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domingo, 18 de mayo de 2014

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (VII)


D. Vicente Boix
Valencia 1855

     D. Juan Bautista Muñoz, natural de Museros, pueblo inmediato a Valencia, estudió las matemáticas, filosofía y teología en esta escuela. Habíase ya introducido en su tiempo el gusto por la filosofía moderna: los teólogos empero, especialmente tomistas, la rechazaban como inaplicable a las ciencias eclesiásticas. Muñoz, pues, combatió muy felizmente esta preocupación, publicando una disertación escrita con tanta solidez como pureza. Trasladado a Madrid, principió a dar a luz algunos de sus trabajos literarios, mereciendo por ello el aprecio de los sabios. Pero lo que más contribuyó a fijar para siempre su crédito, fue el juicio que imprimió en Madrid en 1778 sobre el tratado de educación claustral que acababa de publicar el P. Pozzi. Había conseguido el autor sorprender al Consejo de Castilla hasta el punto de mandar que sirviera esta obra de modelo en los estudios de los regulares de España. Viendo el señor Muñoz comprometido el honor de la literatura nacional, trató de quitar la máscara a su autor, y presentarlo a la faz de la república literaria tal cual era. Esto lo consiguió publicando su Juicio crítico, obra que le honró sobremanera, y aseguró su crédito entre nacionales y estrangeros. La otra producción que a poderla concluir hubiera elevado a Muñoz al rango de los primeros escritores, fue su Historia del Nuevo-Mundo. Encargado de tan arduo cometido, recorrió con ímprobo trabajo casi todos los archivos de España, y esplotando con hábil crítica estos ricos mineros, recogió un caudal inmenso de materiales, que supo coordinar con la mayor inteligencia. Publicó el primer tomo, y cuando tenía ya muy adelantado el segundo, la muerte lo arrebató, y quedamos privados de una buena historia de América, que nos vindicara de las calumnias e inexactitudes de los estrangeros.
     D. Antonio José Cabanilles, natural de Valencia, estudió filosofía y teología en esta escuela, mereciendo las mejores distinciones de sus Catedráticos. Apenas concluidos sus estudios, ya dio muestras inequívocas de su aplicación y estudió en las oposiciones a las Cátedras de filosofía, admirando todos la soltura y profundidad de joven tan brillante. Nombrado Preceptor del Duque del Infantado, pasó a París, en donde se dedicó a la botánica en 1781, cuando contara treinta y seis años de edad. Rápidos fueron los progresos de Cabanilles en este ramo, pues en 1785 publicó la primera de sus disertaciones, que llenó de admiración a los sabios de la Francia. S. M. le nombró Dignidad de Sevilla, y Director del Real Jardín Botánico. Las academias y sociedades científicas estrangeras le admitieron en su seno, prodigándole los mayores elogios. La república literaria perdió a este hombre inmortal en 1801; y en 1808 S. M. mandó se colocara su retrato en la clase de orden, como testimonio del aprecio real y europeo que había merecido. Las producciones de Cabanilles son conocidas en España y en el estrangero, y su muerte no podrá borrarse de la memoria de los sabios.
     Juan Andrés, natural de la villa de Planes, estudió las humanidades y filosofía en esta escuela, mostrando ya un talento estraordinario, y ofreciendo las más bellas esperanzas. Habiendo ingresado en la Compañía de Jesús, y trasladado a Italia en virtud de la espulsión, fue el asombro de los literatos italianos, que con tanto desprecio miraban entonces a los españoles. Desde luego le fueron abiertas las puertas de las academias científicas de aquel reino, y todos los sabios a porfía se disputaron su amistad y correspondencia epistolar. La sola obra del Origen y progresos de la literatura es un monumento donde permanecerá grabado con gloriosos caracteres el nombre de este sabio y de la nación a que perteneció. Una lectura inmensa, un ingenio profundo, una crítica sagaz, un gusto refinado, y una facilidad y pureza admirable de una lengua que no le era nativa; he aquí las dotes que se necesitaban para dar cima a tan colosal empresa, y que tan eminentemente distinguieron a Andrés.
     José Francisco Ortiz, natural de Ayelo de Malferit, estudió filosofía, jurisprudencia y teología en ésta, dando muestras de su gran disposición. Aficionado en estremo a las antigüedades, hizo un viage a Roma, con sólo el objeto de adquirir mayores conocimientos en la arqueología. Consultando allí con los más sabios anticuarios, y estudiando los monumentos más célebres, llegó a formarse un arqueólogo consumado. Al regresar a España se estableció en la Corte, dándose muy pronto a conocer por las obras que publicó. En 1813 S. M. le nombró Deán de la Colegial de Játiva, cuyo destino sirvió con la mayor exactitud y prudencia. Si sus escritos relativos a las antigüedades y arquitectura fueron muy celebrados, no tuvieron menor nombradía las traducciones del griego, las trajedias que compuso, y la historia de España que publicó, mostrándose un hombre eminente en todo género de literatura.
     D. Simón Rojas Clemente, natural de Titaguas en el reino de Valencia, estudió filosofía en esta escuela bajo la dirección del benemérito e ilustrado profesor D. Antonio Galiana, manifestando ya en los primeros años de sus estudios un ingenio singular, mereciendo obtener los grados de filosofía y de teología a título de sobresaliente. Desde niño se dispertó en Clemente una afición sin igual a las ciencias naturales, y con objeto de cultivarlas pasó a la Corte, en donde hizo oposición a la Cátedra de hebreo y de lógica en el Seminario de Nobles. Si bien no obtuvo las Cátedras, sin embargo desempeñó la enseñanza en calidad de sustituto, formando aventajados filósofos. Abiertos en 1800 y 1801 los cursos de botánica, mineralogía y química, se entrego a su estudio con tal tesón, que fue el asombro de discípulos y profesores por sus rápidos progresos. Intentó pasar al África con el célebre Badía (Alí-Bey); mas no pudiendo verificarlo, recorrió las ciudades de Andalucía, y pasó a Londres y París, procurando saciar en estas ciudades su sed inagotable de saber, asistiendo a las lecciones de historia natural, y visitando los Museos. Hombre inteligente y laborioso, prestó eminentes servicios a su nación, y con sus viages y escursiones engrandeció nuestros Museos, formando magníficas colecciones de mineralogía y botánica. La invasión del egército francés en1808 impidió a Clemente continuar sus espediciones científicas; empero en cambio se dedicó a escribir algunas memorias, que le honraron sobremanera. Todas las sociedades literarias de Europa le enviaron el diploma, y los sabios así nacionales como estrangeros se honraron con su amistad. Sus escritos han sido tan bien recibidos como elogiados, y en especialidad el que tituló Ensayo sobre las variedades de la vid, fue trasladado a casi todas las lenguas de Europa. La patria lo llamó al Congreso Nacional en 1821, desempeñando el cargo de Diputado con la mayor exactitud y entereza, correspondiendo cumplidamente a la confianza de los comitentes. Una muerte prematura arrebató a este insigne naturalista: su pérdida fue sentida de todos los sabios, que se prometieron grandes adelantos en las ciencias por medio de este talento privilegiado.
     D. Gabriel Ciscar, natural de Oliva, estudió filosofía en esta escuela, recibiendo en la misma el grado de Bachiller con todos los honores. Inclinado a las armas, se dedicó a la marina, siendo tan rápidos los progresos, que en el transcurso de diez años ascendió desde guardia hasta Teniente de navío y director del departamento de la Academia de Cartagena. Sus conocimientos matemáticos y náuticos fueron tan superiores, que se le confiaron las comisiones científicas de la mayor importancia. Las vicisitudes políticas de 1808 obligaron a Ciscar a sacrificarse por la felicidad de su patria. Nombrado individuo de la Junta Central, desempeñó con el mayor tino un encargo tan difícil en tan críticas circunstancias; y promovido a gefe de escuadra, se le encargó el gobierno militar de la plaza de Cartagena. Sirvió la plaza de Secretario del Despacho de Marina en 1810, mereciendo que en Octubre del mismo año se le nombrara individuo de la Regencia. Publicó varias obras de matemáticas y náutica, como también algunas poesías; y si bien las primeras revelan los profundos conocimientos de este ilustre marino, las segundas patentizan el fino gusto de tan distinguido poeta.


