domingo, 18 de mayo de 2014

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (VII)


D. Vicente Boix
Valencia 1855

     D. Juan Bautista Muñoz, natural de Museros, pueblo inmediato a Valencia, estudió las matemáticas, filosofía y teología en esta escuela. Habíase ya introducido en su tiempo el gusto por la filosofía moderna: los teólogos empero, especialmente tomistas, la rechazaban como inaplicable a las ciencias eclesiásticas. Muñoz, pues, combatió muy felizmente esta preocupación, publicando una disertación escrita con tanta solidez como pureza. Trasladado a Madrid, principió a dar a luz algunos de sus trabajos literarios, mereciendo por ello el aprecio de los sabios. Pero lo que más contribuyó a fijar para siempre su crédito, fue el juicio que imprimió en Madrid en 1778 sobre el tratado de educación claustral que acababa de publicar el P. Pozzi. Había conseguido el autor sorprender al Consejo de Castilla hasta el punto de mandar que sirviera esta obra de modelo en los estudios de los regulares de España. Viendo el señor Muñoz comprometido el honor de la literatura nacional, trató de quitar la máscara a su autor, y presentarlo a la faz de la república literaria tal cual era. Esto lo consiguió publicando su Juicio crítico, obra que le honró sobremanera, y aseguró su crédito entre nacionales y estrangeros. La otra producción que a poderla concluir hubiera elevado a Muñoz al rango de los primeros escritores, fue su Historia del Nuevo-Mundo. Encargado de tan arduo cometido, recorrió con ímprobo trabajo casi todos los archivos de España, y esplotando con hábil crítica estos ricos mineros, recogió un caudal inmenso de materiales, que supo coordinar con la mayor inteligencia. Publicó el primer tomo, y cuando tenía ya muy adelantado el segundo, la muerte lo arrebató, y quedamos privados de una buena historia de América, que nos vindicara de las calumnias e inexactitudes de los estrangeros.
     D. Antonio José Cabanilles, natural de Valencia, estudió filosofía y teología en esta escuela, mereciendo las mejores distinciones de sus Catedráticos. Apenas concluidos sus estudios, ya dio muestras inequívocas de su aplicación y estudió en las oposiciones a las Cátedras de filosofía, admirando todos la soltura y profundidad de joven tan brillante. Nombrado Preceptor del Duque del Infantado, pasó a París, en donde se dedicó a la botánica en 1781, cuando contara treinta y seis años de edad. Rápidos fueron los progresos de Cabanilles en este ramo, pues en 1785 publicó la primera de sus disertaciones, que llenó de admiración a los sabios de la Francia. S. M. le nombró Dignidad de Sevilla, y Director del Real Jardín Botánico. Las academias y sociedades científicas estrangeras le admitieron en su seno, prodigándole los mayores elogios. La república literaria perdió a este hombre inmortal en 1801; y en 1808 S. M. mandó se colocara su retrato en la clase de orden, como testimonio del aprecio real y europeo que había merecido. Las producciones de Cabanilles son conocidas en España y en el estrangero, y su muerte no podrá borrarse de la memoria de los sabios.
     Juan Andrés, natural de la villa de Planes, estudió las humanidades y filosofía en esta escuela, mostrando ya un talento estraordinario, y ofreciendo las más bellas esperanzas. Habiendo ingresado en la Compañía de Jesús, y trasladado a Italia en virtud de la espulsión, fue el asombro de los literatos italianos, que con tanto desprecio miraban entonces a los españoles. Desde luego le fueron abiertas las puertas de las academias científicas de aquel reino, y todos los sabios a porfía se disputaron su amistad y correspondencia epistolar. La sola obra del Origen y progresos de la literatura es un monumento donde permanecerá grabado con gloriosos caracteres el nombre de este sabio y de la nación a que perteneció. Una lectura inmensa, un ingenio profundo, una crítica sagaz, un gusto refinado, y una facilidad y pureza admirable de una lengua que no le era nativa; he aquí las dotes que se necesitaban para dar cima a tan colosal empresa, y que tan eminentemente distinguieron a Andrés.
     José Francisco Ortiz, natural de Ayelo de Malferit, estudió filosofía, jurisprudencia y teología en ésta, dando muestras de su gran disposición. Aficionado en estremo a las antigüedades, hizo un viage a Roma, con sólo el objeto de adquirir mayores conocimientos en la arqueología. Consultando allí con los más sabios anticuarios, y estudiando los monumentos más célebres, llegó a formarse un arqueólogo consumado. Al regresar a España se estableció en la Corte, dándose muy pronto a conocer por las obras que publicó. En 1813 S. M. le nombró Deán de la Colegial de Játiva, cuyo destino sirvió con la mayor exactitud y prudencia. Si sus escritos relativos a las antigüedades y arquitectura fueron muy celebrados, no tuvieron menor nombradía las traducciones del griego, las trajedias que compuso, y la historia de España que publicó, mostrándose un hombre eminente en todo género de literatura.
     D. Simón Rojas Clemente, natural de Titaguas en el reino de Valencia, estudió filosofía en esta escuela bajo la dirección del benemérito e ilustrado profesor D. Antonio Galiana, manifestando ya en los primeros años de sus estudios un ingenio singular, mereciendo obtener los grados de filosofía y de teología a título de sobresaliente. Desde niño se dispertó en Clemente una afición sin igual a las ciencias naturales, y con objeto de cultivarlas pasó a la Corte, en donde hizo oposición a la Cátedra de hebreo y de lógica en el Seminario de Nobles. Si bien no obtuvo las Cátedras, sin embargo desempeñó la enseñanza en calidad de sustituto, formando aventajados filósofos. Abiertos en 1800 y 1801 los cursos de botánica, mineralogía y química, se entrego a su estudio con tal tesón, que fue el asombro de discípulos y profesores por sus rápidos progresos. Intentó pasar al África con el célebre Badía (Alí-Bey); mas no pudiendo verificarlo, recorrió las ciudades de Andalucía, y pasó a Londres y París, procurando saciar en estas ciudades su sed inagotable de saber, asistiendo a las lecciones de historia natural, y visitando los Museos. Hombre inteligente y laborioso, prestó eminentes servicios a su nación, y con sus viages y escursiones engrandeció nuestros Museos, formando magníficas colecciones de mineralogía y botánica. La invasión del egército francés en1808 impidió a Clemente continuar sus espediciones científicas; empero en cambio se dedicó a escribir algunas memorias, que le honraron sobremanera. Todas las sociedades literarias de Europa le enviaron el diploma, y los sabios así nacionales como estrangeros se honraron con su amistad. Sus escritos han sido tan bien recibidos como elogiados, y en especialidad el que tituló Ensayo sobre las variedades de la vid, fue trasladado a casi todas las lenguas de Europa. La patria lo llamó al Congreso Nacional en 1821, desempeñando el cargo de Diputado con la mayor exactitud y entereza, correspondiendo cumplidamente a la confianza de los comitentes. Una muerte prematura arrebató a este insigne naturalista: su pérdida fue sentida de todos los sabios, que se prometieron grandes adelantos en las ciencias por medio de este talento privilegiado.
     D. Gabriel Ciscar, natural de Oliva, estudió filosofía en esta escuela, recibiendo en la misma el grado de Bachiller con todos los honores. Inclinado a las armas, se dedicó a la marina, siendo tan rápidos los progresos, que en el transcurso de diez años ascendió desde guardia hasta Teniente de navío y director del departamento de la Academia de Cartagena. Sus conocimientos matemáticos y náuticos fueron tan superiores, que se le confiaron las comisiones científicas de la mayor importancia. Las vicisitudes políticas de 1808 obligaron a Ciscar a sacrificarse por la felicidad de su patria. Nombrado individuo de la Junta Central, desempeñó con el mayor tino un encargo tan difícil en tan críticas circunstancias; y promovido a gefe de escuadra, se le encargó el gobierno militar de la plaza de Cartagena. Sirvió la plaza de Secretario del Despacho de Marina en 1810, mereciendo que en Octubre del mismo año se le nombrara individuo de la Regencia. Publicó varias obras de matemáticas y náutica, como también algunas poesías; y si bien las primeras revelan los profundos conocimientos de este ilustre marino, las segundas patentizan el fino gusto de tan distinguido poeta.


