martes, 23 de abril de 2013

VIDA DE SANT VICENT FERRER, APOSTOL D’EUROP (VI)



BIOGRAFÍA E HISTORIA DE SAN VICENTE FERRER
San Vicente Ferrer es el patrón de la Comunidad Valenciana (España). Pero la devoción al mismo se halla extendida por la mayor parte de los lugares que recorrió a lo largo de su peregrinación. Su elevación a los altares a mediados del siglo XV infundió gran vitalidad a la rememoración de sus hechos y fama. La encuesta realizada por Roma en distintos lugares de Europa para desarrollar el proceso de canonización hizo florecer innumerables referencias, convertidas después en tradiciones, que junto a los documentos históricos sobre las contingencias de su biografía, conservados en los archivos locales, sembraron los reinos medievales de una profunda devoción.
Numerosas capillas, ermitas y altares recuerdan por todos los rincones de Occidente anécdotas apócrifas o históricas con fiestas populares, debido en gran parte al reguero de milagros y de objetos vinculados a su persona, avalados con reliquias, que dejó tras de sí en su periplo de apostolado y predicación.
RASGOS BIOGRÁFICOS
Cuando Vicente Ferrer vio la luz en Valencia en enero de 1350, acababa de sufrir junto con el resto de Europa- una espantosa epidemia que conocemos como la "Peste Negra". La situación en la ciudad es fácil de imaginar gracias al relato de los cronistas de la época quienes señalan que más de 300 personas morían cada día. En la denominada aquel entonces Corona de Aragón    de convivían cristianos, judíos y musulmanes, con la riqueza de sus credos, y las luchas por los protagonismos sociales, marginadores de los sectores populares depauperados.
PRIMEROS AÑOS
Pedro Ranzano, el primer biógrafo de San Vicente, intentará mostrar que su protagonista y héroe fue un auténtico fraile dominico y por ello el modelo prototípico del fundador de éstos el español santo Domingo de Guzmán (h. 1173 1221) estará ya presente tanto en el relato de su nacimiento como de su niñez.
Lo cierto es que pertenecía a una familia acomodada pues su padre era notario, lo que además de brindarle unos prestigiosos padrinos de Bautismo escogidos entre la nobleza y ciudadanos de renombre- posibilitó que a partir de 1357 gozase del beneficio de Santa Ana en la Parroquia de Santo Tomás. Ello también hizo que iniciase estudios de latinidad en alguna de las Escuelas existentes entonces en la ciudad. Si bien, según la tradición popular se entretenía también con los juegos de niños y jóvenes pero sin olvidar sus actos de piedad. Un día llamó a las puertas del vecino Real Convento de Predicadores, los dominicos. A principios de febrero de 1367 tomó su hábito, renunciando para ello al señalado beneficio eclesiástico de Santa Ana.
Sus cualidades intelectuales sobresalían, y a partir de 1368 hasta 1375 observamos cómo sus Superiores lo mandan en calidad de estudiante a Barcelona, o como profesor de Lógica en Lérida en dicha ciudad estaba el Estudio General de la Corona y de Ciencias de la Naturaleza en Barcelona, prolongando sus estudios de especialización en Toulouse (actual Francia).
De este período de estudios sobresalen su amor a la Biblia y sus conocimientos de hebreo, la impronta de la doctrina de su hermano de Orden santo Tomás de Aquino (h. 1224 1274) y la fuerza de su formación filosófica reflejada en sus dos Tratados filosóficos escritos a los 22 años y en los que desde los postulados de la filosofía aristotélico tomista responde a algunas afirmaciones del imperante nominalismo bajomedieval.
Hoy conocemos en parte a sus profesores, pero mucho menos qué huella dejaron en él. Hay que señalar el encuentro providencial con el también dominico Tomás Carnicer en Lérida que le aficionó más a las cosas espirituales. Vicente Ferrer era ya una fuerte personalidad que irradiaba simpatía y atracción, aunque su posterior vida de estudiante en Barcelona esté revestida de tintes milagrosos como cuando profetizó la inminente llegada de unas naves cargadas de trigo en unos momentos de extrema necesidad para la ciudad.
EN EL CISMA DE OCCIDENTE
Vicente Ferrer vivió este Cisma con intensidad, le supuso los mayores sacrificios de su vida y aun la misma enfermedad. Pero vayamos a los hechos. En enero de 1377 se cumplía uno de los mayores anhelos de muchos sectores de aquella Cristiandad: el retorno de los Papas a Roma. A simple vista parecía que la estancia en Avignon, iniciada en 1309, se cerraba. Pero no iba a ser del todo así. En marzo de 1378 al morir Gregorio XI y en el cónclave del siguiente 8 de abril se eligió al italiano Arzobispo de Bari, que tomó el nombre de Urbano VI. Tumultos, presiones..., llevaron a hablar de falta de libertad en la elección. La huida de los cardenales franceses, unida a la ausencia de uno de los electores, y el adherirse a la causa el cardenal español Pedro de Luna, llevó consigo que el 9 de agosto un grupo de electores proclamase nula la elección realizada y que el 20 de septiembre del mismo año se eligiera a Clemente VII. La Cristiandad quedaba divida en dos sectores, más o menos amplios, según sus reyes, canonistas y universidades: el de la obediencia aviñonense y el de la romana.
¿Qué partido iba a tomar la Corona de Aragón con Pedro IV el Ceremonioso a la cabeza? Se habla de la "indiferencia" del rey, pero su hijo el Príncipe Juan se adhirió desde el principio a Clemente VII. Vicente Ferrer se había entrevistado en Barcelona con Pedro de Luna y éste le delegó para que interviniera en Valencia, donde se encontraba ya Perfecto Malatesta, Legado de Urbano VI. Vicente Ferrer ya en su ciudad natal fue elegido Prior de su Convento. Sus actividades a favor de la obediencia aviñonense fueron tales, que las autoridades ciudadanas escribieron a Pedro IV denunciándolas. No conocemos la respuesta del monarca. Sí, en cambio, la carta que el Príncipe Juan escribió a Olfo de Proxita rogando que interviniese para que no se molestase a Vicente Ferrer en su empresa clementista. La carta está fechada en enero de 1380.
Son los primeros sinsabores en el Cisma. Sinsabores que lo llevarán a renunciar al único cargo que tuvo a lo largo del resto de su vida en su Orden de Frailes Predicadores. Romper la actitud que muchos mantenían de indiferencia, o de adhesión al sector urbanista era tarea ardua. Y Vicente Ferrer acometió la empresa dejándonos un Tratado, sobre el Cisma Moderno, que hay que fechar en 1380, con el que con razones teológicas y del Derecho Canónico vigente pretende convencer de que el Papa legítimo era el de la línea aviñonense. 

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XIII)



D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXII -

Régimen municipal
Alfonso II, Rey. Valencia, año 1329. »Establecemos por fuero nuevo, que en la ciudad de Valencia sean elegidos cada año dos Justicias, un Almotacén (Mustazaf), y seis Jurados, esto es: un Justicia para lo criminal y otro para lo civil, de los cuales uno sea caballero y otro ciudadano; de modo que el año en que sea caballero el Justicia criminal, sea civil un ciudadano; y el otro año sea el ciudadano Justicia criminal, y Justicia civil el caballero; un año sea Almotacén un caballero, o generoso, y el otro año ciudadano, y de los seis Jurados, dos sean caballeros y cuatro ciudadanos.
     Este privilegio puede reducirse al sistema siguiente: la jurisdicción ordinaria competía al Justicia, la seguridad pública y la administración económica a los Jurados, al Racional y a los Síndicos, con atribuciones peculiares a cada uno de estos oficios: los arbitrios y fondos municipales al Consejo general de la ciudad; y la policía urbana, pesos y medidas y ornato al Almotacén (Mustazaf).
     Los cargos municipales eran, pues, las dos Justicias, seis Jurados, un Maestre Racional, dos Síndicos, un Almotacén, un Consejo general, compuesto de seis caballeros, cuatro ciudadanos honrados (prohomens), cuatro letrados, dos escribanos, dos mercaderes, sesenta y seis menestrales, esto es, dos de cada oficio de los treinta y seis aprobados; y en fin cuatro individuos de cada una de las doce parroquias.
     Nos ocuparemos de cada uno de estos cargos en particular.