BIBLIOTECA.
     Faltábale todavía a esta Universidad para llegar al colmo de su grandeza una selecta biblioteca, donde los sublimes ingenios de que tan fecundo es el suelo valenciano, pudiesen beber los limpios raudales de la sabiduría. Llenóse, pues, tan grande vacío, no por el poder de algún príncipe, ni con el ausilio de públicos caudales, sino por la sin par liberalidad de uno de sus más predilectos hijos. El Ilmo. Sr. D. Francisco Pérez Bayer, tan célebre por sus escritos como por sus viages literarios, dio una relevante prueba del amor que a su patria y escuela profesaba. Poseía este ilustre sabio una esquisita colección de libros de varios idiomas, y de todo linage de literatura, adquiridos a costa de inmensos caudales y fatigas, y plúgole desprenderse de tan rica joya, y consagrarla a la pública instrucción, no después de su muerte, como muchos literatos lo hicieron, sino cuando en edad todavía lozana, tenía todos sus placeres en el estudio. Manifestó sus generosos deseos al Ayuntamiento, como patrono de la Universidad, y en 27 de Julio de 1785, con asistencia de todas las corporaciones civiles y eclesiástica de esta capital, y de un lucidísimo concurso, se inauguró la nueva biblioteca en medio de las más tiernas sensaciones. Constituido Pérez Bayer en el local al efecto destinado, colocó por su propia mano en un estante los seis grandes tomos de que consta la Biblia Políglota Complutense, para que sirviera de cimiento al edificio que consagraba a la literatura esta obra colosal, que tanto honra a la nación española. Entregó después una llave al Presidente del Ayuntamiento y otra al Rector de la escuela, en señal de la donación absoluta que de tan rico tesoro hacía. Componíase la Biblioteca Bayeriana de veinte mil volúmenes, aumentándose después este número, ora con los continuos regalos que durante su vida hizo el ilustre fundador, ora con donaciones de generosos literatos, que la llevaron muy en breve al mayor crecimiento.
     Mas este precioso establecimiento, fruto de tantos afanes y fatigas, fue reducido a cenizas en el bombardeo que sufrió esta capital en 7 de Enero de 1812. Una bomba lo incendió, y las llamas lo devoraron; pérdida en todo sentido irreparable: así se pasaron más de veinte años sin tener esta capital una biblioteca pública, con cuyo ausilio pudiera tomar vuelo el genio valenciano, hasta que reedificada la antigua con muy notables ventajas en el reinado de Isabel II, quedó abierta en 7 de Enero de 1837, aniversario de su destrucción.
     Esta nueva y hermosa biblioteca se halla enriquecida con más de treinta y seis mil volúmenes, debidos también en su mayor parte a la liberalidad de ilustres valencianos. El primero que legó todos sus libros para la restauración de la biblioteca, fue el esclarecido Rector D. Vicente Blasco, y una vez dado el impulso por este grande hombre, tuvo muchos que imitaron tan generoso desprendimiento. Tales fueron el Dr. D. Joaquín Llombart, Catedrático de medicina de esta escuela; el Dr. D. Vicente Marqués, Catedrático de filosofía; el Excmo. Sr. Dr. D. Salvador Perellós, Teniente General de los egércitos nacionales; Don Juan del Castillo y Carroz, y D. Onofre Soler, ambos Prevendados de esta santa iglesia, y Rectores de la escuela; Dr. D. Vicente Villacampa, Pavorde primario y Catedrático de Jurisprudencia; Ilustre Señor Dr. D. Francisco Javier Borrull, Magistrado de esta Audiencia; Excmo. Sr. Dr. D. Mariano Liñán, Comisario General de Cruzada; Excmo. Sr. D. Genaro Perellós, Marqués de Dos-Aguas; D. Vicente María Rodrigo, Teniente Coronel de las milicias de la isla de Cuba, y D. Jaime Faulí, hacendado, que la aumentó con continuados regalos.
     Rica es sobre manera esta Biblioteca, especialmente en el ramo de ciencias eclesiásticas y ediciones antiguas. Hállanse en ella las cuatro Biblias políglotas generalmente conocidas, una numerosa colección de las obras de los Santos Padres, publicadas por los religiosos de la Congregación de S. Mauro, y los más célebres escritos de historia eclesiástica. Hállase también provista de las principales obras de antigüedades, así hebraicas como griegas, romanas y numismáticas, y de historia nacional y estrangera, con un crecido número de ediciones del siglo XV. Mas si bien puede hacer ostentación de una riqueza anticuaria, escasea empero de obras modernas, especialmente de ciencias naturales, faltándole todavía mucho para estar al nivel de los adelantos del siglo.

     Últimamente, se ha construido en el Hospital un magnífico teatro anatómico comenzado en el Rectorado del Excmo. Sr. D. Francisco Carbonell, a quien el jardín botánico y demás gabinetes deben la importancia que en el día tienen.

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XX)

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XX)

D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXXI -

Barones
Más que en otra parte se hace mención de esta clase en el proemio o introducción a los Fueros del reino de Valencia, donde el Rey D. Jaime dice que promulgaba aquellas leyes con consejo de los Nobles Barones, que nombraba poco después; y allí se ve que con aquella espresión no quiso denotar una dignidad particular, sino los Próceres o sugetos de la primera distinción, significándolo también con la espresión de Barones Grandes en el fuero 25 de feudis. Introducidas en la corona de Aragón, igualmente que en Castilla, y al mismo tiempo, esto es, en el siglo XIV las dignidades hereditarias de Duques, Marqueses y Condes, se comprendieron también todos bajo la palabra Barones.
     Disponiendo D. Pedro IV el orden de asientos que debían ocupar los Diputados a las Cortes generales de 1383, ordenó que en ellas se sentasen los aragoneses y los valencianos a la mano derecha, los catalanes y mallorquines a la izquierda; y que debían ponerse tres bancos, el primero para los prelados y demás personas eclesiásticas; el segundo para los Barones y los nobles, y el tercero para los Caballeros, las personas militares y los Generosos.
     Pero esta misma palabra Barones tiene otro rigoroso sentido, en el que significa un especial titulado por merced del Príncipe. En Aragón, según los Fueros de Sobrarbe, las ciudades y villas que se ganaban a los moros, debían repartirse entre los Ricos-hombres, y los Reyes los solían dar a los que acreditaban su valor en las conquistas, llamando Baronías a la unión de muchos de estos pueblos. Y así el escritor Miguel del Molino es de parecer, que lo mismo es Barón que Rico-hombre, alegando en su favor muchos fueros.
     El Obispo D. Vidal, cuyas palabras copia Blancas, es de esta misma opinión; y lo es también D. Juan Briz Martínez en la Historia de S. Juan de la Peña. Zurita llama Barones a los Ricos-hombres, y Brazo de los Barones al Estamento de nobles. Dice en otro lugar, que bajo el nombre de Barones se entienden los Obispos y los caudillos de los caballeros, que llamaban Ricos-hombres. A pesar de todo esto, siempre tuvo más significación la palabra Rico-hombre que la de Barón.
     El título de Barón se concedía regularmente en Valencia sobre algún feudo, como hizo D. Pedro IV del castillo y lugar de Boil en Aragón a favor de Don Pedro Boil, su Consejero, con privilegio dado en Valencia a 6 de Mayo de 1364.
     Se erigía también este título de Barón, como lo demás, sobre alguna alusión honorífica a la casa o a la persona del agraciado.
     D. Pedro IV, en sus ordenanzas de la Casa Real, mandó que se diese a los titulados de Marqueses y Condes el prenotado de Nobles, y este mismo pertenecía ya entonces a los Vizcondes y Barones; si bien después a los Marqueses se honró con el dictado de Ilustres, a los Condes de Egregios, y a los Vizcondes de Espectables.
     Cuando una Baronía venía a recaer por herencia en algún plebeyo, entraba éste, por razón de su dignidad y feudo, en el Brazo militar.
     Los Barones del reino de Valencia tenían en sus Baronías el uso del mero y mixto imperio, cuando además de las Baronías señalaban los Reyes a los Ricos-hombres, en premio de sus servicios, algunas villas y lugares conquistados con las rentas que pertenecían al Real Patrimonio, a los derechos impuestos sobre ciertas cosas; y entonces se llamaban Honores. Así se debe entender la villa y honor de Corbera, la villa y honor de Jérica.

