantes de Occitano sobre cuestiones tan fundamentales como el nombre de la lengua, su dominio geográfico, sus funciones sociales y comunicativas, no debería esperarse el fin de los debates” (1988b, 8).
                “Obviamente tenemos que admitir que el mismo hecho de reconocer la existencia de una lengua occitana[4] reside en un postulado ideológico” (2001:22).

Opciones conceptuales e ideológicas para el occitanismo

                Muy brevemente, el proyecto occitanista reside en las siguientes opciones:
- Adoptaron la definición catalanista de disglosia (Aracil 1965; Ninyoles 1969): se considera que la disglosia es un síntoma del conflicto histórico entre dos comunidades nacionales que sólo se resolverá por la victoria de una lengua y una comunidad sobre la otra. Si gana la dominada, el proceso de normalización hace que el uso de la lengua sea “normal” nuevamente en todas las situaciones sociales y sea rechazada la dominante anterior; si es la dominante la que gana, el desplazamiento final de la lengua eliminará a la dominada (Gardy y Lafont 1981; Boyer 1986 y 1991; véase un buen estudio en Kremnitz 1998ª: 12-13, 18 y 1987 ). Se rechaza el bilingüismo (especialmente bajo la forma de una disglosia relativamente estable) y otras “interlenguas” o “mezclas de códigos” como variedades regionales del Francés (ahora el más hablado y la marca de identidad más fiable para el francés del sur), y se le acusa de reforzar la disglosia, y ayudar consecuentemente a triunfar a la comunidad dominante (de aquí el concepto de “francitano”)
- Adoptaron el modelo catalanista de
(i)                   afirmación nacional tal como fue desarrollada entre 1850 y 1950,
(ii)                 normas lingüísticas (normalización y ortografía adaptada al occitano) tal como fueron desarrolladas por P. Fabra, y por último,
(iii)                la política lingüística tal como fue desarrollada y aplicada en España a partir de los años 1970, tras el regreso a la democracia.
Los primeros activistas occitanistas, como Perbosc, Estieu y Alibert, trataron de crear antes de la Segunda Guerra Mundial una “Gran Occitania” incluyendo Cataluña y haciendo uso de su fuerza: incluso obtuvieron fondos de los catalanistas para publicar los primeros periódicos occitanistas (Occitania, Oc) y fundaron la Societat d’Estudis Occitans que luego se convirtió en el Institut d’Estudis Occitans según el modelo del Institut d’Estudis Catalans (Giordan 1983; véase un resumen en Barthès 1987: 315-377; Boyer 1991; Kremnitz 1988a: 8-9).

- Siguiendo esta estrategia, la lengua dominada debería estar:
(i)                   concebida según su definición más amplia posible para que sea lo más fuerte posible.
(ii)                 ligada a una identidad nacional, y
(iii)                provista de todas las características y herramientas de la lengua vehicular dominante (con el fin de sustituirla).
La normalización lingüística y gráfica occitanista se basó en un Occitano “central” (i. e. “Languedociano”) combinado con el “Occitano” medieval, y tratando de que se pareciese al catalán lo más posible, reduciendo las fuertes divergencias entre los diversos “dialectos”, pero acabó siendo tan extraño y complicado que los hablantes ordinarios ni siquiera podían reconocer ni leer la lengua que se suponía era la suya propia. Una parte importante de la “concienciación nacional” que trataron de crear se basaba en lo siguiente:
(i) la historia de los Trovadores y de la Cruzada Francesa contra los Albigenses, por medio de la cual el rey francés tomó el País de Toulouse en el siglo XIII (e. g. Sède 1982 y Lafont 1971ª: 180; véase también Barthès 1987: 88-91; Kremnitz 1988ª: 6) a pesar de que este distante acontecimiento religioso sólo afecta a una pequeña parte de “Occitania”; y
(ii) el uso erróneo constante del Occitano (como identidad cultural o nacional) para el “hablante occitano”que pronto llevó a la creación del concepto de “Occitania” (como país o nación, de aquí la idea de “Gran Occitania” –e. b. Lafont 1971ª; Armengaud y Lafont 1979; Anghilante 2000- según el modelo de tantos imperialismos nacionalistas) y el uso regular erróneo del Occitano por “Occitanista” (e. g. Kremnitz 1988; Boyer y Gardy 2001, entre otros).
                Estas confusiones en los discursos y textos produjo la impresión de que todos los hablantes de las variedades reunidos bajo una “lengua Occitana” poseían de hecho el sentimiento de ser occitanos (una especie de identidad nacional o étnica –e. g. Armengaud y Lafont 1979), que vivían en una especie de país unido llamado “Occitania”, ¡y que compartían el punto de vista occitanista etno-nacionalista sobre su lengua, cultura, pueblo y país!

