lunes, 16 de mayo de 2016

LAS CLAVES LÉXICAS

                                                                                               

Mariano Arnal
Fecha: jueves, 11 de diciembre de 2003 17:28

      ¿QUIÉN QUIERE SOLTAR A LEVIATÁN?

      NACIÓN, nacionalidad, nacionalismo, del latín nascere (castellano antiguo nacer), se refiere siempre a un grupo de personas unidas por lazos de nacimiento, siendo totalmente relativa y elástica la extensión de esa relación. Así se consideran una nación los nacidos en un mismo territorio o en una misma lengua o en una misma cultura... Lo determinante pues, no es el hecho de haber nacido en uno u otro grupo, sino la voluntad de ser y de vivir como tal conjunto de nacidos, es decir como nación. 

      Negar que España es un estado plurinacional es negar la evidencia. Todos los estados del mundo (no conozco ni una sola excepción) son plurinacionales, porque las historias particulares de cada estado y la historia universal del conjunto de todos ellos, se han empeñado y siguen empeñadas todavía con mayor fuerza, en mezclar pueblos y naciones. 

      Este fenómeno de la plurinacionalidad se da no sólo en el conjunto de un estado, sino también en los pueblos y territorios que lo forman; porque en ellos se produce, a escala más reducida, la mezcla de pueblos y naciones debido a que ha sido imposible prohibir la mezcolanza o mestizaje resultante de las libertades de copulación y de nacimiento. 

      Esto es así porque, aparte conquistas y repoblaciones, en muchas regiones el crecimiento económico es mucho mayor que el crecimiento demográfico, por lo que los naturales del lugar (es decir los nacidos allí, los que forman la nación primigenia) se ven obligados a importar gente de otros pueblos, de otras naciones (o nacionalidades), que forman núcleos nuevos de población con una cultura propia que o bien se agrega a la preexixtente (ya sea yuxtaponiéndose, ya sea absorbiendo a la autóctona, ya sea siendo absorbido por ella), o bien se mantiene diferenciada y separada. 

      El hecho evidente e innegable es que tanto los estados en su conjunto (que gustan denominarse naciones), como los pueblos y naciones que lo forman (que reivindican para sí, especialmente si son los autóctonos), la denominación de naciones como propia y exclusiva, SON PLURINACIONALES. 

      Esto en cuanto a la cuestión de hecho. Pero pasando a la cuestión del derecho (rectitud es su traducción más inteligible), es decir pasando a juzgar la bondad o maldad, las ventajas o desventajas de tal situación, es inevitable decir de la PLURINACIONALIDAD de los estados, de los territorios y de los pueblos, lo mismo que se predica de la DEMOCRACIA, a saber: que no siendo un sistema rigurosamente justo y perfecto (que esas virtudes son patrimonio exclusivo de los regímenes teocráticos, a decir de sus respectivos ayatolas), es el menos injusto y el que ofrece a los ciudadanos una mejor salvaguarda contra abusos y atropellos. 

      Eso objetivamente, es decir haciendo la síntesis de todas las valoraciones subjetivas. 

      Porque es evidente que en un todo cuya posesión o dominio está compartido, cada uno de los que comparten ese dominio (sea empresarial, sea económico, religioso o político), preferiría tener él el MONOPOLIO, es decir gozar él solo del dominio exclusivo. 

      Pero es justamente la confluencia de intereses encontrados lo que obliga finalmente, para no quemarse en enfrentamientos constantes, a formar una sociedad plural con unos órganos de dominio plurales, participados por todos los componentes de la sociedad. 

      Esta aceptación, esta asunción de los antagonismos domesticados y de los intereses contrapuestos mediante la doctrina política de la pluralidad, que se perfecciona con los mecanismos de la alternancia, formando parte de los mismos cimientos de la sociedad, es lo que mayormente caracteriza a los estados modernos. La PLURALIDAD es el paradigma de la MODERNIDAD. Es la forma moderna de tener bien atado al pequeño Leviatán que lleva cada uno en su cuerpo, siempre dispuesto a reabrir los conflictos entre etnias, pueblos y naciones. 

