viernes, 30 de diciembre de 2016

OJEADA A LA PREHISTORIA LINGÜÍSTICA DE VALENCIA



Por: Manuel Mourelle de Lema

Sobre la etnia indígena de Valencia se fueron sedimentando in­flujos culturales y aun raciales provenientes del exterior: unos pro­cedentes de la cuenca mediterránea y otros de lo que hoy llamamos Europa. Ellos iban a dar origen paulatinamente a mutaciones cultu­rales que motivarán, a partir del siglo V a. de C., lo que sería la cul­tura ibérica. Hubo asentamientos ibéricos en lugares donde no habían existido indicios de ocupación anterior, junto a otros en que lo ibérico pudo descansar sobre otro anterior del Bronce o, incluso, sobre una ocupación foránea (fenicia, helénica, púnica o aun etrus­ca). La presencia de gentes extrañas en estas tierras no iba a com­portar que los modos de vida indígena se transformaran desde el momento de su llegada. Lo mismo cabría decir respecto de los pue­blos invasores de procedencia europea, aunque su influjo fue más reducido. Tan sólo después, como señaló Domingo Fletcher, de un contacto largo e intenso con todas estas gentes extrañas van a sur­gir nuevas maneras de vida que darán origen a lo que la ciencia ac­tual llama "cultura ibérica", que ya he mencionado.

Problema arduo es el de determinar la aportación léxica del ibé­rico al romance posterior, debido, esencialmente, a la imposibilidad de traducción de textos en alfabeto oriental o levantino. Desde luego no son ibéricos vocablos que aparecen en manuales históricos al uso y sí otros que no están citados en tales libros, aunque siempre con las reservas pertinentes en la investigación.

Una invasión más, e importante para la creación del romance va­lenciano, la constituyó la romana. En tierras valencianas el dominio de Roma fue temprano, así como rápido e intenso. Aquí no se ofreció gran resistencia, salvo en las ciudades del interior, y esto no supuso una ulterior penetración intensa de elementos romanizadores pro­cedentes de la metrópoli. Esto hizo que en Valencia la romanización comportara tipos antiguos en el léxico, uniformidad de los mismos y una menor conexión con la evolución lingüística de la metrópoli u otras provincias del Imperio, de acuerdo con el criterio latinista de que hay que distinguir entre romanización más o menos temprana, que puede determinar la existencia o no de tipos antiguos en el léxi­co: mas o menos rápida, de lo que depende, en cierto modo, la uniformidad o variedad de tipos léxicos: más o menos persistente, lo que condiciona la mayor o menor conexion con la evolución lingüística de la metrópoli o de otras provincias: más o menos culta, lo que pro­ducía, respectivamente, una menor o mayor permeabilidad a la pe­netración de innovaciones léxicas. especialmente de procedencia vulgar (Mariner).

La producción literaria. durante el dominio visigodo (que afectó en poca medida a Valencia). se redujo a dos focos de actividad, con anterioridad al movimiento isidoriano: a la escuela monástica le­vantina y al reino suevo del Noroeste. En la escuela monástica de Valencia se formaron el célebre Justo de Urgell y sus hermanos, cua­tro de los cuales llegarían a ser escritores y a alcanzar el orden epis­copal. Del obispo Justo, primer cornentarista del Cantar de los Can­tares bíblico y que pasó a la historia especialmente por la cuestión adopcionista, han llegado hasta nosotros alg,unas obras -cartas, un sermón sobre San Vicente y una In Canticum Conticorunz expli­catio mystica-. A Justiniano de Valencia, hermano del anterior, se le ha atribuido algún escrito literario: y autor de una Epistola de districtione monaehorum, escrita a mediados del siglo IX, fue Eutro­pio, obispo de Valencia. Del mismo centro monastico parecen proce­der Severo de Málaga, polemista, y el obispo Liciniano de Cartage­na, del que se conservan tres cartas.

Al ámbito levantino pertenecen algunas de las escasas muestras de versificación en el siglo VI, en forma de epitafios.