BIBLIOTECA.
     Faltábale todavía a esta Universidad para llegar al colmo de su grandeza una selecta biblioteca, donde los sublimes ingenios de que tan fecundo es el suelo valenciano, pudiesen beber los limpios raudales de la sabiduría. Llenóse, pues, tan grande vacío, no por el poder de algún príncipe, ni con el ausilio de públicos caudales, sino por la sin par liberalidad de uno de sus más predilectos hijos. El Ilmo. Sr. D. Francisco Pérez Bayer, tan célebre por sus escritos como por sus viages literarios, dio una relevante prueba del amor que a su patria y escuela profesaba. Poseía este ilustre sabio una esquisita colección de libros de varios idiomas, y de todo linage de literatura, adquiridos a costa de inmensos caudales y fatigas, y plúgole desprenderse de tan rica joya, y consagrarla a la pública instrucción, no después de su muerte, como muchos literatos lo hicieron, sino cuando en edad todavía lozana, tenía todos sus placeres en el estudio. Manifestó sus generosos deseos al Ayuntamiento, como patrono de la Universidad, y en 27 de Julio de 1785, con asistencia de todas las corporaciones civiles y eclesiástica de esta capital, y de un lucidísimo concurso, se inauguró la nueva biblioteca en medio de las más tiernas sensaciones. Constituido Pérez Bayer en el local al efecto destinado, colocó por su propia mano en un estante los seis grandes tomos de que consta la Biblia Políglota Complutense, para que sirviera de cimiento al edificio que consagraba a la literatura esta obra colosal, que tanto honra a la nación española. Entregó después una llave al Presidente del Ayuntamiento y otra al Rector de la escuela, en señal de la donación absoluta que de tan rico tesoro hacía. Componíase la Biblioteca Bayeriana de veinte mil volúmenes, aumentándose después este número, ora con los continuos regalos que durante su vida hizo el ilustre fundador, ora con donaciones de generosos literatos, que la llevaron muy en breve al mayor crecimiento.
     Mas este precioso establecimiento, fruto de tantos afanes y fatigas, fue reducido a cenizas en el bombardeo que sufrió esta capital en 7 de Enero de 1812. Una bomba lo incendió, y las llamas lo devoraron; pérdida en todo sentido irreparable: así se pasaron más de veinte años sin tener esta capital una biblioteca pública, con cuyo ausilio pudiera tomar vuelo el genio valenciano, hasta que reedificada la antigua con muy notables ventajas en el reinado de Isabel II, quedó abierta en 7 de Enero de 1837, aniversario de su destrucción.
     Esta nueva y hermosa biblioteca se halla enriquecida con más de treinta y seis mil volúmenes, debidos también en su mayor parte a la liberalidad de ilustres valencianos. El primero que legó todos sus libros para la restauración de la biblioteca, fue el esclarecido Rector D. Vicente Blasco, y una vez dado el impulso por este grande hombre, tuvo muchos que imitaron tan generoso desprendimiento. Tales fueron el Dr. D. Joaquín Llombart, Catedrático de medicina de esta escuela; el Dr. D. Vicente Marqués, Catedrático de filosofía; el Excmo. Sr. Dr. D. Salvador Perellós, Teniente General de los egércitos nacionales; Don Juan del Castillo y Carroz, y D. Onofre Soler, ambos Prevendados de esta santa iglesia, y Rectores de la escuela; Dr. D. Vicente Villacampa, Pavorde primario y Catedrático de Jurisprudencia; Ilustre Señor Dr. D. Francisco Javier Borrull, Magistrado de esta Audiencia; Excmo. Sr. Dr. D. Mariano Liñán, Comisario General de Cruzada; Excmo. Sr. D. Genaro Perellós, Marqués de Dos-Aguas; D. Vicente María Rodrigo, Teniente Coronel de las milicias de la isla de Cuba, y D. Jaime Faulí, hacendado, que la aumentó con continuados regalos.
     Rica es sobre manera esta Biblioteca, especialmente en el ramo de ciencias eclesiásticas y ediciones antiguas. Hállanse en ella las cuatro Biblias políglotas generalmente conocidas, una numerosa colección de las obras de los Santos Padres, publicadas por los religiosos de la Congregación de S. Mauro, y los más célebres escritos de historia eclesiástica. Hállase también provista de las principales obras de antigüedades, así hebraicas como griegas, romanas y numismáticas, y de historia nacional y estrangera, con un crecido número de ediciones del siglo XV. Mas si bien puede hacer ostentación de una riqueza anticuaria, escasea empero de obras modernas, especialmente de ciencias naturales, faltándole todavía mucho para estar al nivel de los adelantos del siglo.

     Últimamente, se ha construido en el Hospital un magnífico teatro anatómico comenzado en el Rectorado del Excmo. Sr. D. Francisco Carbonell, a quien el jardín botánico y demás gabinetes deben la importancia que en el día tienen.

VIDA DE SANT VICENT FERRER, APOSTOL D’EUROPA (XI)

SAN VICENTE FERRER, PREDICADOR

ÚLTIMOS AÑOS DE SAN VICENTE FERRER


Vicente Ferrer un Dominico "milagrero" y con el "Don de lenguas":
En el Proceso de su Canonización se recogen 860 prodigios o milagros, obrados por el Predicador Dominico en vida y después de morir, que escrupulosamente comprobaron los Jueces del Proceso.
San Vicente Ferrer, predicando siempre en lengua Valenciana, le entendían los castellanos, los de¡ norte de Francia, los vascos, los italianos del Piamonte y Lombardía... Muchos testigos declararon en el Proceso que, hablando Vicente Ferrer en Valenciano, ellos le entendían perfectamente en su lengua nativa. Por lo mismo, hay que admitir que, a San Vicente Ferrer, se le concedió el "don de lenguas".
Con el ánimo de favorecer algunas poblaciones del Reino de Valencia, se dirigió a muchas de ellas. el día 26 de Agosto de 1410 se dirigió a Líria, ya que sus vecinos estaban sumamente afligidos por habérseles secado su caudalosa fuente, que era toda su fuente de riqueza. Compadecido el Santo, celebró misa en el lugar donde solía manar el agua y bendiciéndolo, volvió a salir agua en abundancia, prometiendo el santo que jamás faltaría allí el agua, como así sigue siendo en la actualidad. En dicho lugar, conocido como San Vicente de Líria, se levantó una ermita en honor al Santo y se habilitó posteriormente como zona de recreo.
A continuación, comento otros milagros:
Milagro del pañuelo (Milacre del mocadoret):
En 1385 predicando el santo en Valencia, en la Plaza del Mercado, se detuvo y muy conmovido dijo a los oyentes: "Hermanos, ahora mismo estoy viendo que unos hermanos nuestros piden un socorro inmediato, que si no se les da morirán". Le preguntaron dónde estaban esas personas. El santo contestó: "Seguid a mi pañuelo, y donde él entre, entrad. Y lanzó al aire su pañuelo, el cual entró por la ventana de una buhardilla. En ella, en efecto, se estaba muriendo de hambre una familia, que fue socorrida. Según la tradición la casa estaba ubicada en la actual plaza del "Milacre del Mocadoret nº 5 (junto a la plaza de la Reina), donde hay una placa que lo recuerda.
Milagro del tendero (Milacre del salser) En 1359, el comerciante en especies Miguel Garrigues, que vivía en la misma calle que los Ferrer, tenía un hijo que sufría unas úlceras malignas en el
cuello y de las que le curó el también niño Vicente. En la fachada del nº 37 de la actual calle del Mar, muy cerca del lugar en el que según la tradición ocurrió este hecho, hay un retablo en cerámica valenciana que lo recuerda. Este hecho es uno de los orígenes de la devoción popular valenciana de las representaciones de diversos milagros (milacres) suyos en los Altares de las calles el día de su fiesta.
INFLUENCIA
Dejando de lado contemporáneos que con mucha probabilidad tuvieron su influencia, como Inés Pedrosa o de Moncada (1388 1428), la Beata Margarita de Saboya Acaya (1382 1464) o el Beato Pedro Geremía (1399 1452), mencionemos únicamente su Compañía de penitentes y otros discípulos.
Con exactitud esta Compañía era de penitencia, si bien los penitentes constituían a veces una verdadera cofradía de flagelantes. Estaba integrada por oyentes de su predicación, que manifestaban su conversión a través de estas prácticas, permaneciendo en su seno más o menos tiempo. Precedían la entrada solemne del predicador en la población entregándose a sus piadosas prácticas, lo que atraía la curiosidad y la piedad de las multitudes, preparando así espiritualmente al auditorio para la predicación. Pero malos tiempos corrían para los flagelantes, si bien lo dice él mismo siempre enseñó y continuará enseñando que todos sometan enteramente sus obras, palabras y escritos a las determinaciones de la Iglesia como hace él.
Por otra parte, parecería que después de su muerte se dio un distanciamiento todavía mayor del que ya había entre esta Compañía de importante función en la conservación y transmisión de algunos de sus sermones y precisamente las instancias francesas de la Orden dominicana, llegando a "condenarla" al silencio.
Los biógrafos antiguos hablan también de aquellos que estuvieron cerca de él durante más o menos tiempo atraídos por su personalidad y doctrina. Y así señalan entre los dominicos a: Jofré de Blanes, Pedro de Queralt, Pedro Cerdán y Pedro Martínez, etc. Pero no debe dejar de mencionarse al mercedario Juan Gilabert Jofré y a otros como: Juan de Aloy, Pedro de Moya, Juan García, el francés Blas de Alvernia y el italiano Antonio de Auria. Además, otros que integrarán un movimiento de restauración de la observancia de la vida dominicana, que culminó pocos años después de su muerte en su misma Provincia (Raimundo Pulgar; Nicolás Carbonell; Martín Trilles; León Beneyto; Rafael García).
Antes de pasar a la presencia posterior del Santo, deben tenerse en cuenta sus diversas tradiciones hagiográficas pues son el pertinente caldo de cultivo donde surgieron tales influencias y pervivencias.
Al ser canonizado en 1455, no estaba escrita aún su legenda y tuvo que redactarse con sensible retraso, con todas sus consecuencias. Su primera biografía es más la obra de un humanista cristiano que un texto medieval, algo nuevo en la literatura hagiográfica. Fue este primer biógrafo el ya citado Pietro Ranzano en torno a 1456, dominico del Convento de San Domenico de Palermo, años después Obispo de Lucera. Su obra está en la base de la tradición hagiográfica vicentina, aunque continúa siendo olvidada en nuestros días. Siguiendo sus huellas, tenemos una tradición italiana con autores tan valiosos como san Antonino de Florencia, Leandro Alberto, Juan Antonio Flaminio y otros nombres de la hagiografía doméstica dominicana.
Pero la tradición vicentina tiene su pleno desarrollo literario, y también artístico, en Valencia. La obra de Ranzano fue utilizada para la Vida escrita en prosa valenciana por Miquel Pérez, traductor notable; su obra fue impresa en la misma Valencia en 1510, pero con escasa difusión. A lado de ella tenemos un texto que no se llegó a publicar hasta el siglo xx, pero de gran importancia en la tradición dominicana. Me refiero al opúsculo de Baltasar Sorió op, titulado De Viris illustribus Provinciae Aragoniae Ordinis Praedícatorum, escrito entre 1516 1522. En él ofrece un compendio biográfico del santo, sin fechas y temas cronológicos, pero que añade algunos milagros locales.
Sin olvidar la Crónica de Viciana que ofrece en 1563 una breve síntesis de la vida del santo brindando ya datos fehacientes, será al comienzo del último cuarto de este mismo siglo XVI y en el ambiente de los frailes dominicos reformados, cuando nazca como verdadera exigencia espiritual la preocupación por el conocimiento sólido del santo, con una preocupación hagiográfica ya muy diferenciada de la de Ranzano y de los otros autores. Se recibe la tradición amorosamente, pero se pretende aquilatar los hechos históricos y se busca para ello un apoyo en los documentos. Es la corriente iniciada por los ya mencionados Vicente Justiniano Antist y Francisco Diago.
Pasemos ahora ya a señalar algunos significativos casos de influencia vicentina hasta el siglo XVII.