- XXXII -

Caballeros, Donceles, Hombres de parage, Generosos
Bajo estas denominaciones se entendían en primer lugar los Caballeros, que se llamaron de Honor en Aragón, y en Valencia de Conquista, por haberse concedido en aquel tiempo. También se denominaban otras veces Feudos; y de estos caballeros feudatarios de los primeros nobles del reino habla aquel fuero de Valencia, que dice ser de naturaleza del feudo, que los que le tienen deben honrar al dueño feudal, y »que así los Caballeros no pueden herir a su señor en batalla campal, perdiendo en tal caso lo que de él tuviesen." Y de los mismos habla el otro fuero, que espresa: »que si algunos Caballeros litigan contra sus señores, conozca el Rey de aquellas causas, y en su ausencia la Corte de Valencia; pero no si el pleito fuere sobre cosa feudal." Estos Caballeros eran en fin semejantes a los escuderos, y aun algunas veces se les daba este nombre en el reino de Valencia. De esta especie de nobles eran en Castilla aquellos hidalgos pobres, que servían a otros caballeros poderosos, y como en tiempo de guerra les llevaban la lanza, el yelmo y el escudo, se llamaron escuderos.
     Los que eran armados caballeros se distinguían con el prenotado de Mosén, derivada de Monsieur y de Vos y de En, y que habiendo usado de ambas dicciones para honrar los Caballeros, quedó después Mosén mudada la V en M, por haberse corrompido por el tiempo este vocablo. También es probable que se derive del meus y del senior, que tomaron del latín las naciones septentrionales, que lo trasmitieron a los pueblos del mediodía. En vez de Mosén solía usarse con frecuencia de la voz Monsenyer.
     Mientras no eran armados caballeros se llamaban Donceles, que en otras provincias se denominaban Donzeleos y Danzeroos. En Bearne se llamaban Domengers, hijos siempre de los ya armados caballeros. Sus descendientes tomaban el título de Generosos; y en la edad media eran unos y otros conocidos por los Valesti o Valeti, o sean los hijos de los magnates que aún no habían recibido la orden de caballería.
     Había también en Valencia otra clase de hidalgos, que se llamaban Hombres de parage, o bien porque acudieron aparejados para la guerra, o porque eran de buenos solares o casas, o porque (y esto sea lo más verosímil) quedaron pares o iguales a los antiguos Caballeros y Generosos en el goce de sus privilegios; pues en la antigua lengua lemosina paratge significa lo mismo que igualdad. Así en el fuero 17, título de malifatoribus, se dice: »Rich hom, o noble caballer, o hom de paratge..."
     Según otros fueros eran Hombres de parage los que nacieron antes de haber obtenido sus padres el privilegio de caballería.
     Los Generosos eran los descendientes de los que habían prestado algún servicio militar, como si se dijera, hombres de Generación militar. Éstos solían también denominarse Gentiles-hombres en Valencia.
     Los privilegios de los Nobles, Generosos y Caballeros de Valencia eran casi iguales a los que disfrutaban los hidalgos de Castilla. No estaban sujetos a la jurisdicción civil ni criminal de los Barones, a quienes no prestaban homenage: seguían las banderas del Rey sólo dentro del reino: no eran reconvenidos por sus deudas, sino en cuanto alcanzasen sus facultades, y dejándoles lo necesario para su decencia: faltando sus mugeres, y manteniéndose viudos, reunían todo el dote, y la mitad de éste, si pasaban a segundas nupcias. Sus camas y sus vestidos no podían ser trabados en ejecución, ni sus armas ni sus caballos, ni eran presos por deudas civiles, ni debían ponerse en las cárceles comunes, ni puestos a cuestión de tormento: se eximían de los pechos y cargas concejiles; y en caso de pena de muerte o mutilación de miembro, el proceso, ya sustanciado, se elevaba al Rey.

- XXXIII -

Ciudadanos
Llamábanse Ciudadanos en general todos los habitantes del reino; pero distinguíanse los que son conocidos con el dictado de Ciudadanos honrados. Éstos eran los que no se empleaban en los oficios mecánicos, y se mantenían con decencia, sin necesitar del trabajo de manos. Antiguamente se dispensaba también este dictado a las personas más ilustres.
     Los Ciudadanos honrados era una clase media entre la ínfima plebe y la nobleza; y así se llamaban en la edad media Valvasini, bajo cuya palabra se entendían sólo cierta clase de pageses y ciudadanos.
     Antes del Concilio de Trento tenían también los ciudadanos valencianos el derecho de guerra privada y de desafío, como los Nobles, los Generosos y Caballeros.
     Por privilegio del Rey D. Alfonso III, otorgado en 1420, se concedió que todos los ciudadanos honrados de Valencia, Doctores y Licenciados en Jurisprudencia y otros ciudadanos, que hubiesen servido o sirviesen en adelante los oficios de Justicia criminal o civil y de Jurados y de Almotacén, gozasen todas aquellas inmunidades, honores, gracias y prerogativas de que participaban los Caballeros y Hombres de parage por derecho o costumbre, y que fuesen tenidos y reputados por Caballeros.
     Hemos indicado los cargos municipales que desempeñaban por derecho los ciudadanos, la estima en que los tuvieron los Reyes de Aragón, y la parte que desempeñaban en las Cortes en el Brazo real o popular.
     Al Justicia, que era ciudadano cada dos años, pertenecía el derecho de llevar el estandarte real en los casos de guerra: así lo practicó Ramón Soler en 1365 cuando salió el egército valenciano a las órdenes de D. Alonso de Aragón, Conde de Denia, contra las huestes de D. Pedro de Castilla, regidas por el Maestre de Alcántara.
     Durante la rebelión de los moros de Benaguacil, Benisanó, Bétera, Villamarchante y Paterna, llevaba el estandarte Baltasar Granulles, ausiliado por D. Gimén Pérez Pertusa.
     Durante la conquista de Sicilia en 1282 fueron Almirantes Raimundo Marquet y Berenguer Mayol, ciudadanos de Barcelona.