      En un estado moderno, formado por varias NACIONES (pueblos de diferente procedencia y cultura), es un contrasentido, es un retroceso a la prehistoria de la modernidad, que una de esas naciones se empeñe en reducir todo el estado a UNIDAD NACIONAL. Que se empeñe en separar las tribus que formaron antaño la cívitas (en Grecia, la polis). Que se empecine en romper la SOCIEDAD DE NACIONES que es en ese momento el estado o el territorio en su conjunto, para convertirlo en UNA SOLA NACIÓN (recordemos el arcaico UNA, GRANDE, LIBRE y el más arcaico todavía SOM UNA NACIÓ sobre el que los nacionalistas catalanes quieren construir su futuro). Es de lo más retrógrado e impropio de un estado moderno o de un proyecto de estado que pretende dar lecciones de progreso y de modernidad, empeñarse en reducir, absorber, disolver, reconvertir, normalizar o limpiar a las demás naciones que forman parte de ese estado o territorio, imponiendo su hegemonía formativa, informativa, lingüística, cultural y política; con la tentación irrefrenable de elevar a étnica (de vuelta a los lazos genéticos y de sangre) esa hegemonía, como se intentó ya de forma sangrienta a lo largo de todo el siglo XX. Vistos tantos y tan tozudos precedentes, es de temer justamente que no les espere una vida nada halagüeña a las naciones condenadas a la absorción, reconversión, limpieza o normalización; sobre todo si tienen la osadía de amar su lengua, su cultura y su afinidad con los que más se les parecen, y encima pretenden que se les reconozca el derecho a cultivarse en su lengua y en su cultura. Y no digamos nada si se les vuelve la tortilla del revés: riesgo del que nunca estarán a salvo por más que repriman, reconviertan, inmerjan, sumerjan, asfixien, limpien, busquen soluciones iniciales o finales, etc., etc., etc. 

      A partir de ese momento, las demás NACIONES que habitan en ese estado o en ese territorio, pasan a ser NACIONES A EXTINGUIR, y sus miembros deben ser reducidos a ciudadanos individuales (su simple consideración de colectivo es la peor herejía política; y la reivindicación de tal carácter, la más grave sedición) y según su grado de anormalidad nacional, deben someterse a diferentes grados de normalización nacional. En ese período de transición a la plena UNIDAD NACIONAL, las escuelas y demás ámbitos de formación, conformación y performación de conciencias, con la santa madre iglesia nacional a la cabeza (la iglesia siempre ha tenido debilidad por los nacionalismos y por los pueblos elegidos), con un papel capital para los medios de comunicación, se convierten en los grandes lavaderos nacionales, en los que no sólo mediante la inmersión y el agua, sino también mediante poderosos disolventes, detergentes y abrasivos, se lava a la población de su apego a los ídolos que se trajeron de otras naciones, y se les enseña a aborrecer el culto abominable al que siempre se sienten tentados. Se trata de superar las taras y anomalías que se trajeron de fuera esos ciudadanos y que impiden la UNIDAD NACIONAL que se expresa en una sola lengua, una sola cultura y un solo culto. Es una labor de normalización. Las clases particulares para renegados, cada uno en un aula, con un cuadro completo de profesores ayatolas para él solito, y la mochila cargada de piedras como castigo edificante por hablar en la lengua proscrita, fueron parte de la amorosa pedagogía de la normalización. 

      Las Comunidades Autónomas que persiguen el objetivo de convertirse en ESTADOS NACIONALISTAS INDEPENDIENTES, no incluyen en sus idearios ni en sus programas la PLURALIDAD (como la incluyen el estado español y la mayoría de estados europeos (Servia, la Gran Servia, es una chirriante excepción): de lo cual se infiere que no la consideran un bien, sino un mal del que quieren poner a salvo a sus súbditos. 

      Es evidente que los ESTADOS NACIONALES (entendiendo por tales los asentados sobre los cimientos del nacionalismo) que imponen la única legitimidad y hegemonía de UNA NACIÓN (es decir de un grupo humano, sea cultural, sea étnico) sobre los demás que viven en el mismo territorio, los ESTADOS NACIONALES, digo, al igual que los ESTADOS CONFESIONALES o los ESTADOS MESIÁNICOS y los ESTADOS DE PARTIDO ÚNICO, llamados también TOTALITARIOS, ofrecen menos garantías de libertad a los ciudadanos, sean éstos de la nacionalidad que sean, que los ESTADOS PLURINACIONALES. Es normal que los nacionalistas prefieran un TOTALITARISMO de su cuerda, en el que justo y sólo ellos estarían llamados a ser los dirigentes, los fetén, los amos del cotarro, en el que admitirían como botones de muestra a un puñado de godos para tapar la boca a los que desde el exterior les exigen pluralidad. 