En el ámbito dominicano debe señalarse el italiano Manfredo de Vercelli op (+h. 1432) que, influido por el ejemplo de san Vicente, lo imitó como predicador apocalíptico a partir de 1417 en la Liguria y el Piamonte, suscitando y guiando un movimiento penitencial, que fue condenado y reprobado. También debe indicarse a Jerónimo Savonarola op (1452 1498). Para él, san Vicente poseía cinco condi ciones necesarias, que debía tener todo predicador: "un ángel, desasido de los intereses mundanos pero en medio de la Iglesia, anunciador del Evangelio y no de mentiras, volcado a todos sin acepción de personas, apasionado. Todas estas condiciones se verificaron en Vicente, sobre todo la quinta: efectivamente su apasionamiento aterrorizaba y provocaba la inmediata conversión de multitud de personas, comprendidos judíos y moros".
Además, el valenciano Juan Gavastón op (+ 1623), autor de una biografía del santo y, sobre todo, primer comentarista y traductor al castellano si bien no es demasiado literal del Tratado de la vida espiritual. Así como su pariente por línea materna san Luis Bertrán op (1526 1581) y lo que se ha denominado su Escuela de Espiritualidad. Influencia vicentina que alcanzará una gran difusión gracias a la edición de los cuatro volúmenes de sus Sermones por sus contenidos y por considerarlo "modelo" de predicador fruto del encargo a sus hermanos de Orden en la década de 1690 del Arzobispo de Valencia Juan Tomás de Rocabertí.
En los ámbitos no pertenecientes a la Orden Dominicana, podría citarse cronológicamente en primer lugar a la monja valenciana sor Isabel de Villena (1430 1490), pero posiblemente las coincidencias se deben a que ambos utilizan los mismos materiales que adaptan o copian (p.e. Dionisio el Cartujano, Santiago de Vorágime, etc.), si bien hay por lo menos una presencia expresa, como es el caso del sermón de santa María Magdalena.
También está el abad García Ximénez de Cisneros (c.1456 1510), benedictino del catalán monasterio Montserrat, cuyo Exercitatorio de la vida espiritual impreso en 1500, evocaría por luz y por estilo el Tratado de la vida espiritual vicentino, pero también a otras obras similares (Francisco Eximenis, etc.) . Por otra parte, en 1510 aparecerá la versión castellana de esta última obra, mandada hacer por el reformador cardenal franciscano Francisco Ximénez de Cisneros (1436 1517), aunque "mutilada" por razones doctrinales favorables a las visiones y arrobamientos. A ella seguirán otras ediciones ya íntegras en León (1528) y Barcelona (1585).
De esta misma época es san Ignacio de Loyola (1491 1556) y su Libro de los Ejercicios Espirituales, empezado a redactar hacia 1522 y en el cual algunos autores han detectado una clara influencia vicentina, si bien ha sido ardorosamente discutida por otros. Y en Valencia deben señalarse al franciscano beato Nicolás Factor (1520 1583) y al Arzobispo san Juan de Ribera (1532 161 l), según constata la tradición hagiográfica valenciana.
Y así, podría continuarse rastreando su influencia a través de sus múltiples biografías y la lectura de sus sermones y de su Tratado de vida espiritual
.

MISTERIOS DE LA HISTORIA



Por: Ricardo de la Cierva
Editorial  Planeta

Segunda edición: febrero 1991



IX.                RECONQUISTA HISTÓRICA Y RECONQUISTA ANTIHISTÓRICA DEL                  
REINO DE VALENCIA (siglos XIII y XX) (VII)


FUEROS Y MUERTE DEL CONQUISTADOR
Los conquistadores no encuentran seria dificultad en en­tenderse con los habitantes de Valencia, la mayor parte de los cuales se queda en la ciudad bajo el mando de los cristianos. Ellos hablaban el romance valenciano arabiza­do; los conquistadores hablaban casi todos el romance de Aragón. La población no aumentó más allá del cinco por ciento, y la mayoría de ese cinco por ciento no era catala­na; mal pudieron crear esos exiguos contingentes de Cata­luña una lengua valenciana porque se encontraron con ella. Allí estaba un niño de doce años, el futuro mártir misione­ro San Pedro Pascual, primer escritor en lengua valencia­na que ningún conquistador le había enseñado; la apren­dió en casa bajo el dominio musulmán, y en ella escribio la Biblia Parva, como instrumento de evangelización. Para librar a su nueva conquista de las intransigencias arago­nesas, que concebían al nuevo reino como una prolonga­ción del de Aragón, Jaime I afianza su concepción de reino autónomo para Valencia, al que va a dotar de fueros pro­pios -els furs-, en los que descarta del gobierno a nobles y eclesiásticos, con lo que instituye una especie de clase dirigente de tipo burgués. «El reino de Valencia -conclu­ye Ubieto- fue el producto de la voluntad de Jaime I, que lo creó para diferenciarlo del reino de Aragón y del conda­do de Barcelona. Surgió en la primavera de 1239» (op. cit., I, p. 232). Cuando se va consumando la conquista, Jaime I la fortalece con donaciones que se incluyen en el Llibre del Repartiment (1237-1252). No hay el más mínimo monopolio catalán en la repoblación, que se realiza por mezcla de aragoneses, catalanes, navarros, castellanos y extranjeros con claro predominio de aragoneses. Jaime I continúa la reconquista del reino; y en 1244 pacta en Almizra con su sobrino Alfonso X el Sabio de Castilla los límites finales. En 1261 ordena traducir los fueros al valenciano. Manda que en los juicios se utilizara el romance valenciano.