     Los Jurados eran honrados con el título de Magníficos; y su trage era una gramalla o toga semejante a las que usaron los Senadores de la república de Venecia.

domingo, 15 de diciembre de 2013

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XIX)

D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXX -

Clases sociales de Valencia según los Fueros. -Nobles
Hallamos en la antigua legislación foral indicadas las clases de personas de nuestro reino, y siempre se nombra en primer lugar los Ricos-hombres y a los Nobles, y alguna vez a los Barones, comprendiéndose unos y otros bajo la denominación de Nobles, en especial así llamados.
     Además de éstos, había nobles que ascendían a esta gerarquía, por particulares y espresos privilegios de los Monarcas; mas claro: eran declarados iguales a aquéllos en su distinguida calidad. Personas de largo abolengo fueron honradas con estas gracias. D. Luis Onofre Crespí fue ennoblecido con privilegio dado en Monzón a 8 de Julio de 1537, sin embargo de pertenecer a una familia muy ilustre.
     El Emperador Carlos V en 10 de Noviembre de 1513 dio título de nobleza a Sebastián de Antist, hermano de Melchor Antist, Comendador de Onda, de la orden de Montesa.
     Hallándose en Gerona D. Juan I en 1390 dio título y grado de nobleza a los de Castelar, Calatayud, Vilanova, Corella y Belvis, cuyas familias eran tenidas en mucha prez.
     D. Jaime Escrivá, señor de Alginet, obtuvo privilegio de nobleza, siendo Consejero del mismo Rey D. Juan I, y Camarlengo de la Infanta Doña Violante.
     D. Pedro Boil, señor de Manises, obtuvo igual gracia en 24 de Julio de 1385; mereciendo la misma distinción D. Francisco Perellós del Rey D. Pedro el Ceremonioso en 1366, en consideración a los señalados servicios que había hecho a la corona.

     Para conseguir esta distinción, era preciso que antes hubiera sido el aspirante armado caballero; debiendo ser también Ricos-hombres o Barones, de modo que entre los individuos de una misma familia había algunas veces Ricos-hombres, Barones y simples nobles, según que, o sucedían en los estados, o eran segundos de las mismas casas. Gerónimo Zurita da el título de Rico-hombre del reino de Valencia a Berenguer de Vilaragud: Escolano da el mismo titulo a Bernardo de Vilaragud, diciendo que los de esta familia fueron reputados por Barones. En este concepto eran nobles los Blanes, Sanz, Carroz y otros ilustres apellidos que se pudieran citar.

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XVIII)

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D. Vicente Boix
Valencia 1855
Arriba

- XXIX -

Antigua Fábrica de Muros y Valladares
Consta por el privilegio 38 del Rey D. Jaime I, que la creación de esta Junta data desde el año 1251. En él se dispone: Que todos sin escusa alguna, nobles, caballeros, clérigos, religiosos, ciudadanos y demás personas, cualquiera que sea su dignidad, contribuyan a la construcción, y reparación de los muros; construcción, reparación y limpia de los valladares, construcción y limpia de los caminos públicos y de los puentes; defensa de la ciudad, &c., &c. Con esta disposición se halla conforme el fuero 18 rub. dereb. diver.
     En 1269 quedó la ciudad encargada muy particularmente de la inspección de estas obras; pero D. Pedro II dispuso en 1358, que se crease para esto una junta, que se componía de un Diputado por el Brazo eclesiástico, uno por el Brazo militar, y otro por el Brazo real o popular. En 1406 entraron a formar parte los Jurados y el Racional.
     La junta se renovaba cada año, y el día 7 de Marzo era el señalado para que la nueva Junta prestase su juramento.
     Celebraba sus sesiones en el local del archivo del Magnífico Racional, guardando el orden siguiente: El Jurado en cap, o primero de los caballeros: a su derecha el Diputado u obrero eclesiástico, el Jurado segundo, el obrero llamado de la Fábrica nueva, el Jurado tercero, el Diputado popular, el Abogado de la Junta, el Escribano, el Ayudante del Racional; y a la izquierda el Jurado en cap, o primero de los ciudadanos, el Diputado militar, el Jurado segundo de los caballeros, el Jurado cuarto, el Racional, el Síndico del Consejo, el Síndico de la Junta, y el Escribano de la Fábrica nueva.
     Las reuniones (sitiada las llaman los Fueros) se tenían los martes y viernes de cada semana; pudiendo únicamente dispensarse de acudir los Jurados y el Síndico. Las sesiones duraban desde las once de la mañana hasta la una de la tarde, siempre que los negocios no reclamaban más horas de sesión.
     Para ser individuo de la junta era preciso haber cumplido veinticinco años, y no estar comprendido en ninguno de los casos, que incapacitaban también al ciudadano para obtener los cargos municipales.
     Los impuestos para la conservación de estas obras eran los siguientes: tres dineros por cahiz de trigo, impuestos por el Brazo eclesiástico, además de los once que ya se satisfacían, pagaderos en el almodín, por todos los compradores, tanto eclesiásticos como seculares.

     Y no sólo los vecinos de Valencia, sino también los de varios pueblos, contribuían con señaladas asignaciones, conviniendo con ellos en la forma y tiempo en que debían presentar su cuota.

viernes, 11 de octubre de 2013

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (VI)