- Los llamados Occitanos que no se sienten “Occitanos”, i. e., los hablantes que ni conocen ni aceptan la “unidad de la lengua” son considerados como que tienen una  especie de “desorden mental” debido a su situación disglósica. Se dice que son unos extraños para ellos mismos y para su lengua porque su identidad ha sido pervertida por la dominación francesa: esta es la teoría de “alienación étnica” (Lafont 1965-67; Kremnitz 1988ª: 14-16; Castela 1999) y de la “neurosis disglósica” (Lafont 1984ª). Uno de los principales objetivos de la acción occitanista debería ser, pues, “descolonizar” Occitania (Lafont 1971b; un resumen en Barthès 1988: 399-402 y Bayle 1973) y “desalienar” a los occitanos (Lafont 1970; Lafont 1971ª: 125-130 y 225-227; Kremnitz 1988: 15-16). Este objetivo ha sido abordado por todos los medios políticos, i. e. por maniobras políticas, por tres razones principales:
(i)                  porque una gran mayoría de franceses del sur actualmente se niegan a aceptar este programa (cuando saben que existe); los occitanistas sólo constituyen un grupo muy reducido de militantes e intelectuales muy activos : su principal asociación, el Institut d’Etudes Occitanes ha tenido una media de solamente 1000 miembros durante los últimos veinte años (Marti 1995: 116; Jeanjean 1992; véase Marcellesi 2003: 119 “en el caso del Occitano, el sueño de la uniformización es compartido por una minoría muy reducida”);
(ii)                 porque el occitanismo se encuentra con oponentes muy poderosos tales como otros intelectuales, otros investigadores, otras asociaciones e instituciones, incluso representantes locales del pueblo (véase Bayle 1973; la respuesta de Mauron en 1983 al informe de Giordan; la introducción del Alcalde de Pau en Moreux y Puyau 2002)[5], y  simplemente los hechos objetivos (la situación francesa es mucho más variada y muy diferente de la española);
(iii)               como a menudo forma parte de determinadas clases de ideologías y sistemas de creencias nacionalistas sostener que tienen razón por encima de todo, tratan entonces de conseguir sus objetivos por medios no democráticos o incoherentes, para “que la gente sea feliz a pesar de su deseo (distorsionado)”