La Reconquista terminó para la Corona de Aragón con la toma de la última fortaleza musulmana, el castillo de Biar, en 1245; desde entonces Jaime I se dedicó a consoli­dar el Reino de Valencia, reprimió algunas revueltas mu­sulmanas, reafirmó la autonomía del reino y su personali­dad al oponerse a las pretensiones hegemónicas de los aragoneses y, en definitiva, logró plenamente que cuajase su sueño valenciano. Murió en 1276, y si su recuerdo per­dura en toda la Corona de Aragón y en toda España (sobre todo en Murcia, que por dos veces reconquistó en benefi­cio generosísimo de Castilla) es, sobre todo, en su Reino de Valencia, donde el Conquistador pervive como un hé­roe primordial y mitológico.
LA VEREDA DEL REINO

Todos los demás reyes de la Corona de Aragón -hasta Juan Carlos I- han sido a la vez reyes de Valencia, y ostentar­on por lo tanto la doble numeración de su dinastía. Suced­ió a Jaime I su hijo Pedro I, que dominó la última rebe­liónn general de los moros sometidos, al conquistar su último reducto en el castillo de Montesa en 1277; de esta campa­ña surgió la cuarta de las grandes órdenes militares españolas, tras las de Santiago, Calatrava y Alcántara, cuyo Maestrazgo asumió, como en el caso de las demás, el rey Fernando el Católico. Ya sabemos que una quinta orden nacida entre Alcántara y Montesa, la orden naval de Santa María de España, instituida en Cartagena por el rey Sabio AIfonso X pora fechos allend mar (lema que hoy ostenta a fragata Infanta Elena, de la Marina de guerra española), fue absorbida por la orden de Santiago cuando casi todos los caballeros de Santiago habían perecido en una derrota contra los moros de Granada; la propia Corona de Castilla ordenó la inmolación de la orden naval-militar para salvar la más antigua de todas. Pedro I defendió los fueros del Reiino de Valencia, rechazados por la nobleza de Aragón. En su tiempo, 1283, se instala en Valencia, antes que en Mallorca y Barcelona, un Consulado del Mar.

Alfonso I de Valencia, y II de Aragón, hijo de Pedro I, reina de 1286 a 1291. A1 proclamarse re y de Valencia arreciaron las protestas de los nobles aragoneses, que prefe­rin considerar al Regne como parte de Aragón. Los valenc­ianos se oponen y obtienen del rey el privilegio general de rechazo de los fueros aragoneses. La Corona optó entonces por otorgar a cada pueblo el fuero que deseara; 31 de esos pueblos, dominados por la oligarquía nobiliaria, optaron por el fuero de Aragón y todos los demás, una gran mayoría, por los furs de Jaime I.

Entre 1291 y 1327 reinó Jaime II, que mantuvo una gue­rra contra Castilla; avanzó hacia el sur del reino, y tomó Alicante, Orihuela y Murcia. En el tratado de Campillo 1304 se extendieron los límites meridionales del Reino da Valencia hasta comprender Orihuela; entre este municipio y el vecino y ya murciano de Beniel discurría –y ahora se mantiene- un camino -ya alcanza un alto valor símbólico que la frontera entre los dos reinos Hermanos de Valencia y de Castilla sea eso, un camino- que hasta hoy se denomina, entre naranjales, La vereda del reino, jalonada por dos grandes tueros en su cruce con el camino real Orihuela-Murcia. He paseado muchas veces en torno a ese cruce, por la Vereda del Reino, que vista desde el de Valencia se refiere al de Castilla, y vista desde Castilla anuncia el de Valencia. El habla y la arquitectura se divi­den suavemente, como uniéndose a uno y otro lado de esa Vereda cuyo profundo significado debieran conocer quie­nes desde uno u otro exclusivismo tratan de pontificar so­bre lo que ignoran. A1 extinguirse en 1312, tras una dura persecución europea y romana, la Orden del Temple, el rey de Valencia obtiene del papa Juan XXII la erección canónica de la Orden de Montesa, cuyo nacimiento hemos citado ya y que absorbió a muchos templarios. Todo el Rei­no de Valencia apoya a Jaime II en la conquista de Cerde­ña, y todo el Mediterráneo occidental se llena con las ha­zañas del almirante valenciano Carroç.
unicipk � u �� �� ñaban por derecho los ciudadanos, la estima en que los tuvieron los Reyes de Aragón, y la parte que desempeñaban en las Cortes en el Brazo real o popular.

     Al Justicia, que era ciudadano cada dos años, pertenecía el derecho de llevar el estandarte real en los casos de guerra: así lo practicó Ramón Soler en 1365 cuando salió el egército valenciano a las órdenes de D. Alonso de Aragón, Conde de Denia, contra las huestes de D. Pedro de Castilla, regidas por el Maestre de Alcántara.
     Durante la rebelión de los moros de Benaguacil, Benisanó, Bétera, Villamarchante y Paterna, llevaba el estandarte Baltasar Granulles, ausiliado por D. Gimén Pérez Pertusa.
     Durante la conquista de Sicilia en 1282 fueron Almirantes Raimundo Marquet y Berenguer Mayol, ciudadanos de Barcelona.

     Los Jurados eran honrados con el título de Magníficos; y su trage era una gramalla o toga semejante a las que usaron los Senadores de la república de Venecia.

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XX)

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XX)

D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXXI -

Barones
Más que en otra parte se hace mención de esta clase en el proemio o introducción a los Fueros del reino de Valencia, donde el Rey D. Jaime dice que promulgaba aquellas leyes con consejo de los Nobles Barones, que nombraba poco después; y allí se ve que con aquella espresión no quiso denotar una dignidad particular, sino los Próceres o sugetos de la primera distinción, significándolo también con la espresión de Barones Grandes en el fuero 25 de feudis. Introducidas en la corona de Aragón, igualmente que en Castilla, y al mismo tiempo, esto es, en el siglo XIV las dignidades hereditarias de Duques, Marqueses y Condes, se comprendieron también todos bajo la palabra Barones.
     Disponiendo D. Pedro IV el orden de asientos que debían ocupar los Diputados a las Cortes generales de 1383, ordenó que en ellas se sentasen los aragoneses y los valencianos a la mano derecha, los catalanes y mallorquines a la izquierda; y que debían ponerse tres bancos, el primero para los prelados y demás personas eclesiásticas; el segundo para los Barones y los nobles, y el tercero para los Caballeros, las personas militares y los Generosos.
     Pero esta misma palabra Barones tiene otro rigoroso sentido, en el que significa un especial titulado por merced del Príncipe. En Aragón, según los Fueros de Sobrarbe, las ciudades y villas que se ganaban a los moros, debían repartirse entre los Ricos-hombres, y los Reyes los solían dar a los que acreditaban su valor en las conquistas, llamando Baronías a la unión de muchos de estos pueblos. Y así el escritor Miguel del Molino es de parecer, que lo mismo es Barón que Rico-hombre, alegando en su favor muchos fueros.
     El Obispo D. Vidal, cuyas palabras copia Blancas, es de esta misma opinión; y lo es también D. Juan Briz Martínez en la Historia de S. Juan de la Peña. Zurita llama Barones a los Ricos-hombres, y Brazo de los Barones al Estamento de nobles. Dice en otro lugar, que bajo el nombre de Barones se entienden los Obispos y los caudillos de los caballeros, que llamaban Ricos-hombres. A pesar de todo esto, siempre tuvo más significación la palabra Rico-hombre que la de Barón.
     El título de Barón se concedía regularmente en Valencia sobre algún feudo, como hizo D. Pedro IV del castillo y lugar de Boil en Aragón a favor de Don Pedro Boil, su Consejero, con privilegio dado en Valencia a 6 de Mayo de 1364.
     Se erigía también este título de Barón, como lo demás, sobre alguna alusión honorífica a la casa o a la persona del agraciado.
     D. Pedro IV, en sus ordenanzas de la Casa Real, mandó que se diese a los titulados de Marqueses y Condes el prenotado de Nobles, y este mismo pertenecía ya entonces a los Vizcondes y Barones; si bien después a los Marqueses se honró con el dictado de Ilustres, a los Condes de Egregios, y a los Vizcondes de Espectables.
     Cuando una Baronía venía a recaer por herencia en algún plebeyo, entraba éste, por razón de su dignidad y feudo, en el Brazo militar.
     Los Barones del reino de Valencia tenían en sus Baronías el uso del mero y mixto imperio, cuando además de las Baronías señalaban los Reyes a los Ricos-hombres, en premio de sus servicios, algunas villas y lugares conquistados con las rentas que pertenecían al Real Patrimonio, a los derechos impuestos sobre ciertas cosas; y entonces se llamaban Honores. Así se debe entender la villa y honor de Corbera, la villa y honor de Jérica.