- XXIII -

Los Justicias
Los Justicias no eran más que unos alcaldes ordinarios, muy parecidos en su institución a los antiguos zalmedinas de Aragón, o los vegueres de Cataluña. El vulgo solía dar a estos dignatarios el nombre de Un-sol-vehí; porque el fuero en que lo instituyó el Rey D. Jaime empieza con estas palabras: »Un sol vehí, &c." esto es, un vecino solo de la ciudad conozca en primera instancia de las causas civiles y criminales. No bastando sin embargo uno solo para la administración de justicia, creó otro el Rey D. Jaime II en 1321; y desde entonces perseveró dividida la jurisdicción en civil y criminal, conociendo cada uno de los Justicias privativamente de sus respectivas causas.
     Había también un Justicia, que al principio sólo conocía de las causas que no pasaban de 30 sueldos; después D. Jaime II le dio facultad para conocer hasta la suma de 50 sueldos, y finalmente se estendió a 300; llamándose por esto el Justicia de los trecientos, cuyo cargo desempeñaba un escribano.
     En los primeros tiempos forales era atribución de la corona el nombramiento del Justicia, según consta del privilegio 4.º del Rey D. Jaime I: después hacían los Jurados la propuesta, elevándola en terna al Rey, y en su ausencia al Baile General, como principio a verificarse en 1266; pero últimamente se obtuvo su elección, que tenía lugar la antevíspera de Navidad, en cuyo día prestaban los nuevos Justicias el debido juramento. Para ello escogían los Jurados a los candidatos de cualquiera de las doce Parroquias de la ciudad; y formaban la terna, dejando al Rey o al Baile General el nombramiento de uno, y reservándose para ellos el nombramiento del otro. Este sistema de elección se conservó desde el año, 1288 hasta la supresión de los fueros del reino.
     El Justicia presidía al cuerpo de los Jurados y al Consejo General.
     Cuando esta última corporación celebraba sus reuniones para tratar de negocios criminales, la presidencia correspondía al Justicia criminal; si su objeto era un negocio civil, le presidía el Justicia civil.
     Si llegaban circunstancias (aunque raras) en que hubieran de encontrarse ambos Justicias, la presidencia pertenecía al Justicia criminal. El llamado Justicia de los 300 sueldos no alternaba con aquellos dos funcionarios.
     El Justicia, como hemos dicho, egercía la jurisdicción ordinaria, y el criminal egercía por lo mismo el mero, mixto imperio en el término de su jurisdicción. En las causas criminales contra los nobles, formaba el sumario, lo elevaba a plenario; pero antes de fallar se consultaba a la corona, remitiendo los autos. Este caso se entendía cuando la pena en que un noble podía incurrir, era la de muerte, o de mutilación de miembro. El Justicia no podía, empero, fallar por su propia autoridad: debía por fuero asesorarse por los prohombres, o sea por el Consejo General, cuando se trataba de un negocio criminal; bien que nunca acostumbraron estos funcionarios a juzgar sin la asistencia de los abogados consultores.
     Podía también el Justicia condonar una pena, siempre que por circunstancias especiales, a juicio del Consejo, y no implicando el delito la pena de muerte natural, o de civil o de mutilación, le creyera el reo digno de esta gracia.
     En una palabra, el Justicia conocía de todas las causas, así civiles como criminales, y de éstas aun las que se intentaban contra los cuerpos eclesiásticos y clérigos sobre bienes de realengo. Los caballeros y ricos hombres no eran admitidos a los cargos de administración de justicia, cuyo poder se ha considerado siempre formidable. Con efecto, habiendo establecido como principal Magistrado, al que simplemente intituló Justicia, con amplísimas facultades para conocer todas las causas, tanto civiles como criminales, determiné que fuese plebeyo, y que sólo se le propusieran tres del estado general para dicho cargo: quiso también que los de la misma clase egerciesen el de Almotacén; y lo propio se observaba aun entonces con el de Baile, según se colige de Un fuero, en que declara, que el Baile después de dejar este cargo, puede servir el de Justicia. Lo mismo creyó que convenía por lo perteneciente al gobierno de la ciudad; pues luego que acordó que la rigiesen cuatro Jurados, y dio facultad para nombrarlos, declaró que habían de ser ciudadanos, esto es, plebeyos.
     Quejóse altamente la nobleza de que formando uno de los tres cuerpos o Brazos del reino, cuyo bien les interesaba tanto, se le prohibiese obtener los empleos de administración de justicia, sobre todo en aquellos pueblos principales, que con el ausilio de sus personas y de las de sus vasallos y descendientes se habían conquistado de los moros, obligando a esta clase a reconocer la autoridad de jueces plebeyos. El Rey y demás juiciosos de la plebe se hicieron cargo de la justicia de esta queja, y de los funestos resultados que podía producir tan enorme desigualdad. En su consecuencia instaron al Monarca los habitantes de este reino, para que corrigiese en muchos puntos el código valenciano; y así lo verificó en el año 1270, disponiendo con relación a esto, que uno de los tres sugetos, que se le proponían para el empleo de Justicia, hubiera de ser caballero. Cuando les hizo donaciones de algunos pueblos, y de la jurisdicción de los mismos, había ya dispuesto que observaran en este punto los Fueros, donde se hallan prescritos los derechos que competían a los particulares, las penas que debían imponerse a los delincuentes, y el ritual que se había de observar en los pleitos, como también la obligación de sentenciarlos con consejo de los hombres buenos o del Consejo General; reservándose sin embargo, en todas las causas civiles y criminales las instancias de recurso y manifiesta opresión. Por lo mismo se elevó después a tal grado de autoridad al Justicia de Valencia, que él solo era el que podía conocer de algunas causas criminales de los caballeros que se hallaban domiciliados en los demás pueblos del reino. Pero cuidó que no se introdujese en él el libre egercicio del mero imperio, y de un poder absoluto, independiente de las leyes que, sin concesión real, se apropiaban en Aragón los señores de los lugares, prohibiendo bajo pena de la vida, que los dueños de feudos hiciesen justicia alguna personal en los castillos, villas, alquerías, ni otros pueblos suyos, a no mediar un especial privilegio del Rey.
     En las Cortes celebradas en Valencia por D. Alfonso II el año 1329 se concedió a los eclesiásticos, caballeros y plebeyos, que poseyeran entonces o fabricaran después pueblos compuestos, a lo menos, de quince familias o casas en el término de cualquiera ciudad, villa real o de señorío particular, la jurisdicción civil, y también aquella parte de criminal que se limita a la imposición de penas, no muy graves, por razón de los delitos, quedando reservadas las demás a los mismos que egercían anteriormente el mero imperio en aquel territorio, añadiendo por fin el uso de la primera apelación de su providencia a los jueces ordinarios, y aun al Justicia de Valencia.

LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS, SUS RAZONES JURÍDICAS Y CONSECUENCIAS ECONOMICAS PARA LA REGION VALENCIANA (XV)




Autor: Antonio Magraner Rodrigo
Valencia 1975
ARV. Signatura 1607-2498


Parte Segunda

Capítulo I: El bando de expulsión y sus incidencias.

Acordado, definitivamente, por el Consejo de Estado, en 30 de enero de 1608 y 4 de abril de 1609, la expulsión de los moriscos, siendo, como acabamos de referir, el Duque de Lerma quien inclinó, decisivamente, al Monarca a ejecutarla, no tardó el valido en llevar a la práctica el encargo regio de tomar las medidas pertinentes a tal fin. Dicho acuerdo, que debía empezar por los moriscos del Reino de Valencia, que eran los más numerosos, se mantuvo, naturalmente, secreto hasta el momento de su expulsión.