Maniobras políticas

                Arrojemos una buena luz aquí sobre los tres ejes fundamentales de las maniobras políticas occitanistas.
(i)                  Uno de los más importantes está arraigado en la oposición sistemática a los intelectuales provenzales y promotores de la lengua (incluyendo las asociaciones),  la oposición al renacimiento provenzal a partir del siglo XIX, y las características relacionadas (ortografía, escritos, normas lingüísticas, actividades...), y lo que es más, a  la  lengua Provenzal y a las propias identidades. Evidencia de ello se puede encontrar ya en Lafont 1954, que comenzó a difundir la visión de un Mistral que se suponía que era “conservador” y con mucho menos talento de lo que normalmente se cree, con el fin de deshacerse de este antepasado embarazoso (véase también Lafont 1971ª: 137; Armengaud y Lafont 1979: 775; un buen resumen de las posiciones anti Mistral en Bayle 1975: 137-139). La seria y objetiva biografía de Mistral hecha por Mauron (1993) ha corregido esto mucho después. En una escala más amplia, la famosa organización de Mistral, el Félibrige, fue constantemente atacada y acusada de no ser más que un grupo de burgueses tradicionalistas (Lafont 1971ª: 137-151; Pasquini 2001; un resumen en Barthès 1988: 415-416) cuya lengua y acciones fueron presentadas como cada vez más distantes del pueblo (Garavini 1970: 144; Pasquini 1986: 109-110 y Pasquini 2001). Se dijo que habían elegido su propio dialecto “inferior” provenzal local, muy influidos por los franceses, para convertirlo en la norma de referencia para toda la Lengua de Oc, y su sistema ortográfico se presentó como una mera adaptación del francés, por tanto imposible de aplicar a cualquier otro dialecto (e. g. Bec 1983: 107; Pasquini 2001; Kremnitz 2001: 30-31). Del propio Mistral, porque su gloria podía ser útil, se dijo que había preferido una especie de ortografía occitanista primero y haber sido obligado a adoptar este otro sistema por su maestro Roumanille (Lafont 1972b: 18; Armengaud y Lafont 1979: 884; Kremnitz 2001: 30; véanse las correcciones en Barthès 1987: 201-205 y Mauron 1993: 104-105).
                El mero hecho de sentirse “provenzal” y no “occitano” se señalaba como una traición que era resultado de la “ruptura” de la unidad occitana por parte de los franceses... (e.g. la última palabra de Lafont en Boyer y Gardy 2001: 468). La minimización de la posición de la lengua provenzal, la ortografía y la fuerza cultural también ha sido una estrategia constante occitanista. Sibille (2000: 36) escribe que “Una fracción radical de los movimientos provenzalistas se niegan al consenso [con los movimientos occitanistas] y sigue manteniendo la polémica sobre estas cuestiones”. La llamada “fracción” resulta ser una gran mayoría, de hecho (véase Blanchet 2002a). Lafont (1972b: 5 y 20) afirma que la reforma ortográfica occitanista “ha tenido éxito atrayendo a los nuevos escritores provenzales (...) cuya mayoría tienen menos de cincuenta años”. Suele ser un argumento habitual por parte de los occitanists, el deseo de aparecer “modernos y triunfantes”, pero esto no reside en datos básicos: por el contrario, cuando se recogen datos objetivos, se revela que hasta el 90 por ciento de las asociaciones provenzales en funcionamiento en 1990 y el 95 por ciento de los escritores contemporáneos provenzales (incluyendo a los más jóvenes) han elegido la ortografía provenzal “mistraliana” (Blanchet 2002ª: 16-20 y 117). Además, algunos de los escritores raros y famosos que utilizaban la ortografía occitana acabaron por volver a la “mistraliana” (e. g. S. Bec 1980).
                Muchos estudios rigurosos (a menudo recientes) han demostrado que casi todo esto es erróneo (véase Barthès 1987; Duchêne 1982 y 1986; Mauron 1993; Calamel y Javel 2002;  resúmenes en Blanchet 1992 y 2002a). Esta estrategia de estigmatización se explica por dos razones principales:
(a)                Mistral y su Félibrige eran tan famosos que fue necesario desestabilizarlos con el fin de sustituirlos;
(b)                la “excepción” provenzal, con su ya adoptado sistema ortográfico, sus diccionarios y libros de gramática, sus famosos escritores, su red de asociaciones (aunque no relacionadas con el Félibrige), su fuerte sentido de identidad regional junto con su total aceptación de su lado francés, y sus originales principios de política lingüística,  constituyeron –y siguen constituyendo- el principal obstáculo a la propaganda y acción occitanista.