D. Vicente Boix
Valencia 1855

 XLII Universidad literaria



HIJOS INSIGNES.
     Pocas Universidades podrán presentar un catálogo de discípulos insignes como la de Valencia. Desde su fundación ha sido un fecundo plantel, que ha provisto a la sociedad de hombres eminentes en todas sus clases y categorías. La Cátedra de S. Pedro, el Colegio de Cardenales, el Obispado, la suprema magistratura, los más elevados puestos de la república se han visto ocupados por hijos educados en esta escuela, y robustamente instruidos con la leche de su doctrina. Fuera empero negocio harto prolongado el enumerarlos: haremos por tanto una ligera reseña de los que más han sobresalido por sus méritos puramente literarios.
     Pedro Juan Belluga, natural de Valencia, a quien el historiador Blancas llama intérprete clarísimo del derecho, fue hijo de esta escuela, y tan aventajado en el estudio de la jurisprudencia, que el Rey D. Alonso de Aragón le confió los encargos más honoríficos, así en Nápoles como en España. Víctima de la emulación y de las intrigas, viose precisado a retirarse a Almansa, y llevar una vida oscura; mas este ocio tan favorable siempre a las letras, le hizo publicar la célebre obra titulada Espejo de Príncipes, que le mereció los más honrosos títulos.
     Nicolás Saguntino, natural de Murviedro, estudió en esta escuela las lenguas griega y latina poseyendo tan profundos conocimientos de ellas, que tradujo del griego la obra de Onosandro filósofo, llamada Strategum, y que él tituló de Re Militari. Trasladado a Roma, y admirados allí de la grandeza de su ingenio y de la facilidad con que hablaba la lengua griega, le mandaron pasar a Florencia al Concilio general, congregado de orden de Eugenio IV, en donde sirvió de intérprete en las disensiones que mediaron entre los padres griegos y latinos, teniendo gran parte en la feliz unión de ambas iglesias.
     D. Gerónimo de Torrella, natural de Valencia, estudio en ésta la filosofía y medicina, egerciendo la última, con tal crédito y nombradía, que el Rey D. Fernando el Católico le nombró su médico de Cámara. Floreció por los años 1496, en cuyo tiempo publicó la obra De Imaginibus astronomicis, que dedicó al Rey D. Fernando, haciendo mención en ella de, otras seis que había escrito.
     D. Gaspar Torrella, hermano del anterior, fue natural de Valencia e hijo de esta escuela, célebre médico e insigne matemático, y hombre que en su siglo era reputado por universal en todo linage de literatura. Egerció la medicina en Roma por espacio de muchos años, y se grangeó tal estima y nombradía, que Alejandro VI le nombró su Comensal y Médico de Cámara. Con este motivo se hizo eclesiástico, y el Papa le promovió al Obispado de Santa Justa, en la isla: de Cerdeña, haciéndole Prelado doméstico. Escribió varias obras, así de medicina como de astronomía, promoviendo ya en ellas los adelantos de la medicina, y procurando hermanarla con la filosofía.
     Juan Luis Vives, natural de Valencia., célebre en el orbe literario, fue hijo de esta escuela, estudiando en ella las buenas letras, y pasando después a París a perfeccionar sus estudios. Pero instruido Vives según el mal gusto que en aquel siglo reinaba, su imaginación y viveza superior a todo encarecimiento, le hizo conocer el estraviado sendero por donde había caminado, y trasladado a Lovaina, se dedicó con gran tesón al estudio de las lenguas latina, griega y hebrea, saliendo un eminentísimo filósofo. Bien sabidos son los esfuerzos que hizo este insigne literato para introducir el buen gusto, con especialidad en esta escuela, para cuyo fin remitió al magistrado un libro, que titulé de Componenda Schola, del que no nos resta más que el nombre. Profesor en Inglaterra y en Lovaina, supo grangearse una reputación tan universal, que le mereció la amistad de las mayores notabilidades literarias de su siglo. En sus voluminosas obras de que se hizo una edición lujosa en Valencia, que consta de siete tomos en folio, se observa ya aquel espíritu investigador y filosófico, que sacando las ciencias del estado de postración en que yacían, las ha elevado progresivamente al punto de perfección y de finura en que actualmente se hallan.
     D. Juan Almenar, caballero nobilísimo de Valencia, sintióse poseído de tal pasión por la literatura, que a pesar de su fortuna y de su grandeza, se dedicó al estudio de la astrología y medicina en esta escuela, graduándose de Doctor en dicha facultad: concluidos los estudios, no se contentó con saber las solas teorías, sí que descendió a la práctica, egerciendo en esta ciudad la medicina por puro amor a la humanidad, y sin desdeñarse de ello por los títulos de su nobleza. Dedicóse también a los adelantos de la ciencia, siendo el primero de los españoles, que escribió una obra con el título de Lue venerea. Merece esta producción ser consultada por los hechos que refiere, y en especial por la historia de una enfermedad, cuya aparición en Europa ha sido y será siempre para los médicos filósofos un objeto interesante y de curiosa investigación.
     Juan Gelida, llamado el Aristóteles de su siglo, fue natural de Valencia e hizo sus Primeros estudios en esta escuela. Más codicioso siempre de saber, atraído de la fama que la Universidad de París tenía, trasladóse a aquella escuela, siendo tales los progresos que hizo en los estudios, especialmente filosóficos, que por espacio de dieziséis años regentó allí una Cátedra de filosofía, de que salieron muy aventajados discípulos. Tuvo también a su cargo en calidad de Prefecto de estudios el famoso colegio del Cardenal de Moyne, que era uno de los más brillantes establecimientos que tenía entonces aquella capital. Habiéndose trasladado a Burdeos, fue nombrado Rector de aquella Universidad, que gobernó con el mayor acierto, hasta que invadida de una peste dicha ciudad, tuvo que abandonarla, muriendo a poco tiempo en un lugar inmediato a ella. Esto sin duda ocasionó el que se perdieran muchos de sus escritos, no habiéndose publicado más obras de este insigne literato, que algunas epístolas latinas, escritas con la mayor pureza, y que tienen por objeto la perfección y fomento de las ciencias.
     D. Fernando de Loazes, natural de Orihuela, estudió filosofía y teología en ésta, y deseando perfeccionar los conocimientos adquiridos, pasó a París, Bolonia y Pavía, en donde se dedicó a la jurisprudencia, llegando a ser consumadísimo en todo. Al regresar a su patria le nombró por letrado consultor el magistrado de la misma, encargándole el desempeño de graves negocios, a cuyo fin pasó a la Corte del Emperador Carlos V. La destreza y sabiduría que manifestó, le grangearon la afición del Emperador y del Cardenal Adriano Florencio, Obispo entonces de Tortosa, y luego Pontífice, con el nombre de Adriano VI, distinguiéndole y confiándole las comisiones más complicadas. Fue nombrado Obispo de Elna, y gobernó sucesivamente las Diócesis de Lérida, Tortosa, Tarragona, y últimamente Arzobispo de Valencia. Aunque ocupado de continuo en el desempeño de su ministerio y en las comisiones que se le confiaran, su decidida afición a las ciencias hizo que emprendiera la publicación de varias obras relativas la mayor parte a la jurisprudencia. Y con objeto de fomentar el estudio en su patria, fundó el célebre colegio de Orihuela, que fue erigido en Universidad por bula de Pío V.
D. Carlos Coloma, natural de Alicante, hijo de los ilustres Condes de Elda, estudió humanidades en esta escuela: dedicado a la milicia, ostentó su valor en las guerras de Flandes. Fue nombrado Teniente General de Flandes y Cataluña, mostrando tanta destreza y prudencia para gobernar, como pericia y esfuerzo para pelear. Embajador estraordinario en Inglaterra, desplegó un tino y política tan fina como sagaz, obteniendo los mayores resultados en su embajada. Aunque ocupado de graves negocios, no descuidó la literatura, como lo comprueban la publicación de las Guerras de los Estados-Bajos, y la traducción de los Anales de Cornelio Tácito, que le adquirieron una justa celebridad.
     Doctor D. Tomás Vicente Tosca, varias veces Vice-Rector de esta Universidad, matemático célebre, en cuyas obras, señaladamente el Compendio matemático, que en nueve tomos en 8.º publicó en 1715, y reimprimió después, han sido celebrados por los profesores más insignes de toda Europa.
     D. Manuel Martí y Zaragoza, natural de Oropesa, estudió filosofía y teología en esta escuela. Con el deseo de dar mayor ampliación a sus conocimientos pasó a Roma, en donde aprendió la lengua griega y hebrea. Aunque en un principio no lució sus talentos en Roma, pues se encerró en las bibliotecas, entregándose a un incesante estudio; sin embargo se dejó conocer su numen poético en algunas composiciones que publicó, y le grangearon la estimación de las personas más ilustradas. El sabio Cardenal Sáenz Aguirre, le nombró por su bibliotecario, y valióse de los conocimientos de Martí para que le ayudara en la célebre colección de los Concilios de España. La fama de un hombre tan eminente llegó a oídos del Papa Inocencio XV, el que le mandó predicar en su presencia y del Sacro Colegio en el día de S. Juan Evangelista. Su Santidad lo nombró Deán de Alicante, a cuyo título se ordenó Martí; mas no siendo aquella ciudad la más proporcionada entonces para conferenciar con varones sabios, estuvo algunos años en Valencia, mereciendo las mayores distinciones de todos. Muchas son las producciones de este insigne literato; pues que a su facilidad en la lengua latina, acompañaba muy grandes conocimientos de antigüedades. Sus escritos le acreditan de poeta aventajado, de orador elocuente y de arqueólogo erudito

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XVII)

 

D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXVII -

El Padre de Huérfanos
Junto a la parroquia de Santa Cruz, antes convento del Carmen, existe una calle que lleva el recuerdo del Padre de Huérfanos; este funcionario era una persona altamente respetada. Su institución data desde los tiempos de Pedro II, y su objeto era recoger a todos los pobres, huérfanos de padre y madre, o de padre impedido. Les dedicaba a oficio; fijaba el jornal que se les debía dar; oía en tribunal todos los martes a los maestros y a los oficiales en sus mutuas querellas; vigilaba la conducta de sus protegidos en las casas donde entraban a servir, y hasta salir de menor edad; no podían los huérfanos contraer matrimonio sin permiso del Padre.
     Cuidaba de recoger los vagabundos, los pordioseros, y a éstos se les obligaba a llevar un plomo colgando del cuello, en señal de tener permiso del Consejo para mendigar.
     El Consejo General elegía Padre de Huérfanos a quien solía asignar ciertas cantidades para cubrir las atenciones de su filantrópico oficio, y para el pago, de sus andadores o avisadores. Este cargo, como todos los demás de la Municipalidad, era gratuito.