Ante las noticias de su inminente expulsión y en previsión de posibles fugas y ocultamientos o venta de sus bienes por parte de los moriscos, es natural que las autoridades y también la Inquisición valenciana tomasen medidas precautorias para impedirlo.

Por eso vemos que, con fecha 30 de enero de 1609, el Inquisidor provincial Don Gabriel Picazo, en contestación a un escrito del Consejo Supremo del Santo Oficio, de 5 de marzo anterior, manifiesta haberse escrito “a todos los comisarios y a otros clérigos rectores de lugares de la Marina y de otras partes”, encargándoles, como ya se hizo en otras ocasiones, informasen acerca de los extremos contemplados al principio y en particular de “los moriscos que de dos años a esta parte falten en este distrito y de que edad y qualidad son y de que hacienda llevan o han vendido y qué motivos han tenido para ello o para estorbar el pasaje a los que quisieren embarcar”, sin haber tenido respuesta o aviso sobre ello.

Se remitían, además,  al organismo superior de la Inquisición dos testimonios de las juntas de Hacienda que se habían recogido en los meses de noviembre y diciembre de 1608.

A Segovia, morada circunstancial de Felipe III, desde el 2 de julio hasta el 3 de septiembre de 1609, se llamó al maestre de campo,  general Don Agustín Mejía, castellán de Amberes y bizarro general que había dirigido las operaciones de asedio de la plaza de Ostende, en 1601. Elegido para comenzar la ejecución de la real orden de expulsión, partió, seguidamente para Valencia, siendo portador de algunos pliegos para don Luis Carrillo de Toledo, Marqués de Caracena, Virrey y Capitán General de la Región, que había de ser el primer testigo del destierro. Salió, también, de la ciudad castellana, en dirección a Gandia, don Pedro Toledo, Marqués de Villafranca, con el fin de disponer lo necesario y tomar, luego, el mando de las galeras españolas.

Cursáronse, asimismo, órdenes    reservadas a varios Virreys y capitales generales, incluso los de Portugal e Italia,  para que aprestasen  escuadras con la misión de concentrarse a lo largo del litoral valenciano, desde Vinaroz hasta Alicante y cuando todos los preparativos estuvieron listos, el Marqués de Caracena, el 22 de septiembre de 1609 mandó publicar el bando de expulsión. Ese mismo día, al toque del Ángelus, tomados ya, por las fuerzas militares,  los puntos estratégicos de la capital valenciana, salía del Real el pregonero público Pedro Pi, para dar lectura a la multitud, que con ansia se agrupaba en derredor, del temido decreto. No por esperado dejó de causar viva impresión aquel acto imponente, que se repitió en las plazas y lugares acostumbrados.

Eran las principales disposiciones de dicho bando las siguientes:

1.- Todos los moriscos residentes en este Reino, así hombres como mujeres, como sus hijos, tanto naturales de él como extranjeros, excepto los esclavos, debían presentarse en el término de tres días, bajo pena de muerte, en los puertos de embarque designados al efecto (Valencia, Alicante, Vinaroz, Les Alfaques y Denia), proveyéndoles de lo necesario para su manutención durante la travesía, hasta desembarcar en Berbería (África). Solo se les permitía sacar de sus casas los bienes muebles que opusieran llevar sobre sus hombros el resto de sus bienes quedaría en propiedad de sus señores.

2.- Pasado el plazo de tres días, todo cristiano que encontrara un morisco prófugo del embarque, podía sin responsabilidad, prenderle, desvalijarle y hasta matarle si oponía resistencia.

3.- Bajo la misma pena de la vida, se conminaba a los moriscos para que no salieran de sus casas hasta ser conducidos, por el Comisario, a la embarcación,  ni que escondieran ni enterraren dinero u otros bienes, ni prendiesen fuego a sus casas, sembrados, huertas o árboles.

4.- Se apercibía a los cristianos viejos y a los soldados para que no maltratasen de palabra u obra a los que iban a ser desterrados, ni los ocultasen o encubrieran o les facilitasen ayuda para ello, bajo la pena de seis años de galeras.

5.- A más de los esclavos, quedaban exentos de expulsión: a) Un seis por ciento de varones labradores, con sus familias,  escogidos entre los mas viejos y que más prueban hubiesen dado de fe cristiana,  para que enseñasen sus prácticas agrícolas a los colones  cristianos que vinieran a sustituirles en las tierras por ellos abandonadas. Esta excepción era un reconocimiento de la capacidad de los moriscos para los trabajos del campo, pero la mauro parte de los designados rehusaron ser excluidos, prefiriendo seguir la suerte de los demás. Fue, posteriormente, anulada por el Monarca, ante la poderoso enemiga del Duque de Lerma,  con fecha 9 de enero de 1610. El texto originas de dicho bando lleva por colofón: “Impreso en Valencia en casa de Pedro Patricio Mey, junto a San Martín”. B) Los niños y niñas menores de cuatro años sin sus padres o tutores (siendo huérfanos) lo consintiesen. C) Los menores de seis años hijos de cristianos viejos quienes quedaran al lado de sus madres; y en caso de tratarse de un matrimonio mixto, solo sería expulsado el padre morisco. Con referencia a los nuños moriscos, la solución que finalmente se adoptó fue la de dejar a los menores de siete años y expulsar a los restantes. D) Los moriscos que, durante cierto lapso de tiempo, dos años por lo menos, hubiesen convivido entre cristianos sin acudir a las juntas de las aljamas. Y finalmente “los que recibieran el Santísimo Sacramento, con licencia de sus Prelados, lo cual se entenderá de los retores de los lugares donde tienen su habitación.

COMENTARIOS AL TEXTO CONTENIDO EN EL ARTICULO: LA PROSTITUCION VALENCIANA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIV .



Autor: Russafi 

Me gustaría hacer un breve comentario sobre este artículo, que he podido encontrar en los fondos del Archivo del Reino de Valencia, trabajo realizado por su autora M. Carmen Peris.

Me llenó de curiosidad  su título y por ello emprendí seguidamente su lectura, descubriendo importantes e interesantes aspectos del tratamiento que en el siglo XIV se le daba a la prostitución en el Reino de Valencia.

La primera curiosidad con la que me tropiezo es el tratamiento que en Els Furs del Regne de Valencia, otorgados por el rey Jaime I de Valencia, El Conquistador, en la legislación relativa al ordenamiento de la actuación de la profesión y a la denominación que, para estas mujeres, se utiliza en el texto foral valenciano: “putana püblica”. El rey Jaime I, muy comprometido en la organización política del Reino de Valencia, no dejó pasar por alto esta profesión que, dada su importancia, ocupaba un importante momento de la vida de los habitantes.

Si bien esta denominación era corriente en la primera mitad del siglo XIII, cuando se otorgaron los Fueros del Reino, fue cayendo en desuso en la medida en que, en el siglo XIV, se otorga al Consell de la Ciudad de Valencia, las facultades pertinentes para controlar y cuidar de las formas públicas de este importante negocio.

Así pues, empiezan a utilizarse las denominaciones de “puta, bagassa, picarona, goça, fembra errada, fembra de bordell, fembra pecadriu  o fembra que feia mal ses faenes..." con los diferentes sobrenombres con que se conocían: la murciana, la barcelonina, la çeciliana...” contempladas en los contenidos de las “composiciones” (denuncias), con las que los correspondientes Justicias Criminales penalizaban la explotación de las mujeres públicas, siempre que su actividad se dearrollase fuera del recinto que en la ciudad de Valencia se estableció para tal fin.