- XXXII -

Caballeros, Donceles, Hombres de parage, Generosos
Bajo estas denominaciones se entendían en primer lugar los Caballeros, que se llamaron de Honor en Aragón, y en Valencia de Conquista, por haberse concedido en aquel tiempo. También se denominaban otras veces Feudos; y de estos caballeros feudatarios de los primeros nobles del reino habla aquel fuero de Valencia, que dice ser de naturaleza del feudo, que los que le tienen deben honrar al dueño feudal, y »que así los Caballeros no pueden herir a su señor en batalla campal, perdiendo en tal caso lo que de él tuviesen." Y de los mismos habla el otro fuero, que espresa: »que si algunos Caballeros litigan contra sus señores, conozca el Rey de aquellas causas, y en su ausencia la Corte de Valencia; pero no si el pleito fuere sobre cosa feudal." Estos Caballeros eran en fin semejantes a los escuderos, y aun algunas veces se les daba este nombre en el reino de Valencia. De esta especie de nobles eran en Castilla aquellos hidalgos pobres, que servían a otros caballeros poderosos, y como en tiempo de guerra les llevaban la lanza, el yelmo y el escudo, se llamaron escuderos.
     Los que eran armados caballeros se distinguían con el prenotado de Mosén, derivada de Monsieur y de Vos y de En, y que habiendo usado de ambas dicciones para honrar los Caballeros, quedó después Mosén mudada la V en M, por haberse corrompido por el tiempo este vocablo. También es probable que se derive del meus y del senior, que tomaron del latín las naciones septentrionales, que lo trasmitieron a los pueblos del mediodía. En vez de Mosén solía usarse con frecuencia de la voz Monsenyer.
     Mientras no eran armados caballeros se llamaban Donceles, que en otras provincias se denominaban Donzeleos y Danzeroos. En Bearne se llamaban Domengers, hijos siempre de los ya armados caballeros. Sus descendientes tomaban el título de Generosos; y en la edad media eran unos y otros conocidos por los Valesti o Valeti, o sean los hijos de los magnates que aún no habían recibido la orden de caballería.
     Había también en Valencia otra clase de hidalgos, que se llamaban Hombres de parage, o bien porque acudieron aparejados para la guerra, o porque eran de buenos solares o casas, o porque (y esto sea lo más verosímil) quedaron pares o iguales a los antiguos Caballeros y Generosos en el goce de sus privilegios; pues en la antigua lengua lemosina paratge significa lo mismo que igualdad. Así en el fuero 17, título de malifatoribus, se dice: »Rich hom, o noble caballer, o hom de paratge..."
     Según otros fueros eran Hombres de parage los que nacieron antes de haber obtenido sus padres el privilegio de caballería.
     Los Generosos eran los descendientes de los que habían prestado algún servicio militar, como si se dijera, hombres de Generación militar. Éstos solían también denominarse Gentiles-hombres en Valencia.
     Los privilegios de los Nobles, Generosos y Caballeros de Valencia eran casi iguales a los que disfrutaban los hidalgos de Castilla. No estaban sujetos a la jurisdicción civil ni criminal de los Barones, a quienes no prestaban homenage: seguían las banderas del Rey sólo dentro del reino: no eran reconvenidos por sus deudas, sino en cuanto alcanzasen sus facultades, y dejándoles lo necesario para su decencia: faltando sus mugeres, y manteniéndose viudos, reunían todo el dote, y la mitad de éste, si pasaban a segundas nupcias. Sus camas y sus vestidos no podían ser trabados en ejecución, ni sus armas ni sus caballos, ni eran presos por deudas civiles, ni debían ponerse en las cárceles comunes, ni puestos a cuestión de tormento: se eximían de los pechos y cargas concejiles; y en caso de pena de muerte o mutilación de miembro, el proceso, ya sustanciado, se elevaba al Rey.

- XXXIII -

Ciudadanos
Llamábanse Ciudadanos en general todos los habitantes del reino; pero distinguíanse los que son conocidos con el dictado de Ciudadanos honrados. Éstos eran los que no se empleaban en los oficios mecánicos, y se mantenían con decencia, sin necesitar del trabajo de manos. Antiguamente se dispensaba también este dictado a las personas más ilustres.
     Los Ciudadanos honrados era una clase media entre la ínfima plebe y la nobleza; y así se llamaban en la edad media Valvasini, bajo cuya palabra se entendían sólo cierta clase de pageses y ciudadanos.
     Antes del Concilio de Trento tenían también los ciudadanos valencianos el derecho de guerra privada y de desafío, como los Nobles, los Generosos y Caballeros.
     Por privilegio del Rey D. Alfonso III, otorgado en 1420, se concedió que todos los ciudadanos honrados de Valencia, Doctores y Licenciados en Jurisprudencia y otros ciudadanos, que hubiesen servido o sirviesen en adelante los oficios de Justicia criminal o civil y de Jurados y de Almotacén, gozasen todas aquellas inmunidades, honores, gracias y prerogativas de que participaban los Caballeros y Hombres de parage por derecho o costumbre, y que fuesen tenidos y reputados por Caballeros.
     Hemos indicado los cargos municipales que desempeñaban por derecho los ciudadanos, la estima en que los tuvieron los Reyes de Aragón, y la parte que desempeñaban en las Cortes en el Brazo real o popular.
     Al Justicia, que era ciudadano cada dos años, pertenecía el derecho de llevar el estandarte real en los casos de guerra: así lo practicó Ramón Soler en 1365 cuando salió el egército valenciano a las órdenes de D. Alonso de Aragón, Conde de Denia, contra las huestes de D. Pedro de Castilla, regidas por el Maestre de Alcántara.
     Durante la rebelión de los moros de Benaguacil, Benisanó, Bétera, Villamarchante y Paterna, llevaba el estandarte Baltasar Granulles, ausiliado por D. Gimén Pérez Pertusa.
     Durante la conquista de Sicilia en 1282 fueron Almirantes Raimundo Marquet y Berenguer Mayol, ciudadanos de Barcelona.

     Los Jurados eran honrados con el título de Magníficos; y su trage era una gramalla o toga semejante a las que usaron los Senadores de la república de Venecia.

LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS, SUS RAZONES JURÍDICAS Y CONSECUENCIAS ECONOMICAS PARA LA REGION VALENCIANA (XXIV)



Autor: Antonio Magraner Rodrigo
Valencia 1975
ARV. Signatura 1607-2498


Capítulo II. Consecuencias económicas de la expulsión.


Capítuo III. El problema de la repoblación del Reino de Valencia.

Hemos aludido, anteriormente, y de pasada, a esta importante cuestión. Estimamos conveniente insistir, al presente en el aspecto demográfico de la repoblación, dada la trascendencia que había de tener para el futuro de la economía regional, en particular, durante los primeros años que siguieron a la expulsión de los moriscos, decretada en 1609.

En efecto, parece incuestionable que tras esta histórica fecha en Reino de Valencia –cuya  población total, hacia 1609, rebasaba los 500.000 habitantes- perdió el 22 y el 30 por ciento de los mismos, en su inmensa mayoría campesinos y vasallos de la aristocracia terrateniente y latifundista.

El historiador H. Lapeyre analiza el paisaje geográfico del Reino de Valencia y los censos totales de la población –1527, 1563, 1585, y 1602-, adoptando para el cálculo de los habitantes el índice 4,5. Otros, como Reglá, estiman más adecuado el índice de 5 personas por casa.

Según el citado profesor de Grenoble –a quien tanto debe la historia de España de los Austrias, los cristianos viejos, en cuyas manos estaban la industria y el comercio, habitaban masivamente en las ciudades y los pocos moriscos que existían en ella quedaban relegados a los suburbios. Las tierras de secano, a excepción de la provincia de Castellón, en cuyas zonas de Morella y el Maestrazgo había un compacto bloque cristiano, estaban ocupadas, predominantemente, por los moriscos.

 Recordemos que aquí se constituyó un poderoso recurso de las fuerzas imperiales del emperador Carlos V durante la guerra de las Germanías, a comienzos del siglo XVI, así como de las tropas carlistas del general Cabrera, en el siglo pasado.

De las interesantes aportaciones de Lapeyre se puede comprobar, asimismo, que todos los macizos montañosos e incluso las regiones de colinas desde el río Mijares, como también las que al oeste de Valencia se extienden  hacia Chiva y Buñol, constituían núcleos de población que, en su mayoría, eran de raza morisca; por consiguiente la huerta de Valencia, la plana de Gastellón, la ribera de Jucar y las huertas de Alicante, Elche y Orihuela, eran comarcas casi enteramente cristianas, abundando, sólo, los moriscos en dos zonas de regadíos: las situadas en torno a Gandía y Játiva. Igualmente eran numerosos en las tierras de barones, esto es, en las de señorío laico; pero escaseaban en los lugares de realengo y en las de señorío eclesiástico.

No es extraño, por cuanto se acaba de decir, que las rebeliones más importantes de los moriscos tuvieron lugar en os lugares de montaña: en 1526 en la sierra de Espadán  (entre los ríos Mijares y Palancia); y en 1609, en la región de la Muela de Cortes  y en el Valle de Laguar.

Lapeyre examina, además, la evolución demográfica hasta 1609. En el periodo comprendido en 1537 y 1563, para noventa localidades moriscas, la población disminuye ligeramente, por lo que según el citado autor se explica por la emigración a Berbería. Por el contrario, durante las mismas fechas, en otras ochenta localidades se aprecia un incremento del orden de un 7 por ciento.

Desde 1563 a 1609 la población total del Reino del  Valencia pasa de 64.075 hogueras o “focs” a 96.731, advirtiéndose un aumento del 50,9 por ciento, por lo que se deduce que el ritmo de aumento morisco alcanza el 69,7 por ciento y el de los cristianos viejos sólo el de 44,7 por ciento. La capital se estancaba en unos 50.000 habitantes, sin crecer el ritmo del Reino. Como causa posible del mayor incremento de la población morisca aduce el citado historiador galo el celibato por los abundantes eclesiásticos. La proliferación de moriscos, que, por ciento, era buen vista por los señores de lugares, ya que con ello aumentaban sus rentas, fue uno de los más importantes motivos que contribuyeron a su total ruina. Cuando en 1609 se decretó su expulsión por Felipe III, a los señores no les quedó otros remedio que plegarse a la voluntad regia, que representaba asimismo la de la opinión pública.