Fenómeno cultural que caracteriza y llena el siglo VII en el rena­cimiento isidoriano, que sirvió de puente entre la Antigüedad y la Edad Media. Este período coincidió con el despuntar del protorro­mance, aun cuando de esto no existan fuentes directas o contempo­ráneas, sino posteriores e indirectas, que estarían representadas por testimonios mozárabes, perpetuadores de un estado de lengua, casi fosilizado, anterior a ellos. Protorromance que sería práctica­mente el mismo en todo lo que hoy es España.

Heredera y conservadora, pues, de los nodos de decir de la época gótica fue el habla de los hispano-cristianos que permanecían en la España musulmana. A través de ella se puede observar que la len­gua coloquial latina de la época isidoriana estaba alcanzando una fase evolutiva propia. Composiciones poéticas en protorromance de­bían correr de boca en boca en tiempos de San Isidoro (560-636) en forma de cantos populares. Ya a comienzos del siglo VII el filósofo espiritualista Liciniano de Cartagena se indignaba contra las li­viandades de tales cantos cuando escribía: "Más le valiera al hom­hre cultivar su huerto, emprender algún viaje, y a la mujer hilar la tela y no bailar, no... clamorear con cánticos provocativos a la lasci­via. No cabe duda que tales cantos populares debían de emplear co­mo medio de expresión el incipiente romance, siendo ilógico pensar que "remeros" incultos cantaran sus tonadillas en la bella lengua de Virgilio. Era el lenguaje rústico de que hablaba San Braulio de Za­ragoza, discípulo de San Isidoro, cuando retrató a éste, al morir. La invasión musulmana del año 711 rompió la estructura políti­ca de la España visigoda, pero no cambió inmediatamente el orden cultural. Sólo el paso del tiempo fue modificando las condiciones y, por ende, los resultados de la vida literaria. Se cree que la latinidad hispana fue notoriamente conservadora en cuanto a la lengua. Durante el primer siglo de la dominación musulmana -el VIII­- tuvo lugar una enorme emigración de hispanos allende los Pirineos, en busca de una mayor seguridad. Esta huida sería mayor en las tierras hoy conocidas como de Cataluña, donde, poco después, tiene lugar la contraofensiva franca, en el intento de salvar esta zona de la dominación muslime. La despoblación de estas tierras a causa de la expulsión de los mahometanos, en tiempos de Pipino el Breve, planteó la cuestión de la colonización, cuya solución se produjo gra­dualmente mediante el sucesivo establecimiento de cristianos his­panos, aquellos que habían escapado de la arremetida árabe. Pero, hasta la época de Borrell II, en los últimos años del siglo X, coinci­diendo con el inicio de la dinastía de los Capetos, no se iba a dar de­finitivamente la emancipación, de la hoy Cataluña, de la soberanía franca. Los datos anteriores nos dan que pensar en lo difícil que resulta sostener la existencia de un romance que pudiera denominarse ca­talán; antes, al contrario, cabría pensar en un romance influenciado esencialmente por las hablas de más allá de los Pirineos, las conoci­das como occitanas o provenzales. A lo que habría que añadir, su­brayándolo, que, según todas las teorías al uso, el nombre territorial de Cataluña y el apelativo catalán no existían hasta el siglo XII. Tampoco pudo existir, evidentemente, una designación específica para una lengua que, como tal, no existía aún. Mas otro era el discurrir de la lengua del Reino de Valencia. Aquí se hablaba aquella cuarta lengua de las tierras de moros: el roman­ce (las otras eran el árabe clásico, el árabe vulgar y el latín). Este romance era empleado como lengua familiar no sólo por los cristianos que vivían bajo el dominio moro, sino por los españoles musulmanes y aún por los nobles que se preciaban de pertenecer a la raza árabe. Es más: hay constancia de haberse hablado en el mismo palacio cali­fal de Córdoba y en las cortes de moros de Valencia. A partir de mediados del siglo IX revive la tradición cultural visi­goda, como reacción de los mozárabes contra la represión musulma­na, en tanto que los hispanos