lunes, 20 de julio de 2015

LA ARDUA EXÉGESIS DEL PARE MULET



Ricardo García Moya
Diario de Valencia 27 de Marzo de 2001

Poco a poco, los investigadores alumbran la obra y figura del va­lenciano fray Francisco Mulet (San Mateo, a.1624). Desde el XVII, diletantes y estudiosos ad­miraron sus picantes versos es­parcidos por múltiples copias ma­nuscritas; en la Biblioteca Nacio­nal de Madrid, por ejemplo, hay una de texto en valenciano y fra­casada traducción al castellano. El intérprete dejó en blanco el equivalente a los sustantivos ve­getales “alfals” (en catalán, user­da), “morritort” (catalán murris­sá), “rabaniçia” (catalán rafanis­tre ), o “llicsó” (catalán lletsó ); y transformó frases que no entendía, “gats en chiner” (f.2), en ab­surdos como “gatos en guinea” (f.2). El apichat suponía un dis­tanciamiento del castellano y catalán.
Hoy, disponemos de ensayos ri­gurosos sobre Mulet, como los de Ricardo Bellveser, actual director de la institución Alfons el Magná­nim. En su obra El Pare Mulet. Un enigma desvelado (Ed. Alfons el Magnánim, 1989) nos introdu­ce en el mundo lingüístico de Mulet con apoyo del Diccionari Etimológic de la llengua catalana, el Dicc. de la llengua catalana de Alcóver, el Dicc. de la llengua ca­talana de Miracle y la Gran Enci­clopedia Catalana. Con este ase­soramiento filológico -sin conce­sión al blaverismo infecto-, y las observaciones de Joan Fuster, expurga la lengua barroca de Mu­let. El mismo Bellveser lo recuer­da emocionado: “Agradecimien­tos. A Joan Fuster que me alentó a llevar a cabo este trabajo y por sus acertadas observaciones. Esta edición se debe a su impulso y gestión”.
Con el aliento de Fuster en el cogote, Bellveser atiza martilla­zos al “apitxat” (sic) que asoma insolente entre versos lujuriosos de “gargalls y figues”. A todo vo­cablo que vuela entre metáforas calentorras, el expurgador le dis­para perdigonazos normalizado­res. Así, en el verso “fill de puta, sort, cego, bavós y mut” (p.166), denuncia el grave error ortográ­fico de “sort” contra el ortodoxo “sord”, impuesto por el IEC. El inconveniente es que, en idioma valenciano, los escritores es­cribían y escriben “sort”, con t, desde los clásicos hasta los actua­les (exceptuando normalitzats y sumisos). Por cierto, el implaca­ble censor se arma con el apichat un lío: “en la pronunciación va­lenciana, la d tiene en ocasiones una articulación sonora, como la t” (p.166) ¡Ejem! La t, hasta aho­ra, creíamos que era sorda.
Generoso, el crítico regala vo­ces, “gafes es palabra catalana” (p.173), olvidando que también era valenciana y castellana (el de­rivado “agafar”, inexistente en los siglos XIII y XIV es usado por el burgalés Villegas en 1515. El vul­garismo “agafar” lo sustituían por “pendre” los clásicos valencia­nos). Blindado con diccionarios catalanes, Bellveser ataca a Mulet por escribir “coche” en lugar del culto “cotxe”. Hay que aclarar que Jaime I no vino en coche, y que esta voz aparece en las len­guas peninsulares en el XVI. En idioma valenciano llevaba la pala­tal africada sorda ch, según testi­fica el latinista Pou: “coche chic” (a.1575), y la lengua oficial de la Generalitat: “ni eixir coches per la porta” (ARV Actes, a.1678. Sg.3221). El derivado también muestra la correcta grafía, según la prosa notarial de Exulve, “co­chero: auriga” (Praeclarae artis, 1643), o en Pou: “cochero de qua­tre cavalls” (a.1575). Los idiomas cultos europeos incorporaron ha­cia el 1550 esta voz: alemán “kutsche”, italiano “cocchio”; va­lenciano, francés y castellano “co­che”. En el condado, posterior­mente, crearon cursilerías mor­fológicas como “cotxo” y “cotxe”.
Hay pequeños lapsus en el lúci­do ensayo de Bellveser, como afirmar que Mulet “ dudaba entre en/ab/amb” (p152). No, Mulet jamás dudó respecto a la preposi­ción amb, inexistente en los escritores nacidos en el Reino de Valencia. El pingajo gramatical sí pulula en los mil ensayos catala­neros subvencionados por insti­tuciones como la “Alfons el Magnánim”. En fin, es un error disculpable, pues Bellveser sufrió lo indecible al expurgar la mor­fosintaxis del dominico. El propio ensayista declara su desespera­ción en estos términos: “Uso el apóstrofe (sic) para indicar elisión de voces ...uso el apóstrofe (sic) para separar enclíticos”(p 138). Igual método usó en el “Tratat de pet” de Mulet: “apóstrofe para in­dicar elisión de vocales” (p.25).
El apóstrofe, según el DRAE, es: “cortar de pronto el hilo del discurso o la narración, ya para dirigir la palabra con vehemencia en segunda persona a una o va­rias presentes o ausentes, vivas o muertas”. El profesor Bellveser no reproduce la imprecación o apóstrofe que en tono solemne y grave, supongo, espetó al espíritu del dominico. En fin, otros filólo­gos menos vehementes no usan el dicterio o apóstrofe para elidir vocales o separar enclíticos, sino el vulgar signo ortográfico llama­do apóstrofo. Descifrar el corrup­to léxico de Mulet es difícil, inclu­so para expertos como el profesor Bellveser. El fraile empleaba pala­bras tan raras como “taranyina”, ¿qué diablos significaba? Eso es lo que se pregunta el doctor Bell­veser: “Taranyina. No he logrado descifrar esta palabra. Aparece en los tres manuscritos” (p.257). Los habitantes de la ciénaga blavera sabemos que equivale al castella­no telaraña (tela + aranyina, te­ranyina, taranyina), pero el en­sayista Bellveser no pertenece a este submundo y no podía adivi­nar el significado de “taranyina”, al figurar en diccionarios prohibi­dos como los de la Real Academia Valenciana.
Quizá, inspirado por su admi­rado Fuster, Bellveser juzgó cas­tellana la grafia “borracho” (p.197). No es tan sencillo, pues según Corominas: “el catalán to­maría verosímilmente el vocablo del mozárabe valenciano directa­mente” (DCECH). Los latinistas como Pou, antes que Mulet, nor­malizaron tal morfología: “lo qui está borracho” (a. 1575); “pren­gueren al borracho”(Porcar: Co­ses, 1617); manteniéndose en los derivados, como vemos en texto ilicitano anterior a la inmersión: “un instant de borrachera” (Lo­rente, Lluis: Ramona, Elig, any 1887, p.l9)
Entre los enigmas que el profe­sor Bellveser ha resuelto destaca uno referente a la genética mole­cular. Su fino olfato le llevó al “Tratat del pet” de Mulet, y don­de todos hubieran traducido “che­mech” por gemido, el profesor descubrió que: “chamech quiere decir gámet, la célula reproduc­tora” (p.51) ¡Uy,uy,uy! ¡Un domi­nico valenciano experto en célu­las reproductoras y zigotos en 1660! La gloria de descubrir estos enigmas la comparte Bellveser con Fuster, Oleza y Joseph Lluis Sirera. Con tan buenos pejes idio­máticos, ¿quién mejor que RB para dirigir la valencianización de la “Alfons el Magnánim”?