- XXVIII -

Tribunal de los Acequieros, llamado vulgarmente Tribunal de las Aguas
Resto único de nuestra antigua libertad foral forma aún en el día este respetable tribunal una de las más sabias instituciones, que conserva Valencia. Parécenos digna de estudio su organización; y con el objeto de darla a conocer, insertamos con gusto las noticias completas, que se hallan recogidas en una obra moderna(1).
     Lo más admirable de nuestra preciosa huerta, célebre por su riqueza y población, es la economía, distribución, orden y gobierno de su antiguo sistema de riego, por medio de sus ocho grandes acequias, cuya construcción data desde época muy remota. El Rey D. Jaime I halló ya concluidas en 1238 las grandes obras de esta hermosa canalización, que deben sin duda atribuirse al gobierno de los árabes Abderrahman-Anisir-Ledinala, y Alhaken Almostansir Bilah, su hijo, por los años 911 al 976. El Rey aragonés hizo donación a los habitantes de Valencia de todas las acequias de la huerta, reservándose la de Moncada, que denominó Real; pero en 1268 la vendió también a los propietarios de las tierras de sus riberas por la cantidad de 5000 sueldos valencianos. Para gobierno de la acequia de Moncada existe una junta, que se compone de doce Síndicos, a saber: de los diez pueblos primeros, su Regidor decano, y dos por turno de los demás. Esta acequia en los años de escasez debe socorrer a las de Mestalla, Rascaña, Favara y Godella con la mitad o cuarta parte de sus aguas, según fueren las necesidades, con arreglo a lo dispuesto por el Rey D. Jaime II en Mayo de 1321: tiene dicha acequia su acequiera particular, nombrado por los doce Síndicos, y se gobierna con independencia de los demás. La citada junta conoce privativamente de todos los asuntos, relativos a riego, que ocurren en los veintitrés pueblos de su territorio. Cuando hay alguna dificultad en la división en grande de las aguas, conoce de ella la autoridad civil de la provincia.
     El gobierno de las siete acequias, que son las de Tormos, Mestalla, Rascaña, Cuart, Mislata, Favara y Godella, si bien corresponde al Ayuntamiento, tienen cada una un Síndico nombrado por el común de regantes, y reunidos componen el tribunal, llamado de las Aguas. Este tribunal celebra todos los jueves su sesión pública bajo el pórtico de la iglesia Catedral que mira a la plaza de la Constitución, o de la Seo. Allí, como en las aljamas de los moriscos, comparecen los interesados a producir sus quejas sobre las aguas, sin que medien letrados ni escribanos; y el fallo de este tribunal se lleva, sin apelación, a puro y debido efecto.
     El Síndico, de cuya acequia se ha producido la queja, no tiene voto en aquel fallo.
     En tiempo de escasez, las siete acequias disfrutan el Privilegio del agua de las villas de Pedralba, Villamarchante, Benaguacil y Ribarroja, por cuatro días con sus noches, o bien repartidas según sorteo, con arreglo a lo dispuesto por el citado Rey D. Jaime II en 8 de Junio de 1320. La de Moncada debe dar dos días con sus noches la mitad o cuarta parte de sus aguas por la almenara tenderá a las de Mestalla, Favara, Rascaña y Rovella, en los lunes y martes de cada semana mientras dura la escasez y necesidad, la cual es reconocida por el acequiero, quien debe dispensar el tandeo; y cuando no lo hiciere, los interesados en el riego de las cuatro acequias recurren al Baile General para que falle sobre la queja, sin que medien escritos informes judiciales.
     La acequia de Rovella tiene por principal objeto la limpieza y salubridad de la capital. Discurre por la parte más alta de ella, y soltando el agua los sábados por cuatro puntos distintos, y durante veinticuatro horas, arrastra las inmundicias de los valladares mayores, donde desaguan las acequias madres o inferiores subterráneas; da impulso también a las fábricas de lana, seda, curtidos y azulejos; a tres molinos harineros; riega los huertos y jardines; sale después de la ciudad, ya a fertilizar la contigua huerta de Ruzafa, que es un objeto secundario. Por estas dos atenciones importantes nunca le puede faltar una muela de agua, por grande que sea la escasez de la del río; disfrutando igualmente del privilegio de la mitad o cuarta parte de la de Moncada.
     Para esto concedió a la ciudad el Rey D. Jaime I en 1251 y 1269 la propiedad de las fortificaciones, fosos, torres y valladares, acequias, puentes y caminos, con el cargo de repararlos y conservarlos.
     Las ocho acequias principales que riegan la huerta de Valencia, reciben del Turia 138 filas de agua, y benefician 21,069 cahizadas, 2 hanegadas y 3 tres cuartones de tierra.
     Toman sucesivamente las aguas por otras tantas presas, y dividiéndose después en infinitas acequias o canales más angostos, facilitan el riego cada quince días, y cada ocho o nueve en ciertas épocas del verano. El agua que debe traer el Turia para acudir a las necesidades de la huerta en la distancia de veinticuatro leguas, es de 471 filas y 8 plumas; cuando por razón de la sequía disminuye este volumen, hay escasez y penuria, como se observa en algunos años, en que salva las cosechas la grande industria y mayor economía establecida en el riego; si se aumenta, pasa el agua sobrante al mar por el cauce formado al efecto al N. de la ciudad, y junto a sus murallas.
     La población agricultora es de 71,209 almas, y de 32/5 las leguas, cuadradas que riegan las ocho acequias; por consiguiente viven en cada legua 21,364 individuos, cuya actividad es inmensa.
     Las ocho grandes acequias riegan los términos de los pueblos siguientes. La acequia de Moncada baña el territorio de Albalat, Albuixech, Alfara, Benifaraig, Bonrepós, Burjasot, Carpesa, el Puig, Foyos, Godella, Masalfasar, Masamagrell, Masarrochos, Meliana, Mirambell, Moncada, Museros, Paterna, Puebla de Farnals, Puzol, Rafelbuñol, Rocafort y Vinalesa. - La de Tormos el de Benicalaf, Beniferri, Benimamet y Borbotó. - La de Mestalla el arrabal de Alboraya, el de Murviedro, el Grao, y Partido de Santo Tomás. - La de Rascaña el de Alboraya, Almásera, Benimaclet Campanar, Orriols, y Tabernes. - La de Cuart el de Alacuás, Aldaya, Benacher (despoblado), Benetuser, Cuart, Faitanar (despoblado), Manises, Paiporta, Picaña, Torrente y Vistabella. - La de Mislata el de Chirivella y Mislata. - La de Favara el de Albal, Alfafar, Arrabal de Cuart, el de S. Vicente, Benetúser, Catarroja, Lugar-nuevo, Masanasa, Patraix y Sedaví. - La de Rovella entra en la ciudad, y sale por debajo de la muralla en el espacio comprendido entre las puertas del Mar y de Ruzafa, y fertiliza la huerta de este nombre.
     Las acequias de Moncada, Tormos, Mestalla y Rascaña, dirigen su curso por la orilla izquierda del Turia; y por la derecha corren las de Cuart, Mislata, Favara y Rovella. Riegan, pues, 21,069 cahizadas y 2¾, hanegadas, y 62 pueblos, mueven 121 molinos, un martinete de cobre, una fábrica de seda, un batán de paño, y 16 fábricas de Curtidos.
     Tal es el mecanismo que forma el gran sistema de riego, y cuya inspección, digámoslo así, pende del antiquísimo y venerando Tribunal de las Aguas. El local que ocupa, el aspecto de los jueces, la calidad de los interesados generalmente en sus fallos, y el respeto con que estos son acatados, aumentan, si cabe, el prestigio de esta institución veneranda, que no he contemplado jamás, sin lamentar la pérdida de los antiguos justiciazgos, que eran representantes a la vez de la ley y de la libertad. Último resto de nuestra pasada grandeza es aún en el día el Tribunal de las Aguas el gran monumento de la constitución foral. No hace muchos años se trató de abolirlo. No envidio la ignorancia gloriosa del gobierno que lo intentó. Sólo sentiría que esta destrucción sacrílega se verificara en mis días. Nada nos resta que perder: bastante postergada se halla Valencia a los ojos de los que mandan, para que nos roben el único vestigio, de libertad que podemos enseñar al viajero.