libres iban cayendo progresivamente en la órbita de los influjos ultrapirenaicos derivados del Renaci­miento carolingio, transmitidos por el conducto de las reformas mo­násticas. Por otra parte, cuando parecía que el hebreo iba a quedar defini­tivamente muerto (pues, tras la cautividad en Babilonia, sólo se es­tudiaba como lengua sagrada por los masoretas y los escribas), aquí, en Sefarad, tuvo lugar su renacimiento. En la corte de Banu Razín, señores de Castellón y norte de Valencia, se encontraban dignata­rios judíos como Abu Bark ibn Sadray, mientras que en la de Denia había médicos y astrónomos también hebreos. De la aceptación que tuvieron estos colectivos judío-españoles en las cortes de los régulos de Taifas nos da idea la abundancia de escritos literarios conserva­dos en forma de loas, panegíricos, elegías, sátiras, etc., pero espe­cialmente su rica producción de poesías, en las que se describe, con técnica muy cuidada, el amor, la amistad, la belleza del campo, los jardines, el embeleso de la primavera, los placeres de los convites y el vino. En el siglo IX iba a producirse un importante fenómeno de antro­pología cultural: la ósmosis de las etnias del Al-Andalus (hispanos y musulmanes). Esto iba a tener como resultado un mosaico abigarra­do que constituiría la cultura andalusí, de características singula­res dentro del mundo islámico. A finales del siglo un poeta (para unos de nombre incierto y para otros llamado Mucaddam ben Mua­fa), natural de Cabra (Córdoba), inventa la moaxaja, que sería re­ceptáculo de unas cancioncillas "al estilo de los cristianos", es decir, en balbuciente romance. Si el X fue un "siglo de hierro" tanto en la historia europea como en la hispánica, es decir, centuria oscura y de tránsito, no ocurría así con el XI, puesto que durante esta centuria la cultura islámica del Sur peninsular era muy superior a la del Norte. En el mapa de la España de este siglo, en los años anteriores a la llegada de los almo­hades, Valencia participaba de aquella cultura, por cuanto estaba integrada en el Emirato Omeya de Córdoba. ras la muerte de Al Manzur (Almanzor) en 1002 y la caída del califato omeya en 1031, sucedió una época de pequeños estados o reinos de taifas. Por estas cortes se extiende, de nuevo, la influencia de Bagdad ("Bagdad se refleja en microscópicas Bagdades", se ha di­cho). Entonces, por todas partes, se cultiva la poesía no latina, espe­cialmente en Valencia y Andalucía. En Valencia, en el período almorávide, florecieron dos grandes poetas: Ibn Jafacha de Alcira y su sobrino Ibn al-Zaqqas. Jafacha, muerto en 1136, alejado de la corte califal y refugiado en sus lares levantinos, destacó especialmente en poesía floral o jardinera, lo que la valió el apodo de "el jardinero". Con él culmina la poesía de este carácter y el proceso de "humanización" de los jardines. Este es un fragmento de una de sus composiciones:

"Ráfagas de perfume atraviesan el jardín abierto al rocío, cuyos costados son el circo donde corre el viento...
Yo enamoro este jardín donde la margarita es la sonrisa, la muerte, los bucles, y la violeta, el lunar".

Jafacha fue, para Emilio García Gómez, algo similar a lo que fue Góngora en las letras españolas en la Edad Moderna.

En el período de los almohades (1146-1269) las letras florecieron también. En Valencia descuella entonces la poesía descriptiva, tan característica de sus poetas y que persiste brillantemente con al-­Rusafi de Valencia (muerto en 1177), quien canta a su tierra con me­lancolía.

En Valencia, además, hacia la mitad del siglo XII, va a tener gran auge la historia: de este época es el historiador Ibn al-Abbar de Valencia, muerto en 1260, autor de la colección biográfica "La túnica recamada" (Al-Hulla al-siyara), centrada en los grandes personajes que sobresalieron en poesía.


Todo lo dicho hasta aquí da idea de la importancia que en Valen­cia tenía la cultura en todos los campos. Es de presuponer que tam­bién el cuidado de su romance, porque, evidentemente, no se apagó la cultura precedente, la hispano-latino-goda.