(ii) Otra maniobra política occitanista importante se puede observar en sus discursos sobre partidos políticos y sus enlaces con la Administración. Por diversas razones, incluyendo su estrategia activa y sus visiones centralistas, los partidarios occitanos siempre han tenido éxito para ser oídos por la Administración central francesa en París. Concurrente con la famosa “Ley Deixonne” de 1951 (sustituida ahora por otro texto) que permitió enseñar “dialectos locales” en las escuelas francesas, el propio nombre de Occitano se utilizó por vez primera: el nuevo Institut d’Etudes Occitanes (IEO) se presentó a sí mismo como “nacido de la Resistencia” y luego presentó a los otros movimientos –principalmente el Félibrige provenzal- como una organización conservadora culpable de haber “colaborado” más o menos con el régimen de Pétain en Vichy y, por tanto, con los nazis (pero véanse “los cadáveres en los armarios” más adelante). Esta tendencia a acusar a cualquier persona u organización contradictoria de estar “aliada con las ideologías y partidos políticos de extrema derecha” siempre ha sido muy utilizada por los occitanistas (y difundida, véase Ager 1990). Lafont y Armengaud (1979: 865) sostienen que al oponerse a Félibrige, el IEO se opone “a los nostálgicos del régimen de Vichy”. Añaden (1979:868 y 901) que “Fueron impartidos cursos de occitano por miembros de Félibrige a los agentes alemanes de los servicios de seguridad”, sin ninguna prueba en absoluto de esta afirmación, naturalmente. Regularmente aparece la misma clase de acusación: Sumien (2000: 6) menciona un”breve y misterioso período en que Mistral perteneció a la Acción Francesa” (el partido nacionalista de derechas de Maurras que apoyó a Pétain), lo que es completamente falso. En 1988, cuando organizaba su festival anual en Gap, el importante movimiento provenzal llamado Unioun Prouvençalo tuvo que dar un comunicado: fue acusado públicamente por parte de militantes occitanistas de estar relacionado con el Frente Nacional (un partido francés fascista), lo que es también una completa falsedad.
                La Administración francesa no siempre ha seguido la información occitanista (e. g. el ministro de educación habló sobre “las lenguas de Oc” (en plural) en un texto oficial de 1976 y todavía habla de “la lengua provenzal”  (entre las demás lenguas de Oc) en los programas oficiales de 1988 para la enseñanza de lenguas regionales en las escuelas secundarias. Pero la mayoría de las veces, la Administración central francesa tiende a favorecer a los occitanistas: la Ley Deixonne, el informe de Giordan de 1983 (bajo un gobierno de izquierdas) y otros informes oficiales recientes; un intelectual occitanista fue nombrado por el Ministro de Educación en 1995 Inspector General a cargo de todas las lenguas regionales; el consejero técnico del Ministro de Cultura francés a cargo del Charter Europeo fue presidente de la sección parisina del IEO (1998-99, véase Sibille 2000); las dos personas a cargo de las lenguas regionales en la Delegación General de la Lengua Francesa y las Lenguas de Francia (oficina del Ministro de Cultura) desde 2002 están relacionadas con el IEO (véase Cerquiglini, Alessio y Sibille 2003)...
                En otra escala, la Oficina Europea para Lenguas Menos Usadas, una asociación sin ánimo de lucro fundada por la Unión Europea y que opera como su oficina para las lenguas minoritarias, es de hecho un conjunto de asociaciones de los estados miembros que son considerados como comités nacionales de la Oficina Europea para Lenguas Menos Usadas. El subcomité francés ha sido organizado por asociaciones militantes sin ninguna transparencia, sin llamar a la participación, ni siquiera el consejo de alguna institución democrática oficial (ni nacional ni regional). Los occitanistas se han unido al comité francés desde el principio. Cuando, en 1997, la asociación provenzal más representativa, apoyada por el Presidente de la Región, pidió oficialmente ser admitida en el comité en nombre del Provenzal (y no del Occitano), fue rechazada sin más, aunque esta acción fuera ilegal según los estatutos tanto del comité francés como de la oficina en Bruselas de la Oficina Europea (Blanchet 2002b).
                Podrían darse otros muchos ejemplos. Así, los puntos de vista occitanistas dominan las fuentes de información y consiguen que se les den por sentado.