El Canónigo archivero de la Catedral de Valencia, don Ramón Robres Lluch, ha empleado los datos estadísticos publicados por Lepeyre, al aportar una investigación extraída de la Sagrada Congregación del Concilio, en el Archivo Secreto Vaticano,  y otras fuentes destacando, por su especial interés, una estadística de 1622, cuyas cifras globales constituyen valioso elemento para medir el alcance de la repoblación dentro de los primeros años subsiguientes al extrañamiento de los moriscos.

Así como el triunfo de la aristocracia latifundista, estrechamente aliada a la Corona, implicó la victoria del campo sobre la ciudad en la guerra de las Germanías, la expulsión de los moriscos, una centuria más tarde, constituyó –como dice Reglá- “el reverso de la medalla: el triunfo de la ciudad sobre el campo. Como es lógico, dada la distribución de la población, las consecuencias económicas de la expulsión de los moriscos valencianos fueron mayores y de más duración en el interior y sobre todo en las comarcas meridionales del reino”.

Los coetáneos de la expulsión se dieron perfecta cuenta de las consecuencias que sobrevendrían, particularmente en el aspecto económico, con esta victoria –pírrica victoria- de la ciudad.

Ya lo preveía el patriarca-arzobispo de Valencia, don Juan de Ribera, quien en una carta a un ministro de Felipe III, fechada en dicha ciudad, el 19 de diciembre de 1608, decía lo siguiente: “Las ciudades y lugares grandes se sustentan con la provisión que éstos (moriscos) traen, las iglesias, monasterios de frayles y monjas, hospitales, cofradías, exenciones de censos y legados píos, nobles, caballeros y ciudadanos, finalmente todos cuantos son necesarios en la República, para el Gobierno y ornato espiritual y temporal de ella dependen del servicio de los moriscos, y se sustentan en los censales que han cargado ellos o sus antecesores sobre lugares de los moriscos y así, viéndose imposibnilitados de poder a S.M. lamentando su miseria y destrucción. Prometo a V.M. que pensando diversas veces en esto deseo que Nuestro Señor me lleve antes de ver tanta lástima sin poderla remediar y Él sabe de quan poca consideración es para mí la pobreza que ternía esta dignidad y que a trueque de verme sin tantos herejes con nombre de feligreses míos, ternía por muy buena dicha quedarme con necesidad de comer pan solo”.


Por su parte, el Marqués de Caracena, Virrey, a la sazón de Valencia, manifestaba a Felipe III, en 18 de mayo de 1610: “Considerando de cien casas de moiscos (sic) a quantas se pueden reducir de cristianos viejos, si serán a treinta o quarenta... Certificado a V.M. que no podré encarecer con palabras el estado trabajoso en que este Reino de Valencia se halla... porque la mayor parte de él vive de responsiones de censos y no se cobra ni puede cobrar cantidad alguna dellos con exenciones o sin ellas... y los que los responden, no solo los señores y comunidades, pero aún los particulares no pueden pagar porque no cobran frutos...”.

LA GUERRA DE SUCESION EN VALENCIA (XXVII)

REVISTA DE HISTORIA MODERNA
Número 25 - 2007

LA GUERRA DE SUCESION EN VALENCIA (XXVII)
RETROSPECTIVA HISTORIOGRAFICA Y ESTADO DE LA CUESTION.
Páginas: 303 a 329
Autor: Carmen Pérez Aparicio.

Tomando como punto de partida estas hipótesis, se presentó en el "I Congreso de Historia del Reino de Valencia", celebrado en 1971, una comunicación bajo el título "La Guerra de Sucesión: una revolución campesina!". En ella, después de situar el conflicto en su perspectiva internacional y en el marco de una confrontación, en el seno de la Monarquía Hispánica, entre un proyecto político de signo absolutista y centralizador y otro de carácter pactista, el citado trabajo entraba de lleno en lo que constituía uno de los aspectos más significativos y peculiares del conflicto sucesorio en el Reino de Valencia, las reivindicaciones antiseñoriales. Aún hoy en día, cuando el estudio de las rebeliones en los distintos reinos de la Corona han avanzado considerablemente, es indiscutible que las reivindicaciones campesinas adquirieron en este caso una relevancia y magnitud que no alcanzaron en los territorios, aunque no se les seas ajena del todo la problemática antiseñorial.

Esta relevancia estaba motivada por dos factores que entonces aparecían formulados, por un lado, el marcado clima de descontento existente en el señorío valencianos, resultado de las duras cartas de población firmadas entre señores y vasallos a raíz de la expulsión de los moriscos, y de otro, las promesas de abolición del régimen señorial y de disminución de la fiscalidad hechas por los emisarios del archiduque Carlos y especialmente por Juan Bautista Basset y don Francisco García de Avila. Dicho en otras palabras, la estrategia de los dirigentes aliados para consolidar el apoyo de las clases populares a la causa carolina tuvo muy en cuenta la realidad socioeconómica y los antecedentes históricos del Reino de Valencia, independientes de que valencianos y aragoneses compartieran el objetivo principal, la defensa de la Casa de Austria frente a la Casa de Borbón.

Conviene al mismo tiempo recordar y destacar al respecto el interés despertado entonces por el estudio de la revuelta campesina de 1693, conocida con el nombre de Segunda Germanía, antecedente inmediato de las reivindicaciones hechas al gobierno del archiduque, y al mismo tiempo por el régimen señorial, un campo en el que la historiografía valenciana fue realmente pionera con trabajos importantes sobre distintos señoríos que aportaron nuevas perspectivas al estudio del feudalismo.

Sin embargo, y aunque el conflicto sucesorio se abordaba desde la perspectiva señoría, no se reducía ni limitaba a esta problemática. Ya de entrada, el movimiento austracista en el Reino de Valencia quedaba entonces perfilado por una pluralidad sociológica que abarcaba otros colectivos, como la pequeña y mediana nobleza, precisamente aquella más vinculada a las instituciones forales, el abajo clero, las clases urbanas y una parte significativa del mundo rural, especialmente el cometido a la jurisdicción señorial. En definitiva, un aspecto sociológico que, a grandes rasgos, coincidía con el de otros territorios de la Corona de Aragón, como los estudios posteriores pusieron de relieve- Los objetivos también aparecían entonces formulados, la defensa del pactismo, que en aquel momento aparecía reflejado en la corriente neoforalista, la defensa de los intereses económicos de los gremios y comerciantes y la supresión de las prestaciones señoriales, en consonancia con las promesas de abolición formuladas por Basset. Al mismo tiempo se apuntaban otras razones importantes al descontento social, como las derivadas de la interrupción del comercio a causa de la guerra,  con el consiguiente descalabro de una economía agrícola y muy vinculada a los mercados de Holanda e Inglaterra, ampliando al mismo tiempo el marco cronológico tradicional,  que hasta entonces se abría hasta agosto de 1705 con el desembarco aliado, con el fin de buscar los antecedentes.

De igual manera el periodo de gobierno del archiduque Carlos adquiría por primera vez perfiles propios, desconocidos e ignorados por la historiografía tradicional, y que establecían claramente los dos componentes del austracismo valenciano, una corriente populista y radical encabezada por Basset y otra de carácter más moderado, impulsada por el propio archiduque y personificada por el virrey conde de Cardona. que intentaba sumar voluntades en la defensa de la causa.

La primera pretendía hacer efectivas de inmediato las promesas de rebaja fiscal y supresión de los derechos señoriales, una medida ciertamente política que no podía encontrar soporte jurídico en los Fueros valencianos, tal y como se había dictaminado la Real Audiencia apenas unos años antes en respuesta a las reclamaciones presentadas en 1693 y que pretendían sustentarse en unos supuestos privilegios que no fueron tomados entonces en consideración por el tribunal. La segunda corriente, aunque se signo integrador, trataba por encima de todo de mantener la hegemonía de las clases dominantes y el respeto por el ordenamiento jurídico, factor éste último que desembocó en el reconocimiento, por parte de la Real Audiencia, del derecho de los señores o de la Iglesia  a la percepción de las rentas señoriales y el diezmo, algo que, por afectar a derechos de terceros, no estaba en manos del archiduque el suprimir sin violar los Fueros.