Por ello, desde primeros el siglo XIV, la prostitución se desarrolla en un barrio de la ciudad conocido como “Bordell o Pobla de les fembres pecadrius”, denominación ésta última con la que también se conocía a las mujeres ejercientes de la profesión, atribuyéndose a Jaime II de Valencia, el Justo, la creación de los “gettos”. Al mismo tiempo el indicado rey, Jaime II, dicta una provisión real que amplía la disposición foral en la que no se autoriza ni a moros ni a judíos el yacer con hembras cristianas, situación que debe ser controlada por el Justicia Criminal y también, en muchos casos, por el Mestre Racional.

Al existir diferentes variaciones sobre el control del ejercicio de la prostitución,  aparecen los alcahuetes, celestinas, proxenetas, variantes masculina y femenina  del trabajo sexual, hombres solteros y casados de “buena” reputación, mujeres, solteras y casadas también de “buena reputación”, madres y padres que prostituyen a sus hijas en su propia casa, padres de familia que entregan sus hijas a alcahuetas y celestinas para que “cuiden” de su aprendizaje adúltero, viudas que buscan su consuelo mediante el pago de honorarios, mujeres casadas que buscan más una prostitución esporádica que el adulterio, etc.

No obstante las ordenanzas de los Fueros del Reino y del Consell de la Ciudad, basadas principalmente en las buenas costumbres, aunque reconociendo que el ejercicio de la prostitución es inevitable y, en cierto modo, conveniente, las intervenciones en las denuncias del Justicia de Valencia y del Mestre Racional, se traducen en importantes multas, cuando existen quejas de la gente de bien de la ciudad porque han comprobado que la prostitución se escapa de los límites del “bordell o pobla de les fembres pecadrius”       

Es de destacar la procedencia de las habitantes de los burdeles valencianos, contándose de un total de 83 mujeres que ejercían la prostitución legal, por decirlo así, más del 50% procedían de Castilla, teniendo también procedencia de otros países europeos como Italia, Francia, Portugal y Grecia. Al tratarse de una profesión ejercida y ejerciéndose en todo el mundo, el Reino de Valencia, por su importancia y prosperidad en los años de la baja Edad Media, era conocida mundialmente y esa importancia, tanto comercial como artística, atrae a inmigraciones que vienen a establecerse y a ejercer sus profesiones.

El celestineo y el alcahueteo toman un importante auge, ya que el cobro de sus intermediaciones, entre prostitutas y usuarios de las mismas, les produce importantes ingresos económicos tanto en dinero, como en ropas como en joyas.

Para paliar este tipo de ejercicio carnal y con el fin de que en el sector profesional haya un escape para las mujeres ejercientes, a instancias de alguna nobleza valenciana se crea la Casa de las Arrepentidas, donde vienen a ingresar aquellas profesionales “de vida fácil” que desean escapar del ejercicio del “oficio más antiguo del mundo”, donde se cuida de su manutención y necesidades a cambio de adaptarse a las distintas reglas morales que rigen en la institución. Para ello, el Consell de la Ciudad contribuye con asignaciones en la medida de las necesidades que se presentan. A las residentes se les exige el renunciar a su profesión y, en muchos casos, la institución consigue casarlas con hombres honrados, después de un importante periodo de adaptación a la vida de las  mujeres decentes, casamiento que es premiado con una donación municipal de 10 florines de oro como ayuda para la celebración de su matrimonio.

LA GUERRA DE SUCESION EN VALENCIA (XXIV)



REVISTA DE HISTORIA MODERNA
Número 25 - 2007

LA GUERRA DE SUCESION EN VALENCIA (XXIV)
RETROSPECTIVA HISTORIOGRAFICA Y ESTADO DE LA CUESTION.
Páginas: 303 a 329
Autor: Carmen Pérez Aparicio.


Es cierto, sin embargo, que el erudito de Oliva llevó a cabo años antes algunas diligencias al respecto. De hecho, en 1734, el canónigo don José de Castellví le remitió la obra de Minyana para su revisión y dos años más tarde su hermano, el conde de Cervelló, desde su exilio en Viena, manifestaba su interés por recibirla y publicarla. No fue posible. El resultado traumático que para los valencianos -de cualquier filiación política- tuvo el conflicto sucesorio, puede explicar las dificultades encontradas, incluso entre los propios intelectuales austracistas, para editar la referida obra. Llama la atención incluso que el propio Mayans, distanciado ya también de la causa austracista abrazada por su padre, reproche a los seguidores del archiduque el haber dado motivo a la abolición de los Fueros, aunque por otro lado mantenga el tono quejumbroso hacia esta decisión de Felipe V y considere el tema "molesto" para los valencianos. De todas formas, el hecho de que la obra estuviera escrita en latín y su publicara en Holanda, limitó necesariamente su proyección al campo erudito, sin que los votos formulados por el ilustrado valenciano para una pronta traducción se vieran cumplidos hasta casi dos siglos después.

Muy similares fueron las vicisitudes que rodearon la publicación de la memoria del conde de Robres, que permanecieron inéditas hasta 1862. Su autor, de clara filiación borbónica, como Minyana,  fue también un testigo excepcional de los acontecimientos, vividos en la primera fila de la escena política. Su obra rezuma un amplio bagaje intelectual  y una sólida formación histórica y política y se caracteriza y destaca por una escrupulosa imparcialidad y por una capacidad de análisis y de juicio claramente excepcionales en el panorama historiográfico sobre la Guerra de Sucesión.

De otro lado, su origen aragonés,  y su conocimiento del sistema político y del entramado institucional de la Corona de Aragón, convierten sus Memorias en una lectura inexcusable para comprender el conflicto sucesorio desde una perspectiva periférica. Por lo que se refiere al asedio de Játiva por las tropas borbónicas, n dudó en hacerse eco de las atrocidades cometidas por el ejército contra los defensores de la población. Todos los defensores fueron exterminados por resistirse a las tropas D'Asfeld, pero, en su opinión, la actitud temeraria de los setabenses no justificaba el furor y la venganza con la que se comportaron los vencedores contra la población civil, deportada a Castilla, confiscados sus bienes y destruida finalmente la ciudad por una orden aprobada en la Corte.

Mejor suerte corrieron las obras del marqués de San Felipe y de Belando, que fueron publicadas en vida de Felipe V, pero el hecho de tratarse, como la de Robres,  de obras generales sobre la guerra y el del primer  Borbón explica que su interés sea limitado desde la perspectiva estrictamente valenciana. La obra del marqués de San Felipe, aparecida en 1725, es, sin duda,  la más ambiciosa de las que se publicaron en la centuria. Militar y diplomático sardo al servicio del Borbón, con quien mantuvo una cierta amistad, también literato,  fue testigo y protagonista de unos acontecimientos que recoge en general con rigor e imparcialidad, virtudes ambas que no pudieron evitar que el Borbón, disconforme con el tratamiento dado en distintos pasajes de la obra a la actitud de diferentes personajes, ordenara su retirada en el mismo año de su publicación. San Felipe, muestras, además, y una gran capacidad narrativa y analítica, lo que le sitúa en conjunto a mucha distancia de Minyana. Sin embargo, como es lógico, las referencias al Reino de Valencia son muy escasas y a veces confusas, si bien predomina la exactitud y la concisión.
Desde una postura comprometida con el Borbón, utiliza un lenguaje moderado para referirse a los partidarios del archiduque, aunque no ahora duras críticas a las clases populares ni mucho menos a su líder, el general Basset. No obstante, la obra revela cierta falta de rigor en algunos pasajes, lo cual es comprensible en una obra de tal envergadura, y en otros muy puntuales una clara y grosera manipulación de los hechos, como, por ejemplo, cuando pretende atribuir el incendio de la ciudad de Xátiva, llevado a cabo en junio de 1707, a la acción desesperada de los austracista sitiados por las tropas del francés D'Asfeld. De esta forma tan burda trata de  ocultar que la total destrucción de la ciudad se produjo, de manera premeditada, casi un mes después de ocupada la ciudad por el ejército borbónico, en cumplimiento de las órdenes dictadas por el propio rey, que se mostró insensible a las peticiones de clemencia formuladas. A favor del historiador hay que apuntar la valentía con la que reflejó algunos episodios dramáticos que ponían en entredicho la política llevada a cabo por el gobierno borbónico.