(iii) Los movimientos e intelectuales occitanistas, aunque se presentan a ellos mismos como liberales, y a menudo impregnados de ideas izquierdistas o más o menos marxistas, de hecho han sido acogidos por gobiernos de ambos lados del pasillo. En los años 1970 y 1980 estaban más próximos a la izquierda (Jeanjean 1992). Pero comenzando con los años 1990, se asociaban a cualquier administración, cualquiera que fuera el bando político que la dirigiera. La región administrativa llamada “Languedoc-Rosellón” (alrededor de Montpellier) ha sido gobernada por una coalición de partidos de derechas junto con el Frente Nacional. El IEO y las Calandretas (escuelas privadas bilingües organizadas por occitanistas) cooperaron con esta administración para crear en 1999 un Centro Interregional de Desarrollo del Occitano (CIRDOC) en la ciudad de Béziers, que tiene un gobierno de derechas (véase el documento público de presentación del CIRDOC). En 2001, R. Lafont y X. Lamuela, ambos investigadores de la universidad occitanista, dieron su apoyo a una organización occitanista fundada en Piamonte (Italia) y a su padre fundador F. Fontan, cuyo nacionalismo occitano se basaba en una mezcla de racismo y marxismo fascista (véase un estudio detallado en  Blanchet 2002c).
                Esto nos lleva al clímax final: los cadáveres en el armario. El IEO pretende tener sus raíces en la Resistencia (a los nazis), en la primerísima línea de sus documentos oficiales, como repiten constante y regularmente sus militantes (Kremnitz 2001: 35; Martel en Boyer y Gardy 2001: 374 o Petit 1983: 19); y también pretenden sustituir  por una nueva forma de acción, basada en la nueva ideología liberal, a la anterior no occitanista supuestamente nostálgica del régimen de Vichy (Armengaud y Lafont 1979:865). Sin embargo, L. Alibert, el padre fundador del sistema occitano colaboró activamente con el régimen de Vichy y los nazis y fue condenado a prisión e “indignidad nacional” de por vida por dicha colaboración. La Sociedad de Estudios Occitanos (SEO, la organización occitanista de aquella época) se sintió atraída por la manipulación del “folclore” hecha por el régimen de Vichy, envió cartas a Pétain para apoyarlo (Fourié 1995) y no lo hizo mejor que el Félibrige. Por el contrario, tras la guerra, el Félibrige expulsó a aquellos de sus miembros que fueron condenados por colaboración con el enemigo (especialmente Charles Maurras, que se publicó en el diario de SEO Oc en 1943 tal como demuestra Fourié 1995:25) mientras que los occitanistas siguieron celebrando a Alibert y ocultando su pasado mientras pudieron (el asunto fue revelado en periódicos especiales entre 1995 y 2000, véase Lo Lugarn 69 1999 y 71, 2000. Bagnosl-sur-Cèze: Partido Nacionalista Occitano, con un testimonio importante de R. Lafont). Y son estas mismas personas, o por lo menos algunas de ellas, las que transformaron la SEO en el Instituto de Estudios Occitanos (IEO) en 1945 (Fourié 1995: 34-35 y Lo Lugarn 67 1999), lo que puede ser confirmado por el hecho de que las publicaciones del SEO  utilizaron el nombre IEO ya en 1926 (véase Lo Lugarn 1995).
                Todo esto también puede explicar por qué los occitanistas persiguieron semejante estrategia tan vigorosa y eficiente de denunciar abusivamente a los otros proponentes del renacimiento lingüístico del la Francia “Occitana” del sur: era una buena manera de desviar el escrutinio del IEO. Y esta estrategia fue eficaz, dando como resultado la difusión monopolista del análisis occitanista.