Con todo, la política llevada a cabo por el gobierno austracista, que entonces se vislumbraba por primera vez, no se limitaba al ámbito señorial y así la citada comunicación recogía también aunque de manera más general la política de represalias contra los franceses y la nobleza borbónica. la creación de las Juntas de Secuestro, la frustrada convocatoria de Cortes, las dificultades financieras del gobierno del archiduque, el aumento de la fiscalidad o la concesión de mercedes, honores y privilegios, cuestiones todas ellas que cambiaban radical y sustancialmente el panorama historiográfico conocido hasta entonces. A todo ello se añadía el estudio de las inmediatas consecuencias de la victoria borbónica de Almansa. De entrada una dura y sistemática represión, la abolición de los Fueros y la introducción de un nuevo sistema de gobierno, de una nueva fiscalidad, las protestas y el descontento generados por un castigo desproporcionado e indiscriminado y sobre todo la reacción de la clase política borbónica, solicitando la revocación del Decreto, y la de los seguidores más radicales del austracismo, protagonizando un movimiento de guerrillas cuyo alcance agravaría considerablemente la inestabilidad social, política y militar que caracteriza los primeros años de la aplicación de la Nueva Planta.

EL DESCENDIENTE VALENCIANO DEL DIOS JANO



Por Ricardo García Moya
Las Provincias  23 de Febrero de 1997

Jano era un dios raro, con dos caras; una miraba hacia delante, la otra, hacia atrás. Sus muchas cualidades -orador, inventor, protector de Roma- propiciaron que el pueblo romano diera su nombre al primer mes del año. Después, cuando el Imperio se desmoronó, del lanuarius latino surgieron  corrupciones (yanair, ianer, janer, jianer...) que fueron eliminándose hasta adoptar cada colectividad una forma propia. En nuestro Reino de Valencia, tras siglos de fluctuaciones morfológicas que abarcaron desde janer a chiner (de 1600, por ejemplo, tenemos: "a set dies del mes de Jiner", en el manuscrito del Loreto de Muchamel) se generalizó giner, como apellido y mes.
EI sustantivo giner del valenciano moderno fue recogido en los diccionarios de Escrig (año 1850) y Llombart (1887). Asimismo, el filólogo valenciano más importante del siglo XX, el padre Fullana, sólo admitia giner ("Vocabulari ortográfic") como equivalente a enero. En el posfranquismo, en tiempos de la UCD, se editó la "Gramática valenciana" con el vocablo giner (Ed. Paraval, 1980, p. 125), criterio seguido por Miedes en su "Vocabúlari" (Val. 1983). Por tanto, la lengua valenciana,  como  las restantes europeas, tenía un singular descendiente del lanuarius latino; hasta que llegó la inmersión catalana y dijo que nones.
Por mandato del Institut d'Estudis Catalans, en todos los libros de texto (Gregal, Trànsit, Llindar, Ras...) se prohibió la palabra giner.
Criterio obedecido a rajatabla por la misma Generalidad Valenciana en el actual proceso editorial dirigido por Josep Lacreu, fiel inmersor que sólo publica cuando el producto está "avalado por el Institut d'Estudis Catalans" (L'illa, Hivern,1997, p. 7). Así, la Gramática y el Vocabulari de la Generalidad no incluyen el valenciano giner, y sí el catalán gener. La disciplina afecta incluso al diccionario etimológico de Corominas  (considerado el "súmmum" del cientifismo lingüístico) que temerariamente  olvida  la existencia  de giner  (DCEC, 1987).
La palabra no la inventó Bernat Baldoví, como alguno pudiera pensar, pues está documentado un "primer dia de giner" en 1270, coetáneo de Jaime el Conquistador. Y, por citar un clásico del XV, también aparece giner en el Spill de Roig. ¿Lo ven? la voz giner cumple todos los requisitos: antigüedad, uso de clásicos, mención en los diccionarios; pero no place al Institut d'Estudis Catalans.
Como ciertos apellidnc fueron tomados del mes de nacimiento, imaginen un utópico "Parle vosté" sobre linajes con la presencia de Jesulín Janeiro, andaluz de Ubrique; Manolo Ynerín Etxevarría, gitano de Hondarribia; Vincens Gener Escurçó, catalán de Sardanyola; Ricart Giner Navarro, valenciano de Benilloba; Richard January, inglés de Brighton; Joseph Genáyo, sefardita de Estambul; Vincenzo Gennaio, italiano de Sorrento; François-Marie Janvier, francés de Nimes; Luis Enero Arévalo, castellano de Matapozuelos, y Heinz Januar, alemán de Stuttgart. ¿Qué une a estos europeos?  EI  apellido  derivado del bifronte Jano.
EI  secular trasiego  humano hace que encontremos al torero Jesulín Janeiro, con su apellido gallego, en Andalucía; o al calé Ynerín, en  Guipúzcoa; pero es significativo que la "Enciclopedia Valenciana" sólo cite un Gener y que corresponda a un catalán del siglo XVIII. Por el contrario, el linaje valenciano Giner es nutrido y glorioso (el compositor Giner, autor de "La entrà de la murta"; el  misionero Giner de Alcoy, muerto en Manila en 1727; o el escritor Giner de Jávea, del siglo XVI).
Entre los descendientes catalanes de Jano destaca un mediocre Gener i Babot (lo de Babot es textual) obsesionado en demostrar que Arnau de Vilanova era catalán: Instigador del Congreso Catalanista  de 1880, colaboró con "L'Avenç" en la invención de normas de las que saldría la pro- hibición del giner valenciano.
Afilan sables.  La Generalidad está culminando el "Diccionari d'ortografia i pronúncia" (sic) dirigido por el feliz Josep Lacreu, joya lermista y actual Cap de Servei d'Assessorament Lingüístic i Traducció de la Generalidad Valenciana. Su trabajo es asesorar con lo que le asesora previamente el  Institut d'Estudis  Catalans. ¿Que el IEC prohíbe "giner"? Encantado de la vida, el tándem de oro Lacreu-Bromera publica una gramática (con nuestros impuestos) donde considera falta de ortografía escribir giner. Eso explica que ciertos estudiantes bloqueros -normalitzats  desde  la  lactancia- entren en coma al leer giner en la revista del Ivaj.

Si pudieran, hasta el modernista cine Giner -añorado por Caps- lo transformarían en Gener; y, quizá, en las enciclopedias normalitzadas aparezca don Vicente Gener Boira. Son capaces de todo, ya que de los descendientes léxicos de ianuarius romano (janvier, enero, januar, janeiro, gener, genáyo, giner, ynerín, january u gennaio) sólo uno tiene la soga al cuello: el valenciano giner. Y, mientras Canal 9 insiste con "gener", permítanme despedirme con un antiguo refrán de Castellón: "En giner, tanca la porta y encén lo braser"; y otro; "En giner no es trau el morro al carrer", de Callosa.