La obra del alicantino fray Nicolás Jesús de Belando completa el panorama historiográfico del XVII español. Bajo un enfoque también borbónico, el autor manifiesta en el prólogo su propósito de escribir "desnudo de pasión", lo que se deja notar en el tono ponderado de la narración y de los juicios, tan alejados, por ejemplo, de los excesos verbales descalificatorios del también eclesiástico Minyana. Este afán por conseguir un tomo moderado y pretendidamente aséptico y  sobre todo su intención de respetar al máximo el deseo de FelipeV, que "no quiere que se diga cosa alguna contra particulares ni contra la Monarquía", le obligó a ocultar aquellos  aspectos que podían  resultar más problemáticos, como él mismo lo anuncia: "aunque no lo digo todo falto a la verdad de la narrativa".

A pesar de ello,  no escatima descalificativos contra los campesinos valencianos seguidores del archiduque Carlos, a los que tacha de "facineroso y forajidos", y en cuanto a la veracidad de su relato es algo dudosa cuando se hurga en algunos de los episodios más dramáticos de la guerra. La noticia de la destrucción de Xátiva, por ejemplo, no permite a Belando superar la prueba de esa pretendida objetividad. Como también hiciera el marqués de San Felipe, exonera al Borbón de su exclusiva responsabilidad en la orden de incendiar y arrasar la ciudad, cuya población se aproximaba a los diez mil habitantes. Para ello no duda en exponer la tesis de la  autoría compartida entre borbónicos y austracistas. En su afán por disculpar al rey de las decisiones más criticadas, tampoco se priva Belando de formular opiniones más que discutibles. Así, respecto del tan denostado por todos los valencianos Decreto de 29 de junio de 1707, dice que los Fueros "más fueron moderados que abolidos, pues no en todo espiraron sino en parte se suspendieron".

Así pues y aunque resulte llamativo, "De bello rustico valentino" es, con todas sus limitaciones y aciertos, la primera y única historia de la Guerra de Sucesión en el Reino de Valencia hasta los tiempos actuales y punto de arranque de toda la literatura posterior. En el siglo XIX, otros historiadores se han ocupado del tema, pero, o bien han derivado hacia la defensa de los Fueros o han tratado el periodo en el contexto de historias más generales. El primero es el caso de Borrull y Vilanova, cuya obra fue publicada en 1810. El hecho de haber sido elaborada en unas circunstancias históricas excepcionales, explica que el enfoque y el alcance de la misma sean de carácter eminentemente político. Ya de entrada, establece como punto de partida un claro paralelismo entre la llegada de Felipe V y de su ministro Amelot, a quien atribuye el plan para suprimir las leyes forales, con la invasión napoleónica. La obra rezuma francofobia por los cuatro costados, planteamiento éste muy alejado des de las obras escritas durante el reinado de Felipe V.

MISTERIOS DE LA HISTORIA-XVI



Por: Ricardo de la Cierva
Editorial  Planeta

Segunda edición: febrero 1991

 CATALUÑA ENTRE LA HISTORIA Y EL FUTURO

En mi libro La derecha sin remedio he analizado la trayec­toria de Cataluña durante la era de Franco. El nuevo régi­men cometió serios errores -perfectamente inútiles- con­tra el sentimiento catalán, sobre todo en el campo de las restricciones culturales, como ha contado Dionisio Ridruejo en su libro Casi unas memorias. Sin embargo, la toleran­cia se fue imponiendo poco a poco, y durante esa época Cataluña experimentó un crecimiento y una prosperidad poco comunes en otras épocas de su historia. Catalanes insignes cooperaron con el régimen de Franco en puestos de gobierno y alta administración, y contribuyeron a la vida política y económica de Cataluña de forma destacadí­sima. Todo esto se ignora culpable e injustamente en la antihistoria de la propaganda ultracatalanista, pero se tra­ta de hechos reales y comprobables.

A1 llegar la transición democrática, el centro-derecha catalán fue en parte dirigido por el catalanismo antifran­quista, cuyos líderes principales son Jordi Pujol -proce­dente de medios católicos- y Miguel Roca y Junyent, pro­cedente de un curioso grupúsculo de oposición radical, pero vuelto muy a tiempo a la moderación. Rodolfo Martín Vi­lla, en sus Memorias, ha contado con objetividad los pro­gresos de la oposición catalanista de centro-derecha y los avances del antifranquismo en Cataluña, pese a lo cual la UCD, el centrismo nacional, obtuvo en las diversas eleccio­nes celebradas en el principado notables éxitos. Alfonso Osorio, por su parte, ha descrito desde dentro la opera­ción inspirada por la Corona y realizada por el presidente Adolfo Suárez para el restablecimiento de la Generalidad en la persona del antiguo líder de la Esquerra Josep Ta­rradellas, transformado durante el exilio en un político in­teligente y pragmático que ha contribuido decisivamente a la consolidación de la nueva democracia española desde Cataluña y ha revelado en sus Memorias encrucijadas y claves muy interesantes de la historia catalana reciente.

El hundimiento de la UCD tuvo graves repercusiones para la continuidad del centro-derecha nacional en Catalu­ña, cuyos efectivos y votantes han ido cayendo en la órbita del catalanismo de centro-derecha. El 1 de junio de 1984 protesté en mi columna del diario YA contra el discurso de investidura pronunciado por Jordi Pujol como presi­dente de la Generalidad. Hoy sería imposible decir lo mis­mo en ese pobre periódico, destruido y degradado por una equivocada política informativa episcopal, y luego caído en manos nacionalistas y después, o simultáneamente, por­que hace años que no sigo esa decadencia, en la órbita sucedánea de El País.


Los párrafos siguientes se inspiran en mi artículo-pro­testa citado, cuando en el diario YA, con 150 000 ejempla­res de venta, se podía escribir objetivamente sobre Ca­taluña.

Cataluña es racionalidad; Cataluña es pacto. Cataluña es seny. Cataluña fue la avanzada europea en España, y es ahora la avanzada española en Europa. Pero por enci­na de la racionalidad, el pacto, el seny, la avanzada y la vanguardia, Cataluña es sentimiento. No hay en Europa, ni seguramente en el mundo, un pueblo más sentimental que Cataluña. La insigne torpeza política del gobierno socialista, al utilizar flagrantemente a la justicia nacional española contra una victoria política catalana, ha provocado en Cataluña una riada, una pleamar de sentimiento. Los miles de afectados por la crisis de Banca Catalana -cuya administración no sé si ha sido un delito, pero sí me consta que ha sido un desastre- en cabeza de la manifestación  Jordi Pujol me parece un espectáculo emocionante corno casi nunca se había contemplado en España desde los gritos famosos de ¡Vivan las cadenas! que proferían los ciudadanos serviles uncidos al carro de Fernando VII; gritos que suelen expresarse en andaluz, pero que se inicia­ precisamente en Cataluña, como fue la única universi­dad de Cataluña la que dirigió al mismo rey absolutista la invocación célebre: Lejos de nosotros, Señor, la funesta manía de pensar. Ante la querella criminal más detonante de toda la historia contemporánea -la querella Burón-Gon­zález sobre Banca Catalana, dicho sea con tanta sinceri­dad como respeto- Cataluña entera ha vuelto a prescin­dir de la funesta manía de pensar y se ha echado a la calle; Una riada, una pleamar de emociones. Afortunadamente, después de meses de tortura, la querella ha fracasado por motivos que me parecen tan políticos como los que suscitaron. De esta forma han perdido todos: el Gobier­no central, el señor Pujol, la seriedad del pueblo catalán, justicia, la democracia y sobre todo los pobres accionistas­, de Banca Catalana, que encima aplaudieron a rabiar cuando en asamblea general se les comunicó que cada mil de sus pesetas quedaban reducidas a una. Todo un porten­to de la transición.