      Estando así las cosas, es lo más natural del mundo que los ciudadanos de las Comunidades Autónomas de marcado signo nacionalista que todavía no han experimentado los efectos normalizadores del lavado de inmersión profunda en disolventes, detergentes y abrasivos, es decir que aún no se han convertido al nacionalismo, prefieran seguir formando parte del ESTADO ESPAÑOL (pluri-nacional), que de un FUTURO ESTADO NACIONALISTA (entre cuyos Principios Fundamentales está el de la sagrada e indisoluble UNIDAD NACIONAL, y con ella la "Unidad de Destino en lo Universal", como lo estuvo entre los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional-sindicalista del anterior régimen totalitario). 

      Una última reflexión: son muchos los que temen (a la vista de los procedimientos de sesgo innegablemente totalitarios que están empleando hic et nunc los gobiernos autonómicos nacionalistas, al crear su propio código de derechos nacionales a cuenta de los cuales atropellan sin contemplaciones los derechos humanos), que los métodos de limpieza (que de momento son exclusivamente de lavandería convencional) puedan derivar, para los pequeños núcleos residuales que se resistan al lavado, hacia métodos más expeditivos, profusamente ensayados por todos los ESTADOS NACIONALISTAS. Tendrán que llegar a la solución final, sea ésta la que sea, si quieren resolver definitivamente el problema. Consideremos malintencionada y aberrante esta hipótesis, y establezcamos la contraria: que algunas de las naciones oprimidaspor el nuevo Estado Nacionalista se alce en armas contra el opresor. Estaríamos en las mismas. Volveríamos a las andadas, pero cambiando de bando los protagonistas. 

      Justamente para evitar que ande suelto el Leviatán nacionalista, que tantos sufrimientos ha infligido a la humanidad en general y a Europa en particular, se han creado los ESTADOS PLURINACIONALES con igualdad de derechos y deberes para todas las naciones que viven en el territorio nacional. Precisamente para conjurar esos problemas, para acabar con el ESTADO NACIONALISTA (que privilegiaba a una nación sobre las demás que vivían en el territorio nacional) fundado por Franco, se dio España una Constitución tan abierta, una CONSTITUCIÓN PLURINACIONAL integrada e integradora. 

      ¿Qué sentido tiene pues, sino la simple ambición de poder (de pre-dominio de unos habitantes determinados, los privi-legiados, sobre el resto de habitantes del mismo territorio), el empeño de los partidos nacionalistas en reformar la Constitución para volver a las andadas y convertir las respectivas Comunidades Autónomas en ESTADOS NACIONALISTAS, borrando de sus respectivos mapas las demás naciones que, Constitución en mano tienen ahora los mismos derechos y deberes que la nación autóctona que pretende erigirse en hegemónica en el que reivindica como territorio exclusivamente suyo? 

      Y no olvidemos añadir las ansias imperialistas (claramente explicitadas en los libros de texto y en los mapas de cualquier clase que se editan en esas comunidades) que nos pueden ocasionar más de un sobresalto, como claramente nos lo ejemplifican los ESTADOS NACIONALISTAS recién nacidos en Europa. En el referéndum que reclaman los nacionalistas para decidir la independencia, además de preguntar a las demás naciones que viven en el territorio de Euskadi o Cataluña si quieren renunciar definitivamente a su nacionalidad, a su lengua, a su cultura, a sus señas de identidad para convertirse en "UNA SOLA NACIÓN", ¿exigirán que voten también los habitantes de los territorios que tienen previsto anexionarse hasta completar la Gran Euskadi o la Gran Cataluña? 

      Y finalmente, ahí va la pregunta del millón: ¿cuánto falta para que los nacionalistas tanto catalanes como vascos cuestionen el derecho de voto de los que por no reunir las condiciones nacionalistas, entre ellas la de aceptar plenamente la conversión y la entrega en cuerpo y alma al nacionalismo? A esos enemigos de la nación, ¿tienen previsto contemplarlos y tratarlos como tales en las respectivas Constituciones y en las leyes, reglamentos y circulares que de ellas dimanen?