viernes, 4 de octubre de 2013

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XVI)


D. Vicente Boix
Valencia 1855

XXVI -

El Consejo General
Valencia tenía en este cuerpo deliberativo un verdadero Senado, y así lo denominan las inscripciones y títulos latinos de nuestros buenos tiempos.
     Su elección era estrictamente popular, tomando en ella parte todos los gremios u oficios de que hemos hecho mérito poco antes. Era de derecho el cuerpo consultivo de los Jurados; intervenía en todos los negocios administrativos y económicos de la capital; era el defensor nato e incorruptible de los Fueros, y por consiguiente de la libertad del país; se entendía con el Rey directamente; nombraba representantes cerca de la Corte, para proteger la inviolabilidad de nuestros privilegios; servía de mediador entre el Rey y el pueblo, como los Éforos de Esparta, como el Gran Justicia de Aragón; decidía las dudas que ocurrían, con respecto a la inteligencia de un Fuero; promovía las obras públicas; fijaba los presupuestos; designaban el número de tropas que debían concederse a los Reyes en casos de guerra; concedía o negaba los donativos que exigían los Monarcas; concedía pensiones; publicaba las leyes sumptuarias; resolvía las grandes cuestiones civiles durante las circunstancias de peligro: en una palabra, era la verdadera representación del orden, de la legalidad, de la justicia, de la libertad y de la independencia.
     Su honradez, su carácter y su ilustración eran tan respetadas, que de este cuerpo salían los ciudadanos que enviaba Valencia con mensages especiales a los Reyes, Papas, Príncipes y altos personages.
     En 1269 Jaime I consultó a cinco ciudadanos sobre la espulsión de los moros.
     Francisco, Fluviá y Bernardo Abellón formaron parte del Consejo del Infante D. Martín, Duque de Montblanch, en su espedición a Sicilia en 1391.
     D. Pedro de Luna, o sea el Papa Benedicto XIII, vino desde Francia a Valencia en 1399 acompañado de Juan Despont, Luis Galván y Guillem Ferriol.
     Para tratar de su renuncia al papado, fue diputado también a Peñíscola por el Consejo General Ponce de Espont.
     Jaime Artés, mayor, y Jaime Artés, menor, con quince ciudadanos más fueron enviados por la ciudad en 1336 a cumplimentar a D. Pedro IV de Aragón.
     El Rey D. Martín vino a Valencia acompañado por sus representantes Micer Zacra, Micer Torres y Bernardo Conill.
     En las bodas que celebró el mismo Infante D. Martín en Perpiñán con la Infanta de Francia, representaron a Valencia Pedro Marrades y Jorge Juan.
     Los libros del Consejo ofrecen otros infinitos ejemplos de la importancia que se daba, a sus ciudadanos.
     En los mensages que se elevaban al Rey, interviniendo los nobles y los ciudadanos, éstos eran los primeros en dirigir la palabra al Soberano. Y como si todas estas distinciones no fueran bastantes para dar importancia a este cuerpo municipal, humillando a sus miembros, artesanos unos, y personas científicas otros; cuidaba escrupulosamente el Consejo de impedir el esceso del lujo en las altas clases.
     De aquí las sencillas y a la par que admirables leyes sumptuarias que emanaron del Consejo, y que se conservan escrupulosamente en el archivo de nuestro Ayuntamiento.
     En 1375 estableció el Consejo que ninguno pudiera vestir de luto llevando paño negro (era un esceso de lujo), sino por padre o madre, muger o hermano, bajo la pena de perder los vestidos. »Si e1 Almotacén (Mustazaf), añade el bando, descuidara la observancia de esta disposición, condonando la multa a los infractores, debía abonarlo de su propio dinero."
     En 1261 se mandó que para evitar gastos inútiles, los padrinos sólo pudieran regalar medio florín a sus ahijados, cualquiera que fuese su categoría.
     En 1370 se negó el Consejo a regalar cosa alguna al poderoso Duque de Montblanch, con motivo de su casamiento, para no dar lugar al lujo, que condenaban severamente los Fueros.
     En 1382 mandó el mismo Consejo, que ninguno usara en sus vestidos adornos de oro, sino simplemente de seda, disponiendo que el contraventor fuera despojado en público de su vestido. La primera que incurrió en esta multa fue Doña Blanca, muger del noble D. Pedro Sánchez de Calatayud.
     En 1345 se dispuso que las colas de los vestidos de las señoras sólo tuvieran tres palmos de caída: en 1397 se prohibió el uso de la volatería en las bodas y torna-bodas.
     Alfonso III, a instancias del Consejo, prohibió llevar tapines que no fueran de piel o de oropel, sin fleco alguno, añadiendo que los vestidos de las damas no debían llegar al suelo.
     En 1412 se prohibió la espendición de vinos estrangeros, hasta que vendieran cada año los suyos los cosecheros de Valencia.
     ¿Quién hizo inútiles estas leyes espartanas? La corte de los Felipes. ¿Dónde buscaron las artes su desarrollo? En los templos, en los monumentos, en las armaduras, en la religión, en la gloria y en el valor.
     En una palabra, el Consejo General de Valencia defendía al Rey de la licencia del pueblo; contenía al pueblo de los escesos de su libertad.
     Según los Fueros todo viagero, moro, judío, de cualquiera religión, lengua y trage, podía transitar libremente por el reino, sin llevar documento alguno.
     Los moros se reunían libremente en sus aljamas; el pueblo cristiano en sus iglesias; el judío en sus mercados. He aquí la libertad de conciencia.
     La libertad del pensamiento era tan espedita como la libertad política.
     Plácenos citar con este motivo una nota que debemos al ilustrado bibliógrafo D. Pedro Salvá.
     El Cancionero general, impreso en Valencia en 1511 por Cristóbal Kofman, contiene composiciones escesivamente libres.
     El mismo Cancionero se reimprimió en 1514 por Jorge Costilla, con la adición de varias obras de burlas, en las que figura el pleito del manto, obscena en demasía.
     Todas las poesías eróticas de esta colección se publicaron en un tomo por separado, con el título de Cancionero de obras de burlas provocantes a risa, que imprimió Juan Viña, en 1519, añadiendo en este volumen una especie de poema, con el título de Caragicomedia. El título indica bastante la obscenidad de esta producción; no se conoce nada en ninguna lengua, aun incluyendo los sonetos de Aretino, que le aventaje en cinismo e impudencia.
     Las tres comedias Thebayda, Serafina e Hipólita, dadas a luz por el impresor Jorge Costilla en 1511, son otras tantas pruebas de la libertad con que se escribía e imprimía en aquellos tiempos. Moratín califica la Hipólita de farsa indecente, y de la Thebayda dice, que ni es menos larga que la Celestina, ni más honesta que ella.
     La farsa a manera de tragedia como pasó de hecho de amores, impresa también en Valencia en 1507, está llena de diálogos y escenas atrevidas. Lo más notable es, que tanto esta pieza como la Serafina e Hipólita se escribieron indudablemente para ser representadas.