El discurso de investidura del presidente Pujol en mayo de 1984 ha sintonizado tanto con Cataluña que merece para su ilustre autor el título del más sentimental entre todos los catalanes, aunque ha escrito el discurso a impulsos de una fría y habilísima estrategia. No ha sido, naturalmente, el discurso de Banca Catalana (le sobra al señor Pujol inte­ligencia política para haber caído en semejante disparate), sino el Discurso de la Nación Catalana, en la misma línea         I suavemente chantajista que tanto cultivó su predecesor el señor Cambó. Diez referencias directas (a ver si algunos comentaristas aprenden a contar) y cinco indirectas justi­fican esta denominación. (Por desgracia, y ante la gran ma­nifestación que siguió a la investidura, el señor Pujol sí que dejó que su sentimentalismo desbordase a su pruden­cia y aprovechó a fondo, con demagogia tan reprobable como la de los impulsores de la querella, el problema de Banca Catalana que interpretó absurdamente como un ata­que no a él sino a Cataluña.)
Pero en el discurso de investidura -sesenta y cinco fo­lios tengo delante-, el candidato recalcó, entre otras ci­tas, la siguiente: «Reafirmo mi convicción de que Cataluña es una nación y que tiene derecho a que le sea reconocida su personalidad, tanto en el terreno cultural y lingüístico como en el político e institucional.» No se refiere el señor Pujol al reconocimiento del Estatuto, que ya está cuajado por ley orgánica, sino al reconocimiento cultural y políti­co de Cataluña como nación. Cierto que pide este recono­cimiento en el marco constitucional, lo cual es un refugio contradictorio, porque la Constitución no reconoce más nación que la española.

LENGUA VALENCIANA, UNA LENGUA SUPLANTADA


  

(Diputación de Valencia.2006)
Autora: Teresa Puerto
“La antítesis de la ciencia es el dogmatismo".
(Ortega y Gassset.)
A las nuevas generaciones de Valencia, sometidas y asfixiadas por la pesada losa del monolitismo lingüístico catalanizante, impartido desde las aulas y desde la Universitat-Estudi-General. Una Universitat, deformadora de opiniones sobre lo valenciano y acientífica en su dogmatismo.
VALENCIA 2005.  JUSTIFICACION .
La Generación del 68 fue una generación rebelde que lo puso todo en cuestión. Pese a las limitaciones de la época, disfrutó en la Universitat de Valencia de un pluralismo librepensante, fruto de las brillantes personalidades docentes que ilustraron su claustro:
Carlos París, J. L. Pinillos, J.M. Jover, Antonio Ubieto, Sánchez Castañer, J. Reglá, Emili Giralt, San Valero.........
Profesores eméritos, de diferentes ideologías que supieron despertar en aquella juventud nuestra el espíritu crítico y el desprecio al dogmatismo empobrecedor por ser, como dice Ortega, la antítesis de la ciencia. Las distintas versiones que se recibían en clase sobre la Lengua y la Historia de Valencia ( la versión catalana de Joan Reglá y el profesor Giralt, la versión aragonesa del Profesor Ubieto y profesora Cabanes, la versión centralista del professor Jover . ) fueron sumamente enriquecedoras.
Ellos depositaron en esas generaciones rebeldes la semilla de la duda, como base de todo aprendizaje, y el afán de investigación como base para el descubrimiento de la verdad, a la que sólo podríamos llegar mediante los archivos y los documentos. Personalmente nuestra mayor admiración hacia el gran medievalista internacional profesor Ubieto, a quien el alumnado le llamábamos la "rata de archivo" por sus documentadas teorías sobre la historia, actualmente patrimonio ya de prestigiosas universidades internacionales como la de Harvard (Estados Unidos). De ella pudo ser el Dr Ubieto su profesor emérito. Pero prefirió quedarse investigar por y para Valencia.
El profesor Ubieto y su Departamento de Historia Antigua y Media libraron una durísima batalla contra el catalanismo rampante que ya a finales de los 60 intentaba posicionarse en la Universitat falseando la historia de Valencia y de su Lengua. Los trabajos del profesor Ubieto desmontaron siempre, una por una, todas las falsedades del "Establishment" (poderes fácticos) catalán, obsesionado en apropiarse de una Lengua, una Cultura y una Historia que jamás les perteneció. Querían crear la "Gran Catalunya" engrandeciéndose a costa del patrimonio del histórico Reino de Valencia : con ello el nacionalismo catalán intentaba superar ese terrible complejo de inferioridad que siempre les ha atormentado desde hace siglos: ellos jamás fueron un Reino, tan solo condados. Lo que siempre fue un Reino de Valencia , ahora nos lo rebajan a la categoría geográfica de “pais” . Lo que siempre fueron condados feudales, ahora se los elevan a la categoria de “principat” ... La historia al revés.
Los triunfos de Don Antonio, como investigador, le costaron caro: en 1972 el profesor Ubieto fue enviado al exilio zaragozano por las nuevas huestes catalanizantes que se habían apoderado materialmente de la Universitat e hicieron de ella el coto del búnker-barretina. Todos los "disidentes" fueron condenados al ostracismo, al "gulag" de la burla cruel y del desprecio. Y así, poco a poco, el monolitismo histórico-lingüístico catalán acabó con el pluralismo librepensante que durante tantos años había ilustrado nuestras aulas literarias universitarias. Esa asfixiante situación es la que ha perdurado y perdura ...........
Era allá por los 60 cuando el Profesor Joan Reglá siempre nos solía recordar en sus clases: " Estos valencianos no se dan cuenta de que siempre que Cataluña sube Valencia cae y al revés. Difícilmente podemos ir a la par" .... Mejor una Valencia hundida y vasalla de Cataluña que una rival dura y competidora. En lo lingüístico y, sobre todo en lo económico.
Lástima que nuestras Nuevas Generaciones hayan sido desposeidas de su rebeldía crítica y de su descaro para plantar cara a un profesorado-Universitat-Estudi-General, más dado a hacer política que investigación, más vasallo del Establishment catalán que señor de lo propio.
Sin rebeldía y sin crítica, la Lengua, la Cultura y la Historia de Valencia han venido otros a reinventárnoslas .....................
VALENCIA 1 de Julio de 2005

"Un Idioma se diferencia de un Dialecto en que hay disposición official que dice una u otra cosa".
(Profesor Emilio Alarcos, Académico de la R.A.E.)
Esa disposición oficial, puramente política y no científica, decidió un día, bajo presiones interesadas del "Establishment" catalán, relegar a la, históricamente reconocida, Lengua Valenciana a la categoría de dialecto. Lo que históricamente siempre fue la Lengua Valenciana lo quieren rebajar a la infra-categoria de “dialecto” . Y lo que siempre fue el “dialecto barceloní” (ahora llamado catalán) lo elevan a la categoria de lengua . El mundo al revés.
¿ Por qué llamar catalán a lo que durante más de siete siglos se ha llamado LENGUA VALENCIANA ? Valenciano, Mallorquín y Catalán han sido y son TRES LENGUA ROMANCES, hijas de la misma madre: el Latín.
Pero de las tres, la PRIMOGENITA, la históricamente prestigiada, la universal, había sido desde siempre la Lengua Valenciana. Producto artificial de la "historiografía romántica" (fantasía) nacida de la Renaixença decimonónica, el DIALECTO BARCELONÍ , fue subido , en 1906, a la categoría de “lengua catalana” por esa acientífica disposición oficial y por poderío económico , desde entonces, le han robado a la Lengua Valenciana su PRIMOGENITURA, su koiné, su siglo de oro, su historia .... Pura cuestión de MARKETING embaucador y folklore nacionalista, fruto de la fantasía histórica, tantas veces denunciada y condenada por el historiador catalán Jaume Vivens i Vives.
Sin embargo, pese a todo, ahí están los archivos, tozudos y pétreos, y la HISTORIA documentada para contradecir falsedades y devolverle a la Lengua Valenciana su puesto y rango históricamente innegables. Los testimonios documentados ayudan a entenderlo un poco mejor 

miércoles, 10 de abril de 2013

EL CHUFERO Y LA “NOIA”





