domingo, 20 de septiembre de 2015

LA CIENTÍFICA CATALANITZACIÓ DE CARLOS ROS



Por Ricardo García Moya
Las Provincias 27 de Mayo de 1.997

A don Martí de Riquer le sobraban méritos para recibir el Premio Príncipe de Asturias 1997. Personaje carismático, ha sido faro directriz de la normalització universitaria y, como autoridad en lengua catalana, sus investigaciones blindaron el escudo cíentifico de los unificadores idiomáticos. La "Historia de la literatura catalena" es su obra más ambiciosa y útil, pues rellena los desolados anaqueles literarios del condado con poetas y prosistas valencianos, justificando este traslado con intuiciones sobre lo que pensaban y sentían nuestros escritores de antaño: "Carlos Ros con- sagró su vida al enaltecimiento y a la restauración de la lengua catalana" (Hist. lit. catalana, t.V,  p. 233). Hay que reconocer que un valenciano  defensor de la lengua catalana en el XVIII sería  un  comodín  para  la normalització, pero...
En realidad Carlos Ros jamás desperdició gotas de tinta en alabar la lengua catalana, a no ser que don Martí  considere laudatoria esta sarta de adjetivos: "la lengua catalana es malsonante, grosera, isleña y montaraz” (Ros:  Epítome, 1734, p.19). Quizá no captemos el juego retórico del notario  dieciochesco,  pero tildar de grosera a una lengua equivalía a considerarla basta, ordinaria y sin arte, según el diccionario de la Real Academia de la cual es miembro don Martí. También sorprende que llamarla malsonente, isleña y montaraz sea enaltecerla, por mucha polisemia  que  rebusquemos en acepciones, derivados y raices.
Carlos Ros ocupó su vida defendiendo la  lengua valenciana, que le parecía "graciosa, breve, dulce, suave, primorosa, gentil. gallarda, elegante, compendiosa, pura, aguda, emphatica, sentenciosa, sua-ve, eloquente" (Ros, Epítome, 1734). Por el contrario, proclamó una animosidad insultante hacia "la lengua catalana, que los valencianos llamamos margall" (Epítome, p.19). El margall o comino castellano es la mala hierba que crece entre gramíneas. Usado en metáforas despectivas, "me importa un comino", equivalía a cosa insignificante de ningún valor. La inversa interpretación que don Marti realiza del ideario filológico de Carlos Ros es  homóloga a la su- rrealista transcripción de sus textos; así, cuando en el original de Ros leemos "fas yo dos coses", don Martí lo convierte en "faç jo dues coses", (Hist. lit. catalana p. 234).
Si Carlos Ros escribe sin apóstrofo, don Martí lo añade. Si une enclíticos en formas verbales  (acreditarme, donarlos), don Martí los separa (acreditar-me, donar-los). Don Martí modifica acentos y altera clásicas preposiciones valencianas; la conjunción copulativa y la convierte en i, deforma consonantes geminadas con el guioncito Fabriano;  y  todo ello para camuflar que el léxico y ortografía de Ros se acerca al valenciano moderno. EI Tratat de adages y refrans (no Tractat d'adages i refrans, como escribe Riquer) lo dedica a la Virgen dels Desamparats  (no Desemparats) y emplea terminaciones verbales correctas, imprimix y consistix (no imprimeix i consisteix). Carlos Ros no podría ser presentador de Canal 9 o funcìonario, pues situaba la preposición en delante de topónimos: "En Valencia, en Alboraya". EI Institut d'Estudis Catalans prohibió su uso y los inmersores lo acatan en sus textos (Gramática, Bromera 1996, p. 205). El "Imprés en Valencia" de Ros lo transforman en "a  València".
Ros  escribía  "tancat en clau" (no amb clau); Lo lladre te perea (no El lladre te peresa), llinage  (no cognom), boljaques (no butxacas), trobadura (no troballa),  homens y jovens (no homes  i  joves),  dumenge (no diumenge)  y,  por  supuesto: grandea, bellea, vellea, fortalea, altea, etc. Otro pecado lingüístico de Ros fue mantener el clásico artículo LO, que por obedìencia al Institut d'Estudis Catalans jamás pronuncian los inmersores de Canal 9.  En las obras de Ros encontramos: Lo modo, lo diable, lo fill, lo Rat Penat, lo passat, lo breu, lo llaurador, lo ferro, lo molt, lo bobo, lo sabi, lo roig; y podríamos dormir al sufrido lector con centenares de citas semejantes. Otro detalle a resaltar es que sabía  distinguir entre fermar escritos y signar con su signo de notario.
De vivir en 1997, Carlos Ros se reiría de los vocablos censurados por los catalanes, pues ninguneaba la opinión de los usuarios del montaraz idioma vecino. El, por ejemplo, no rechazaría maestría, aunque el Diccionari de barbarismes de Isabel  Gimeno  (Barcelona, 1987) lo prohíba y ordene usar mestría o mestratge. En la conocida carta que Fray Luis Galiana remitió a Carlos  Ros,  reproduce  un escrito valenciano de 1418 en el que encontramos hasta tres veces la palabra maestría. Era un vocablo clásico utilizado por nuestro Ausias March: "sens  practicar maestria". Equivalía a "destrea y pericia, qualitat propia del mestre".
Volviendo al tema: Cientificismo  existía hasta an la gasificación de hebreos, y cientificismo hay en la manipulación que supone presentar a Carlos Ros -lingüista valenciano que consideraba  grosera,  isleña  y montaraz a la lengua catalana- como una especie de Pilar Rahola del siglo XVIII. Lo grave es que el autor del enredo es un académico y que la Universidad, el Constitucional y el Congreso se apoyan en estos rasputines idiomáticos para perpetrar desmanes expansionistas.