EL DICCIONARIO CRÍTICO CASTELLANO E HISPÁNICO DE COROMINAS ES TENDENCIOSO Y FALSEA LA HISTORIA DE VALENCIA Y SU LENGUA


Ricardo García Moya                   Las Provincias 18 de mayo de 1992
Todos sabemos que el ser huma­no, no importa su formación cultu­ral, puede caer en execrables abis­mos morales, como el filólogo ruso que asesinó a más de cincuenta personas. Evidentemente, es un caso pato­lógico similar al del marqués de Sade, que seducía a sus sirvientas con el venenoso extracto de cantá­ridas. No obstante, hay otras mal­dades –las lingüísticas- que son más difíciles de descubrir, al ser ca­mufladas bajo el disfraz de prestigio del autor. El propio Sartre, teórico defensor de las libertades, no tuvo inconve­niente en escribir para los alemanes del III Reich una obra de teatro, “Bariona”, que denigraba al pueblo judio y fomentaba el antisemitismo.
Además de literarios inmorales, también hay libros asesinos, como el códice impregnado de arsénico que recoge Umberto Ecco en “El nombre de la rosa”, quizás, inspi­rándose en lo sucedido a Alfonso el Magnánimo de Valencia, cuando “su mayor enemigo le envió un li­bro de Tito Livio. y disuadiéndole los de palacio y los médicos que le manejase, por la sospecha de que en él venia el veneno” (Mendo, A.: El príncipe perfecto, Madrid 1656, p. 82). Actualmente, a los valencia­nos nos están destruyendo con li­bros emponzoñados, aunque el ve­neno empleado no sea ningún compuesto químico.
Un filólogo puede poseer todos los conocimientos de su ciencia y, sin embargo, hacer uso tendencioso de la misma. Veamos el caso de Joan Corominas y su Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico (DCECH), obra de obli­gada consulta para cualquier profe­sional de la filología. Nadie puede discutir a Coromi­nas su saber lingüístico; sin embar­go, aunque se escandalice la “bea­tería intelectual”, la finalidad del ci­tado DCECH fue encumbrar el ca­talán sobre el castellano y, de paso, fagotizar el idioma valenciano. Corominas comenzó en 1927 un diccionario etimológico catalán, pero observó que muchas palabras eran comunes con el castellano y que gran parte del léxico actual se documentaba por primera vez en el Reino de Valencia. En 1939, sin aclarar la causa, se decidió a escribir el diccionario eti­mológico castellano. ¿Por qué un nacionalista como Corominas –discípulo de Pompeu Fabra, miem­bro del “Institut de Estudis Catalans” y defensor de los Países Catalanes- se olvidó de su proyecto y decidió “dar prioridad” al idioma enemigo? En 1939, no podía arriesgarse a publicar una obra defensora del im­perialismo catalán; el franquismo estaba en su apogeo y no lo hubie­ra tolerado. Por tanto, aprovechan­do el material léxico recogido, fue gestando su DCECH en el que in­troduciría sus anhelos inconfesa­bles. Los cinco tomos de la obra contienen una sutil exaltación del catalán, pero –y ahí está lo censu­rable- devorando el léxico valen­ciano de los siglos XIV y XV.
La politización del DCECH se evidencia en su obsesión por ofre­cer al lector un concepto del terri­torio valenciano como colonia del “Principado”. Para Corominas, “Valencia es tierra catalana” (T. 5.°, p. 261), y, con el salvoconduc­to que le ofrece este concepto, se considera autorizado para saquear léxicamente al Reino de Valencia, que él llama “Pais Valenciano”, aunque a continuación escriba en­fáticamente “Principado de Catalu­ña” cuando se refiere a su tierra. ¡Vaya científico imparcial¡ Corominas, en su avaricia léxica, recalca plomizamente el catalanismo de los vocablos valencianos; aunque respeta la independencia entre galle­go y portugués y la singularidad del aragonés, asturiano y leonés. Corominas hurta –metafórica­mente hablando- los vocablos de origen árabe y mozárabe que pasaron a través del valenciano a otros idio­mas peninsulares. Así, el vocablo Al­bufera que deriva “del árabe buharra, diminutivo de mar, es catalán”. Corominas, al estudiar la etimo­logía de las lenguas peninsulares, observó que el valenciano aportaba una gran proporción de voces al catalán y castellano; de ahí su sis­temático expolio a los clásicos como Jaume Roig. También ignora la opinión de los gramáticos que respetaban el idioma valenciano, como Covarrubias (Tesoro de la Lengua, año 1611), que reconocía el origen valenciano de palabras castellanas (p.e., “chuleta” que de­rivaba del valenciano “chulleta”). Corominas descubrió que una gran proporción del léxico actual –en gráfica y acepción- no era usa­do en 1238, fecha de la conquista de Valencia, cuando existía un koiné lingüística romance. El léxico valenciano –que eliminó vocablos romances, arcaístimos latinos y provenzalismos- se formó lenta­mente en paridad con otros penin­sulares y, por supuesto, no fue Ca­taluña el lugar privilegiado para que surgiera una lengua culta –como insiste Corominas-, sino el Reino de Valencia en su Siglo de Oro; anticipándose también a Cas­tilla, pues incluso en el siglo XV, el gramático Nebrija se avergonzaba de la rudeza de su lengua. El filólogo catalán no perdona ni a la típica exclamación ¡che! (con­siderada todavía valenciana en la última edición del María Moliner). Corominas sabe que no tenemos defensa, pues la Universidad está en manos del taciturno Lapiedra y la Generalidad hace lo que puede para incrementar el catalanismo.

Están jugando con nosotros como hacían con los soldados heri­dos de Felipe IV en el siglo XVII: “algunos bárbaros (catalanes) no querían acabar de matarlos, porque tuviese todavía en qué cebarse el furor de los que llegaban después” (Melo, M.: Guerra de Cataluña, año 1641, p. 274).

EL CHUFERO Y LA “NOIA”



Por Ricardo García Moya
Las Provincias 19 de abril de 1998
Es una humilde letrilla popular, pero quizá sea el último texto en lengua valenciana que se editó en Cataluña antes de que en 1859 -con el cebo del “Jocs Florals”- los cazadores valencianos de “englatinas” catalanizaran su idioma. En 1858, la imprenta Flotats de Barcelona publicaba “El cantor de las hermosas”, con canciones en catalán, castellano y valenciano. De tema intranscendente abarcaban desde la tonadilla amorosa al soliloquio del personaje representativo de una región: los gallegos eran afiladores; los valencianos, chuferos, etc. Así, en una de ellas, un “cacahuer, chufer y bunyoler” recorre las calles “en lo cabás, portant chufes y balansa” (“Canción valenciana”. Barcelona, año 1858, p. 37), describiendo en primera persona y en idioma valenciano su trajinar hasta el anochecer, “y plegue quant pont lo sol”.
La obra entra en lo que el catalanismo motejó como “Renaiximent d´aspardenya”; sanbenito tramposo que resalta la mediocridad literaria y oculta el valor lingüístico que contiene. Los filólogos vascos, por ejemplo, consideran fundamentales los bertso paperak, hojas impresas que el autor cantaba por ferias y mercados por las mismas fechas que en Barcelona publicaban la canción del “chufer”, cuyo texto -salvo ligeras adaptaciones- respetaba desde el che, ¡Che ¿Vols rifat?, hasta el plural chufes (la inmersión alteraría interjección y sustantivo por “xe” y “xufles”).
Los versos “Y mentres tinga / per nar venént / cride a tot´hora: / ¡Nostros ¿rifem?!”, albergan el interesante sincopado “nostros”, metaplasmo con pérdida de vocal de nosatros, pronombre que alternaba con el pujante mosatros y que sustituía al desaparecido “nosaltres”; y la aféresis del infinitivo anar en “per nar venént”. Por el contrario, mantiene la conjunción mentres con la s final, y el verbo cridar (no “trucar”). Respecto a los titubeos ortográficos y algún solecismo, como usar quant (cuanto) por quan (cuando), también salpicaban la prosa de escritores cultos. Escrig admitía en 1851 estas variables, diferenciando si era conjunción, adverbio o pronombre por el contexto. El autor de la canción, voluntarioso, introduce incluso tímidas anástrofes o gongorinas licencias sintácticas: “Les meues ardors mitiguen / de les chufes la frescor” (p. 38).
Esta etopeya o descripción de costumbres enlaza con el romance impreso en Xátiva por Blas Bellver en 1852. Se trata de una patopeya o descripción de la pasión del chufero hacia Manela la Catalana. Este, enamorado, declara su amor en lengua valenciana, “yo te vullc” (no el “jo t´estimo” de la inmersión). En el impreso hallamos la voz catalana “noia”, usada correctamente por aludir a Manela. ¡Eixa noya! (sic); pero el restante léxico es propio del idioma valenciano: curruixes (prisas o agobios), llobades (con la singular acepción de manadas de lobos): consumix (no el “consumeix” usado en publicidad de la Generalitat), changlot, m´achopix, sapies, etc. El artículo lo también es respetado, incluso con valor de neutro “vaig a dirte lo que sent” (“el que sento” en catalán). Y mantiene el indicativo “yo tusc”, que en catalán sería “jo tusso”.
En estas obras es donde hemos de bucear para enriquecer nuestra lengua; éste es el talón de Aquiles de la inmersión, y de ahí que las ridiculicen. El IEC nos indica que hemos de ir al medievo para reencontrar nuestra raíz idiomática. ¡Por favor! ¿Qué neolatina hurga en la caótica morfosintaxis medieval para modernizarse? Los castellanos, por ejemplo, tendrían que retomar miles de palabras como ninna (niña), yentes (gentes), eixida (salida), feble (débil), ferida (herida), aprés, conquesta, reyal, etc., pues todas ellas aparecen en el Poema del Cid. Incluso encontramos complementos directos sin preposición y pronombres enclíticos exentos.
El encandilado valenciano dice a Manela que es “home de colp”, utilizando un sustantivo que en catalán sería “cop” (tal como leemos en los subtítulos que inserta en pantalla Canal 9, canal que se ha convertido en lo que pretendían: una subvencionada y enloquecida academia de catalán). Falta espacio para cotejar las diferencias entre la lengua valenciana del impreso de Xátiva y el catalán. Un verso dice: “en lo cabás y en les chufes”, que manipulado sería: “amb el cabás i amb les xufles”. El enamorado está “en febra” (con fiebre), voz ahora sustituida por el catalán “febre”. El romance contiene el verbo vore (no el “veure”) y la voz raere (detrás), que puede ejercer como preposición y adverbio y se suma al darrere y arrere regnícolas. Censurado por el Institut d´Estudis Catalans, raere sería bien recibido en los diccionarios de cualquier lengua románica, pero tiene la desgracia de haber nacido en el Reino de Valencia en el XVIII, consolidándose en el XIX y muriendo en el XX, por condena del Institut d´Estudis Catalans y la languidez que nos caracteriza. Pero es curioso, pues los mismos filólogos del IEC que nos prohíben raere, nos permiten usar la corrupción catalana “rere”.

Como era de esperar, la falsa Gramática Valenciana y el Diccionario de la Generalidad (Bromera, 1996) rechaza el valenciano raere, pero admite el corrupto rere catalán (p. 155) y todos los derivados: rerefons, rereguarda, rerepais... ¡Cómo juegan con nosotros!