Por Ricardo García Moya
Las Provincias 19 de abril de 1998
Es una humilde letrilla popular, pero quizá sea el último texto en lengua valenciana que se editó en Cataluña antes de que en 1859 -con el cebo del “Jocs Florals”- los cazadores valencianos de “englatinas” catalanizaran su idioma. En 1858, la imprenta Flotats de Barcelona publicaba “El cantor de las hermosas”, con canciones en catalán, castellano y valenciano. De tema intranscendente abarcaban desde la tonadilla amorosa al soliloquio del personaje representativo de una región: los gallegos eran afiladores; los valencianos, chuferos, etc. Así, en una de ellas, un “cacahuer, chufer y bunyoler” recorre las calles “en lo cabás, portant chufes y balansa” (“Canción valenciana”. Barcelona, año 1858, p. 37), describiendo en primera persona y en idioma valenciano su trajinar hasta el anochecer, “y plegue quant pont lo sol”.
La obra entra en lo que el catalanismo motejó como “Renaiximent d´aspardenya”; sanbenito tramposo que resalta la mediocridad literaria y oculta el valor lingüístico que contiene. Los filólogos vascos, por ejemplo, consideran fundamentales los bertso paperak, hojas impresas que el autor cantaba por ferias y mercados por las mismas fechas que en Barcelona publicaban la canción del “chufer”, cuyo texto -salvo ligeras adaptaciones- respetaba desde el che, ¡Che ¿Vols rifat?, hasta el plural chufes (la inmersión alteraría interjección y sustantivo por “xe” y “xufles”).
Los versos “Y mentres tinga / per nar venént / cride a tot´hora: / ¡Nostros ¿rifem?!”, albergan el interesante sincopado “nostros”, metaplasmo con pérdida de vocal de nosatros, pronombre que alternaba con el pujante mosatros y que sustituía al desaparecido “nosaltres”; y la aféresis del infinitivo anar en “per nar venént”. Por el contrario, mantiene la conjunción mentres con la s final, y el verbo cridar (no “trucar”). Respecto a los titubeos ortográficos y algún solecismo, como usar quant (cuanto) por quan (cuando), también salpicaban la prosa de escritores cultos. Escrig admitía en 1851 estas variables, diferenciando si era conjunción, adverbio o pronombre por el contexto. El autor de la canción, voluntarioso, introduce incluso tímidas anástrofes o gongorinas licencias sintácticas: “Les meues ardors mitiguen / de les chufes la frescor” (p. 38).
Esta etopeya o descripción de costumbres enlaza con el romance impreso en Xátiva por Blas Bellver en 1852. Se trata de una patopeya o descripción de la pasión del chufero hacia Manela la Catalana. Este, enamorado, declara su amor en lengua valenciana, “yo te vullc” (no el “jo t´estimo” de la inmersión). En el impreso hallamos la voz catalana “noia”, usada correctamente por aludir a Manela. ¡Eixa noya! (sic); pero el restante léxico es propio del idioma valenciano: curruixes (prisas o agobios), llobades (con la singular acepción de manadas de lobos): consumix (no el “consumeix” usado en publicidad de la Generalitat), changlot, m´achopix, sapies, etc. El artículo lo también es respetado, incluso con valor de neutro “vaig a dirte lo que sent” (“el que sento” en catalán). Y mantiene el indicativo “yo tusc”, que en catalán sería “jo tusso”.
En estas obras es donde hemos de bucear para enriquecer nuestra lengua; éste es el talón de Aquiles de la inmersión, y de ahí que las ridiculicen. El IEC nos indica que hemos de ir al medievo para reencontrar nuestra raíz idiomática. ¡Por favor! ¿Qué neolatina hurga en la caótica morfosintaxis medieval para modernizarse? Los castellanos, por ejemplo, tendrían que retomar miles de palabras como ninna (niña), yentes (gentes), eixida (salida), feble (débil), ferida (herida), aprés, conquesta, reyal, etc., pues todas ellas aparecen en el Poema del Cid. Incluso encontramos complementos directos sin preposición y pronombres enclíticos exentos.
El encandilado valenciano dice a Manela que es “home de colp”, utilizando un sustantivo que en catalán sería “cop” (tal como leemos en los subtítulos que inserta en pantalla Canal 9, canal que se ha convertido en lo que pretendían: una subvencionada y enloquecida academia de catalán). Falta espacio para cotejar las diferencias entre la lengua valenciana del impreso de Xátiva y el catalán. Un verso dice: “en lo cabás y en les chufes”, que manipulado sería: “amb el cabás i amb les xufles”. El enamorado está “en febra” (con fiebre), voz ahora sustituida por el catalán “febre”. El romance contiene el verbo vore (no el “veure”) y la voz raere (detrás), que puede ejercer como preposición y adverbio y se suma al darrere y arrere regnícolas. Censurado por el Institut d´Estudis Catalans, raere sería bien recibido en los diccionarios de cualquier lengua románica, pero tiene la desgracia de haber nacido en el Reino de Valencia en el XVIII, consolidándose en el XIX y muriendo en el XX, por condena del Institut d´Estudis Catalans y la languidez que nos caracteriza. Pero es curioso, pues los mismos filólogos del IEC que nos prohíben raere, nos permiten usar la corrupción catalana “rere”.
Como era de esperar, la falsa Gramática Valenciana y el Diccionario de la Generalidad (Bromera, 1996) rechaza el valenciano raere, pero admite el corrupto rere catalán (p. 155) y todos los derivados: rerefons, rereguarda, rerepais... ¡Cómo juegan con nosotros!

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (IV)


 