     La libertad de imprimir se estendía también hasta los asuntos eclesiásticos, y aun a los de fe, como lo prueba el Tratado de las formas que se ha de tener en la celebración del general Concilio, y acerca de la reformación de la iglesia, por el Dr. Guerrero, impreso en la ciudad de Valencia por Francisco Díaz Romano, al Molí de la Rovella. Acabóse a 29 de Abril de 1536. Este libro sobre la reforma de la iglesia española es de suma rareza.

viernes, 19 de julio de 2013

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XV)


D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXV -

El Maestre Racional, Síndicos, Almotacén (Mustazaf)
Don Lorenzo Mateu compara al Maestre Racional con el Questor de Roma. Hemos visto ya cómo se verificaba su elección.
     Sus atribuciones consistían en el cobro de las rentas que pertenecían a la ciudad; pagaba el sueldo a los dependientes de la misma; llevaba la cuenta y razón de los intereses públicos; egercía jurisdicción contra los que atacaban la autoridad de los Jurados, y nombraba los togados consultores, que juzgaban en su nombre y representación. Su dotación era de cien libras anuales.
     Ni en nuestros Fueros ni en nuestros historiadores antiguos consta de fijo la época precisa en que se creó este Magistrado, cuyo cargo era perpetuo al principio; después se hizo trienal. Si durante su oficio moría o se incapacitaba el Racional, se encargaba internamente de este oficio el ciudadano en cabeza, o primero de los Jurados ciudadanos.
     El Racional, pasados los tres años de su oficio, no podía ser reelegido hasta que hubiesen transcurrido otros tres.
     En los primeros tiempos forales sólo había un Síndico, cuyo cargo era perpetuo en una familia; pero luego se declaró este oficio trienal después de la muerte de Pedro Dasí, en cuya casa había estado radicado por algunos siglos.
     En 1599 se creó otro Síndico, y desde entonces el primero se denominaba de la Cambra, o Cámara, porque intervenía en los negocios secretos de las juntas, y tenía voto en ellas en calidad de defensor del pueblo, semejante a los tribunos de la plebe, cuyos intereses representaba. El otro Síndico se llamaba del Racionalato; porque era de su cargo instar las cobranzas ante el Racional, interviniendo en los negocios de la generalidad y en los intereses del público. Si durante su oficio los Síndicos eran promovidos al rango de caballeros, no cesaban por eso en su destino, mientras que el Justicia, los Jurados y el Almotacén renunciaban en este caso los suyos, cuando eran ciudadanos.
     El Síndico de la Cámara o de los Jurados disfrutaba un sueldo de doscientas libras, y además el derecho a las propinas, como las llama D. Lorenzo Mateu, que le correspondían en los actos literarios de la Universidad.
     El Síndico del Racionalato disfrutaba de igual pensión, y cincuenta libras además por derechos de defensa y exacción.
     El Mustazaf, voz árabe, que significa juez de pesos y medidas, o como le llaman los más antiguos Fueros, Almudazaf o Almotacén, o Fiel egecutor, era un recuerdo de los Ediles de la plebe entre los romanos. De este oficio podían escusarse los caballeros, si lo manifestaban así antes de la elección. Tenía a su cargo cuantas atribuciones compete en el día al repeso, y a la policía urbana,
     No podían obtener estos cargos municipales los eclesiásticos, los letrados, no por Fuero o derecho, sino por costumbre, y por lo mismo los doctores en medicina, los menesterosos, los empleados reales, los concubinarios, los deudores al Estado, hasta que realmente hubieren pagado y dado la cuenta con pago, los reos presuntos, o acusados de algún delito, y otros varios que ennumera Mateu.

     Cuando en una misma inseculación se hallaban comprendidos el padre y el hijo, el suegro y el yerno, o dos hermanos, si uno salía Jurado por suerte, se escluía al otro, y quedaba incapacitado: si salían los dos, se escluía al que aún no había sido Jurado otra vez; y si en este caso ambos habían sido Jurados, se escluía al de menor edad.

miércoles, 8 de mayo de 2013

APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LOS FUEROS DEL ANTIGUO REINO DE VALENCIA (XIV)



D. Vicente Boix
Valencia 1855

- XXIV -

Los Jurados
Se componía el cuerpo de los Jurados de seis individuos. Su insignia era una toga o gramalla, que recordaba el trábea purpúrea del Consulado romano. Los Jurados no eran lo mismo que los Regidores en Castilla; pues se diferenciaban en atribuciones y en el número. Estos delegados populares entendían primeramente en el abastecimiento del reino; pudiendo por lo mismo prohibir la estracción de los cereales y de los ganados de nuestro país a otro, castigando a los transgresores; y armar galeras contra los contrabandistas que negociaban en este tráfico, imponiéndoles el castigo señalado por los Fueros. Dictaban, o confirmaban o aprobaban las ordenanzas gremiales, entendiendo en las causas promovidas en el seno de los oficios a gremios; en el conocimiento de los negocios de aguas corrientes o estancadas inmediatas a la ciudad; tenían a su cargo la adopción de medidas higiénicas en los casos de peste; y fijaban los precios de las subsistencias.
     Los Jurados eran seis; dos de la clase de caballeros o generosos y cuatro de la de los plebeyos. El que salía en suerte el primero en cada uno de las dos clases, se llamaba Jurado en cabeza (en cap) o primero de los caballeros, y Jurado en cabeza (cap) o primero de los ciudadanos. He aquí el sistema electoral.
     Las parroquias elegían sel Consejo General. Los electores parroquiales debían ser, según indicación de D. Pedro I, de la clase mayor, menor y mediana de los prohombres. Los oficios que egercían este derecho de elección para individuos del Consejo eran los siguientes: esto es, comerciantes de vara, notarios, marineros, pelaires, freneros, zapateros, sastres, pellejeros, cortantes, corregeros, carpinteros, roperos, herreros, pescadores, barberos, corredores, labradores u hortelanos, plateros, aluderos, curtidores y los del oficio de tintoreros. En 1633 se dispuso la inseculación, incluyendo en ella, según sus clases, a los ciudadanos honrados que podían ser elegibles para los cargos de Justicia, Racional, Síndicos y Almotacén. Con arreglo a esta disposición, se formaban tres bolsas para el sorteo de tales empleos: en la primera se hacía inseculación de veinte caballeros; en la segunda de veinte ciudadanos que hubiesen sido ya Jurados, y en la tercera otros veinte de la misma clase que no hubieran obtenido todavía una gramalla, esto es, que aún no hubiesen sido Jurados. Todos los años víspera, del día de Pascua del Espíritu Santo, se sorteaban, con grandes formalidades, de la bolsa de los caballeros dos personas para Jurados de esta gerarquía, y otros dos de la primera bolsa de los ciudadanos para Jurados segundos de la misma clase, y otros dos de la última para los de tercera.
     Así mismo de la bolsa de los caballeros y de la primera de los ciudadanos se hacía estracción alternativa de una persona para el cargo de Justicia criminal, y de otra para el de Justicia civil.
     Víspera de S. Miguel se sorteaba de las mismas bolas y con iguales ceremonias un sugeto para el cargo de Almotacén, alternando de modo, que un año fuese Justicia civil o criminal y Almotacén un caballero, y en el otro un ciudadano.
     Para el cargo de Racional se hacía estracción de tres ciudadanos de la primera bolsa, y se proponían en terna al Rey.
     Antes sin embargo de este sistema de elecciones, acordado en 1633, era muy diferente el que había regido desde los tiempos de D. Pedro I. Al principio el Rey o el Baile General hacían sin previa consulta, tanto la elección del Justicia como de los Jurados.
     Desde 1266 los Jurados salientes presentaban, con anticipación debida al Rey, o al Baile General en su ausencia, la propuesta de los que debían reemplazarles. Pero en 1283 se fijó este sistema de modo, que los mismos Jurados y cuatro hombres buenos de cada parroquia, elegían doce personas, o doce ciudadanos o prohombres, uno por parroquia, de los cuales se sorteaban tres para cada oficio, y de estas ternas hacía el nombramiento el Rey o el Baile general.
     La elección de Jurados variaba sólo en que el Maestro Racional nombraba una persona por parroquia, mitad de caballeros y mitad de ciudadanos, y elevaba su propuesta al Lugar-Teniente General, que introducía en la lista las modificaciones que creía convenientes; y de este modo se trasmitía al Rey, que por su parte hacía o no las variaciones que estimaba justas. Completa ya la lista, de esta manera, los Jurados salientes sorteaban cuatro ciudadanos y dos generosos para sucederles