El fracaso del occitanismo

                El sistema intelectual, el análisis y la estrategia occitanistas no se interrumpieron, ni siquiera disminuyeron, sino más bien aceleraron un desplazamiento de la lengua ya en marcha, porque no tuvo ningún efecto contundente sobre la gente, con la excepción de unos pocos grupos de militantes en situaciones muy locales. No llegó a la gente porque no tuvo en cuenta la verdadera situación sociolingüística, los hablantes, las actitudes de la gente o los posibles objetivos realistas para la revitalización de la lengua: la gente ni siquiera podía reconocer que era su lengua de lo que se trataba, debido a su nombre extraño (“occitano”), su extraña ortografía, su extraña ideología etnonacionalista, que eran tan diferentes de lo que vivían y querían (e. g. véase Dompmartin-Normand 2003 y Blanchet 1999, acerca de la enseñanza del occitano). La peor parte es que, aunque el occitanismo tuvo poco éxito (mayormente en Languedoc), creó una doble disglosia junto con el francés: la gente se convenció de que era mejor abandonar su lengua cotidiana, porque ni siquiera era aceptable comparada con la lengua “oficial” regional normalizada promovida.
                Ninguno de los seis primeros pasos de la revitalización de la lengua identificados por Hinton (Hinton y Hale 2001: 6-7) se activó realmente; solamente se intentó con los últimos tres pasos (del 7 al 9), en una estrategia de arriba a bajo que estaba abocada al fracaso: uso de la lengua como lengua fundamental entre unos pocos grupos de militantes y escuelas, ampliación de su uso en (partes simbólicas de) dominios públicos y fuera de la comunidad. Todo esto no podía revitalizar la lengua porque no estaba afincada en los hablantes reales y en las percepciones sociales reales, o en un programa masivo de aprendizaje de una segunda lengua y la potenciación de prácticas culturales que fomentaran el uso de la lengua. Pero todas estas acciones fueron rechazadas por los occitanistas porque hubiera significado que aceptaban la realidad contra la que luchaban (dialectos locales, ningún sentido de unidad de lengua y de identidad común, influencia del francés en una sociedad bilingüe, lealtad a la variedad local de la lengua francesa y a Francia, status de “segunda” lengua y no “principal”, actividades tradicionales, etc.).
                Lafont escribió (1971: 58): “una lengua no es más que la forma hablada de una situación sociológica. El renacimiento o no del occitano está ligado al deseo de la sociedad de Occitana de presentarse a sí misma como que existe como tal”. La situación sociológica jamás fue y jamás llegó a ser favorable a la existencia de esta lengua: la sociedad de Occitania jamás existió ni fue realidad, y por tanto, el renacimiento (o más bien el nacimiento) del occitano jamás tuvo lugar (excepto como una lengua unificada virtual que los intelectuales consideran divorciada de la realidad). Y estudios bastante recientes han demostrado finalmente que ni siquiera las características puramente lingüísticas no pueden demostrar la existencia del occitano, porque las variedades romances que se supone que constituyen esta única lengua solamente tienen una característica específica en común (la evolución de la –tr/dr del latín al –ir, como en pater > paire). En consecuencia, “el occitano no nació jamás” (Chambon y Greub 2002: 491).
                Por esta razón, y también porque aparece más y más divorciado de la evolución de las situaciones sociolingüísticas, debe evitarse absolutamente una política lingüística inspirada en el occitanismo en lo que al provenzal y a las otras verdaderas lenguas de Oc se refiere.
                Tratemos ahora de ver por qué los catalanistas insisten tanto en anexarse el valenciano y, principalmente, cuál es la mejor política lingüística (i. e. la mejor adaptada a la situación) que satisfaga la demanda de los valencianos de su propia lengua, junto con las lenguas de las demás personas que viven en la Comunidad, junto con el castellano y otras lenguas internacionales, porque el multilingualismo y la comprensión mutua son las claves del futuro.
                Esta política debería tener lugar dentro de un marco democrático y científico sólido, con el espíritu de un humanismo eficiente.

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[1]  La mayor parte de lo que sigue está tomado de un libro próximo a publicarse La Sociolinguística de la Francia “Occitana” del sur, revisitada.
[2]  Todas las citas han sido traducidas por Ph. Blanchet con la ayuda de H. Schiffman de la Universidad de Pennsylvania.
[3]  A excepción de investigaciones individuales como la de L. J. Calvet en París, el otro único centro estaba en la Universidad de Rouen, en el norte de Francia.
[4]  En Francés, “langue Occitane”.
[5]  El propio F. Mistral, observando los primeros pasos hacia el occitanismo, escribió en 1905:”Estieu y Perbosc acaban de caer del lado por el que tenían que caer: se han convertido en catalanes dentro de la “Occitania” que sigue a “Mont-Segur” [una batalla medievan en la que católicos y franceses mataron a muchos albigenses del condado de Toulouse] (Barthès 1987: 336). En 1913, al descubrir Estieu los primeros textos redactados en una especie de ortografía occitana, escribió “su ortografía arcaica hace que toda su lengua sea también arcaica” (Mauron 1993: 327).