D. Vicente Boix
Valencia 1855

 XLII Universidad literaria


RECTORES PRINCIPALES.
     El gobierno de esta escuela, antes de la precitada bula de Sixto V, estuvo a cargo de diferentes Catedráticos, que con el título de Rectores fomentaron la enseñanza, mereciendo entre ellos especial mención los siguientes:
     Juan Celaya, nació en Valencia, y habiendo hecho los primeros estudios en esta Universidad, pasó a la de París, donde se graduó de Doctor en Teología, y obtuvo una Cátedra de dicha facultad. Enseñó también las artes en los colegios de Cocqueret y Santa Bárbara de la misma capital. Las luces que este sabio derramaba, y los vastos conocimientos que en él se traslucían, le grangearon tal nombradía, que fue elegido Vicario General de varios Obispados, y condecorado con una de las más honoríficas dignidades de aquel reino. Vuelto a su patria en 1525, y admirada Valencia de los eminentes talentos y virtudes de tan esclarecido hijo, suplicó al Emperador Carlos V se dignara interponer su mediación para que permaneciese en su seno por los grandes bienes que de su saber y de sus virtudes se esperaban. Le nombraron con este objeto Rector perpetuo de la Universidad, que gobernó por muchos años con los más felices resultados. Él desterró de esta escuela el espíritu de sofistería que la tenía a la sazón dominada con menoscabo de las ciencias, e introdujo el buen gusto y método de enseñanza en cuanto las luces de su siglo permitían. Honróle Carlos V con muestras de singular aprecio, haciéndole pasar a la Corte para utilizar sus conocimientos; y favorecido por su real munificencia, publicó varias obras de filosofía y teología, que se imprimieron en Valencia. La especie de que por su consejo dispuso el Ayuntamiento que al reedificarse en 1517 el puente de Serranos, se enterrasen en sus cimientos muchas lápidas romanas que existían en esta ciudad, indicada por Escolano, y seguida por otros, fue una calumnia inventada por sus enemigos, que tuvo muchos, por las mercedes con que le honró este Ayuntamiento y el mismo Emperador Carlos V. El único fundamento de Escolano fueron las palabras que había oído a Pedro Juan Núñez, que se lamentaba de aquella pérdida; pero Núñez no había nacido cuando se supone el entierro de las lápidas, y en aquella época, y muchos años después, no se hallaba Celaya en Valencia, sino en París, de donde no regresó hasta el año 1525.
     Pedro Juan Monzó, natural de Valencia, fue Catedrático de Artes de esta Universidad, y uno de los más célebres filósofos y matemáticos que llamaron la atención de su siglo. De él ha dicho un esclarecido escritor, »que con sola la doctrina de este maestro, no tenía que envidiar esta Universidad la gloria que daban a las primeras de España sus más sabios profesores." Movido el Rey de Portugal de la fama de su erudición, le confió la enseñanza de filosofía en la Universidad de Coimbra, que acababa de fundar, cuyo cargo desempeñó en competencia de Nicolás Grucchio, célebre Doctor parisiense, que se hallaba a la sazón en la misma escuela, a quien arrebató no pequeños laureles. Vuelto a su patria, fue nombrado Rector de esta Academia, y después Chanciller por el Venerable Patriarca D. Juan de Ribera. Publicó varias obras de filosofía, matemáticas, cronología y teología, que se imprimieron en Valencia, y le merecieron el dietado de sabio entre nacionales y estrangeros.
     Juan Blas Navarro nació en Valencia en 1526, y dedicado desde su niñez al estudio de las Bellas Letras en esta Universidad, hizo tales progresos, que todos se admiraron de tan precoz ingenio. Hablaba la lengua latina con tal facilidad y pureza, cual si le fuese nativa. Graduado de Maestro en Artes y Doctor en Teología, obtuvo una Cátedra en esta facultad, siendo numerosísimo el número que a sus lecciones asistía atraído de su encantadora elocuencia. Sacó muy aventajados discípulos, contándose entre ellos los dos escritores Francisco Peña, aragonés, y Fr. Miguel Bartolomé Salou, valenciano. En 1574 fue elegido Rector de la escuela, que gobernó con suma discreción, introduciendo notables mejoras en todos los ramos del saber. Publicó algunas obras teológico-canónicas, que se imprimieron en Valencia, y dieron celebridad a su nombre.
     Desde que por la bula de Sixto V quedó vinculado el cargo de Rector de la escuela a las Dignidades de la iglesia Metropolitana, parece se trató de escoger aquellos sugetos, que a los conocimientos literarios, añadían los títulos de nobleza y distinguido nacimiento. Y no era por cierto en aquel siglo desacertada esta idea, por el gran prestigio o influencia que sobre la sociedad tenía la nobleza. Así es que en el catálogo de los Rectores de aquel tiempo se encuentran los nombres siguientes:
     D. Gerónimo de Moncada, de la nobilísima casa de los Marqueses de Aitona.
     D. Cristóbal Frígola, hijo del Vice-Canciller D. Simón Frígola, Doctor de Teología en esta escuela, Sumiller de Cortina de Felipe II, Deán de esta iglesia; y a los diezinueve años Canónigo de la misma por especial bula de Gregorio XIII.
     D. José de Cardona, Maestro en Artes y Doctor en Teología, caballero de la primera nobleza de Valencia, y teólogo esclarecido de su tiempo.
     D. Miguel Vich, D. Archileo Frígola Pardo de la Casta, D. Cristóbal Bellvís, y otros muchos de las más ilustres familias de la capital.
     Digno es de particular recuerdo el Canónigo Don Joaquín Segarra, Doctor en Teología, y Rector que fue de esta escuela en 1778. Divididos estaban en opuestos bandos los cursantes de teología de aquella época con los nombres de Tomistas y Suaristas. Llegaba a tal estremo esta especie de fanatismo escolástico, que sus seguidores no sólo no alternaban entre sí, sino que ni siquiera se hablaban, viniendo a las veces a las manos. Necesitábase de un hombre particular, que a los conocimientos de las doctrinas de la época, juntase la sensatez de un verdadero filósofo. Éste fue Segarra, quien con una despreocupación agena de su siglo, y una prudencia singular, supo inspirar a los profesores y alumnos la tolerancia por las opiniones científicas, desterrando por este medio las disputas estrepitosas, y desapareciendo de la escuela la imprudente rivalidad tan contraria a los progresos de las ciencias.
     D. Vicente Blasco y García es sin disputa uno de los más insignes Rectores que han gobernado esta Universidad. Nacido en Torrella, pueblo inmediato a Játiva, estudió la filosofía en esta escuela, distinguiéndose entre todos sus discípulos, y obteniendo los grados de Bachiller y Maestro de Artes. Ingresó en la Orden de Montesa por medio de una rigurosa oposición, y convencido de que las Bellas Letras son el camino que más derechamente conduce al verdadero y sólido saber, se dedicó enteramente al estudio y al retiro renunciando hasta aquellos honestos placeres que en los colegios se permiten, para emplear este tiempo en los clásicos del siglo de Augusto. Graduado de Doctor en Teología, fue nombrado Académico público de esta facultad, que tenía entonces el título de Catedrático estraordinario, desempeñando este encargo con singular aprovechamiento de los alumnos. Cuando en 1761 se publicaron en Valencia las obras poéticas del Maestro Fr. Luis de León, y en 1770 la de los Nombres de Cristo, se le confió el cuidado de ambas ediciones, añadiendo a la última el nombre de Cordero, y un estenso prólogo sobre la lectura de buenos libros, donde a la par de una fina crítica y erudición asombrosa, campea el lenguaje más castizo y armonioso. En 1763 obtuvo la Cátedra de Filosofía, y conociendo las estravagancias de la doctrina aristotélica que entonces se enseñaba, y que tanto distaba del espíritu del príncipe de los filósofos, se dedicó a la lectura de los escritores modernos, que con tan gloriosos esfuerzos habían quitado al Estagirita el cetro de la filosofía, al menos en el ramo de ciencias físicas, inculcando estos conocimientos a los jóvenes de más talento y aplicación, entre otros D. Juan Bautista Muñoz y D, Antonio Cabanilles, a quienes señaló el verdadero camino para que fuesen un día gloria de esta escuela y honra de la nación. Concluido el curso de filosofía, pasó a la Corte, y el Sr. D. Carlos III le confió la instrucción del Infante D. Francisco Javier, joven de bellas esperanzas, pero que desvaneció la muerte con golpe harto prematuro. Fuéronle también encargadas varias comisiones literarias, difíciles cuanto honoríficas, que desempeñó con un celo e inteligencia sin par; entre otras el arreglo de los reales estudios de S. Isidro, que tanto honor dieron a su autor. Nombrado Rector de esta Universidad en 1784 elevó a S. M. una sabia esposición, manifestando que si bien eran grandes los progresos que en las ciencias se hacían en esta escuela, no correspondían empero a los adelantos del siglo, entorpeciendo su marcha el demasiado apego al método antiguo, que tan ciegamente se seguía. Cometióle S. M. la difícil tarea de ordenar un nuevo plan de estudios, como en efecto lo ordenó, mereciendo la real aprobación, y mandándose observar en 1787:Un completo análisis de tan bien entendido plan, fuera empresa harto larga y agena de una reseña histórica; baste, pues, decir que todas las ciencias recibieron un vigoroso impulso, que las elevó a la altura, de los conocimientos del siglo, y en especial la facultad de Medicina vio inaugurada una Cátedra de clínica, que fue la primera que se conoció en España. Concluiremos la biografía de este ilustre literato con la relación de un hecho que, a la par que grandemente le honra, descubre la insaciable ambición que de saber tenía, y fue el haberse dedicado en medio de sus gravísimas ocupaciones, y después de los cincuenta y dos años de su edad, al ingrato estudio de las lenguas griega y hebrea, que poseyó con admirable perfección.